Archivo mensual: enero 2015

Munich un Oasis en mi Infancia II

by Carlos Carresi

A la mañana siguiente podéis imaginar cómo estaba. Tenía el jaquecón del siglo y el estómago tan revuelto que no pude ni desayunar. Salimos a primera hora y no recuerdo mucho de ese viaje. Recuerdo que cuando estuvimos en Suiza no pude ni probar el chocolate y que dormimos en un hotel que parecía salido de una postal. A pesar de mi hangover , cuando no dormía o hacía a mi tío parar el coche para aliviar mi vejiga desesperada, me encantó el viaje. Era toda una aventura, salir de España, otro país, un mundo nuevo, una experiencia que cambiaría mi visión del mundo y mi futuro para siempre.

La casa de Múnich era espectacular, tenía 4 plantas y jardín. Mi habitación estaba en el último piso enfrente de la de Ingrid y mi tío. Era una habitación abuhardillada con una ventana en el techo. Era enorme y tenía un sofá cama y una mesa de despacho con cajones donde luego pasaría horas interminables jugando a las tiendas con los impresos bancarios que cogía disimuladamente cada vez que acompañaba a mi tío a un banco. Yo misma hacía todos los personajes que tenían todo tipo de conversaciones. Cuando me cansaba escuchaba música en el tocadiscos que también tenía en mi habitación, o tocaba la guitarra ya que mi tío había sido cantante y la música siempre estaba presente en su vida. También tenía televisión, eso sí, en Alemán y tengo que reconocer que lamentablemente no conseguí aprender más que cuatro o cinco palabras. En mi habitación había una puerta mágica durante el día y terrorífica por las noches que daba a la buhardilla. Era realmente fabulosa esa buhardilla, allí descubrí la colección de monedas de mi tío, y montones de fotografías, a él siempre le ha gustado hacer fotografías y más cosas misteriosas que acrecentaban mis fantasías sobre la emocionante vida de mi tío.
Las noches eran otra cosa. Cuando tenía 8 años no podía dormir porque sentía como miles de insectos devoraban mis pies. Fui a una psicóloga o psiquiatra, me tuve que cambiar de colegio y me recetaron unas pastillas para dormir. Eran algo fuertes y a mis once años estaba tomándome una pastilla y media, aunque creo que mis padres pensaban que tomaba media. En Barcelona decidí, yo solita, que esa era mi oportunidad para acabar con esa situación, así que me las dejé allí. Mis primeras noches fueron horrorosas porque oía ruidos constantes en la buhardilla e imaginaba terroríficas criaturas que en cualquier momento, si me dormía, aparecerían y me cortarían en trozos como a un animal en un matadero o fantasmas que me estrangularían en cualquier momento. Menos mal que la luz tenía, oh maravilla de la ciencia, un botón con el que podías darle vuelta y regular la intensidad de la luz. Poco a poco, eso fue pasando pero al principio me dormía por las esquinas porque mi tío me dijo – Desayunamos a las 8 (creo recordar), sino tendrás que hacerte el desayuno, y yo no quería perderme ese delicioso desayuno con huevo, queso, tostadas, salchichas…era fabuloso. Y así deje las pastillas para dormir, nunca más he vuelto a tomarlas. Cuando me cansaba de mi pequeño paraíso particular bajaba a la planta baja donde estaba José Luis. José Luis era español, y tenía veintitantos años, vino con nosotros en el viaje para trabajar en Múnich como mecánico dentista y vivía en la planta baja de la casa. Le gustaba mucho provocarme para hacerme rabiar pero era un chico estupendo y yo le tenía mucho cariño. A veces me llevaba al parque que había cerca y me daba charlas sobre la vida y me decía que tenía que entender a mis padres y cosas por el estilo, otras veces iba con Ingrid o con mi tío o con los dos. El parque era precioso con una hierba de un verde intenso y con ciervos correteando por ahí a los que dábamos trozos de pan. A veces mi tío bajaba a trabajar al taller a arreglar piezas de dentaduras y charlábamos mientras yo miraba fascinada como derretía la cera con el soplete y hacía de la nada dientes perfectos, blancos y brillantes. Un artista.

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