Archivo mensual: enero 2017

La Casa de Muñecas de Sandra y su Regalo Americano

 

photo by Marina Carresi

photo by Marina Carresi

Cuando tenía siete años nos fuimos a vivir a un piso en un barrio nuevo, considerado por aquel entonces, como uno mejores de Madrid. Dejé mi amada terraza del domicilio anterior con cierta pena, ya que era tan grande que incluso cabía una pequeña piscina, bueno yo la llamaba así aunque en realidad era un poco mayor que una bañera pero para mí y para mi delirante imaginación, lejos de mi querido Mediterráneo, era una fantástica solución para ponerme mi bikini y soñar que estaba retozando entre las olas. La nueva casa, con la perspectiva de mi tierna edad era enorme, casi un palacio. La terraza era más pequeña pero se compensaba con una estupenda chimenea que daba  calor en invierno y el olor de los troncos ardiendo te transportaba a  Suiza mientras leías la historia de Heidi mucho antes de que aparecieran los dibujos japoneses.

En esa casa nació el primero de mis hermanos y yo pasé definitivamente a segundo plano. Dado que mis padres estaban trabajando a todas horas, nunca estuve muy en primer plano, pero ahora era simplemente un incordio. Eso sí, mi abuela me cuidaba de maravilla con mucho amor y deliciosas comidas: albóndigas, croquetas, puré de pueblo con ajo y pimentón, paella, cocido, canelones, etc. De mi no se podrá decir “no tienes abuela” porque ella me enseño que “quien bien te quiere…” no te hará llorar sino que te preparará una comida llena de cariño y te protegerá de un mundo que en muchas ocasiones es hostil.No conocí a ningún vecino en la casa anterior, volvía tarde del colegio, mi abuela me preparaba un sandwich caliente con jamón de york y un queso que se llamaba Zip y que estaba en un paquete que parecía más un acordeón que una cremallera, como uno podía suponer. Muchas veces lo comía mientras veía “El Hombre y la Tierra” de Félix Rodríguez de la Fuente y luego me iba a la terraza a jugar o si hacía frío leía cuentos, pegaba cromos de mi colección de dinosaurios o de Vida y Color, dibujaba sirenas, o jugaba con mi juego favorito, el Exin Castillos. El Exin Castillos era genial podías construir auténticos castillos con sus torreones circulares, sus rojos tejados puntiagudos  y en mi caso, poblarlos con los muñecos de Asterix que te regalaban en los chicles Dunkin y crear historias increíbles con Obelix, Idefix y Cleopatra visitando un imponente castillo medieval.

Todo esto cambió en la nueva casa, no es que ya no jugara con mis cosas, pero mi madre estaba más en casa aunque preparándose para ser madre otra vez después de ocho años. Mi abuela, aunque seguía cuidándome estaba también ayudando a mi madre así que empecé a entrar en contacto con la vecindad. En el rellano había cuatro puertas y en la puerta de enfrente vivía una mujer mayor adorable, era italiana y de vez en cuando me traía deliciosas porciones de pizza. Cuando sonaba el timbre y oía su voz, con ese dulce acento tan característico de las italianas, empezaba a relamerme y no paraba hasta haber acabado con el suculento manjar. A la izquierda de la mujer italiana estaban mis vecinos Sandra y Marcos. Los conocí cuando tenía 8 o 9 años. Ella era tenía el pelo negro con una lustrosa melena y era más baja que yo. Sus padres eran americanos. El era militar y estaba destinado a la base de Torrejón. Su casa para mí era un lugar mágico y sobre todo un oasis de paz dado el nerviosismo familiar debido a los numerosos cambios acaecidos (esta palabra parece de otro siglo, pero me gusta). En casa de Sandra, cuando se olvidaban de que yo estaba ahí, hablaban en inglés y a mí me parecía estar en otro mundo. Su madre era muy amable conmigo y a veces me daba a probar pasteles exóticos y cosas americanas que yo no había visto en mi vida. A su padre no lo recuerdo apenas, casi siempre estaba trabajando. Sus juguetes eran alucinantes pero sobre todo yo estaba enamorada de una casa de muñecas de madera que era enorme. Tenía los muebles de madera también, las habitaciones de Hogarín que yo tenía no eran nada comparable, un dormitorio de los niños, eso sí con literas y un cuarto de baño. Aunque a decir verdad, incluso con sus muebles de plástico también fueron juguetes muy entretenidos pero ¡ay, la casa de muñecas de Sandra era inimitable, por lo menos en la España de principios de los setenta! A veces jugábamos con Marcos y como era más pequeño, le obligábamos a seguir nuestras instrucciones por muy absurdas que estas fueran, sobre todo las mías porque en esa época mi imaginación no tenía límites. Recuerdo una vez que estando en mi casa inventé un juego en el que estábamos en una ciudad en guerra, caían bombas y teníamos que escondernos. El juego para mí era tan real, que aun hoy, más de cuatro décadas después lo recuerdo como si fuera ayer. En su televisión, misteriosamente había programas y dibujos en inglés. En aquella época yo no entendía ni palabra, pero todo me parecía nuevo y fascinante. También tenían un tocadiscos y discos como los que se ven en la foto. Obviamente tampoco entendía las canciones pero me parecían alegres y llenas de color. Estaba acostumbrada a oír a mi abuela cantar “La Zarzamora” con una letra tan optimista como: que tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones, o los discos de mi madre encabezados por Edit Piaf con su alegre Rien de Rien, o las dulces canciones infantiles como: yo soy la viudita del Conde Laurel que quiere casarse y no encuentro con quién, eso sin hablar de las cursiladas románticas que empezaron a aparecer en televisión … en fin, una retahíla de dramones poco estimulantes para el proyecto de mujer que era yo. Esas canciones americanas, aunque no las entendía eran como campanillas para mi espíritu y al oírlas te daban ganas de vivir. Supongo que esta experiencia me marco para siempre. Me hizo ver que existían otros mundos diferentes al mío llenos de vida y de misterio. Me hizo ver que no hay que tener miedo a otras culturas, a la gente de otros países, a los otros. Sólo tenía que salir al rellano y ahí estaban los otros abriendo su casa y un nuevo mundo para mí. No recuerdo bien cuándo me regalaron los discos, probablemente volvieron a América o destinaron a su padre a otro país. Me imagino a Sandra despidiéndose de mí dándome un abrazo y regalándome esos discos para que no la olvidara. Aquí están los discos Sandra, como puedes ver tu idea funcionó. No te he olvidado.

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¡Y he aquí que era un sueño! o Rhoda Broughton viene a visitarnos

Cubierta ¡Y he aquí que era un sueño! (Rhoda Broughton)En la presentación del libro ¡Y he aquí que era un sueño! de Rhoda Broughton (1840-1920) tuve la suerte de que gracias al número 13 (quién lo iba a pensar) me tocara el único ejemplar que se sorteó. Y de verdad fue una suerte. El libro me ha encantado, no soy asidua lectora a este tipo de relatos, pero después de leerlo puede que me convierta en toda una aficionada. A pesar de estar escritos en el siglo XIX me han resultado muy actuales. El lenguaje es directo y con un gran sentido del humor aunque eso no influye para que algunos de los relatos sean terroríficos como El hombre de la nariz o ¡Y he aquí que era un sueño!, inquietantes como Bajo la capa o Día de renta o puramente fantasmagóricos, que creo que son mis favoritos, porque tienen un toque melancólico que me emociona como Pobre hermoso Bobby y Lo que significaba.

La traducción por parte de Irene Muñoz Serrulla es magistral ya que consigue que textos escritos hace un siglo y medio nos resulten sorprendentemente cercanos. Cada relato va acompañado de una ilustración en blanco y negro que te sumerge en la atmosfera de la historia que vas a empezar. La edición de la editorial Huso es bonita y muy agradable para leer. Debe haber muchas escritoras que ignoramos y es fabuloso que tengamos la oportunidad de  conocerlas y de poder apreciar sus obras. Espero que poco a poco vayan saliendo a la luz para que podamos disfrutar con sus historias.

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Ada en el Pub Ganimedes y el Bolero de Ravel

Ganimedes secuestrado por Zeus

Tne Rape of Ganymede 1636 – 1637  (Museo del Prado)

«Aquí el cazador frigio es llevado por el aire sobre alas leonadas, la cordillera de Gárgara se hunde a medida asciende, y Troya se desvanece bajo él; tristes quedan sus camaradas; en vano los perros cansan sus gargantas ladrando, persiguen su sombra o aúllan a las nubes.»

Tebaida por Estacio (i.549)

Ada estaba agradecida a la vida o mejor dicho a la amistad, algo en lo que ella nunca había confiado. Quizá esa desconfianza era algo que sus padres le habían transmitido o algo que ella había percibido porque en el competitivo mundo de los grandes negocios, no se tienen amigos. Se tienen superiores, colaboradores y trabajadores, pero no amigos. Un paso en falso y se acabó. Estás en la calle. Todo ese mundo de privilegios y respeto cae como una torre de naipes y ahí estás tú, flotando entre dos mundos sin pertenecer a ninguno. Ada había sido una niña privilegiada pero había visto como su mundo imperfecto pero sólido había ido desapareciendo poco a poco. La mayoría de las  personas que visitaban a sus padres, que antes poblaban su universo deshaciéndose en sonrisas y cumplidos, se habían desvanecido como fantasmas, dejando en la casa familiar un eco de risas, charlas, cenas y nostalgia. La melancolía se había adueñado de cada rincón de la casa y la incertidumbre sobre el futuro pesaba como una piedra en cada miembro de la familia.

Su padre estaba bastante amargado, los negocios que siempre habían sido su mayor orgullo, marchaban cada vez peor y esa criatura rebelde y juerguista, que se negaba a hacer algo de provecho con su vida, se permitía el lujo de hacer comentarios que le dejaban en ridículo delante del resto de la familia. Un día Ada rompió el trato que había hecho con su madre de quedarse a dormir en casa de una amiga, si era más tarde de las tres de la mañana. Eran las fiestas de carnaval y Ada se había disfrazado de serpiente copiando un disfraz y un maquillaje que había visto en una revista extranjera. Cuidadosamente dibujo en su cara las escamas con tonos verdes y marrones que le hacían parecer o una serpiente o un extraterrestre, según la opinión de sus hermanos pequeños. Estaba contenta cuando salió de casa, los disfraces le habían gustado desde niña y en Carnaval la ciudad, a pesar del frío, se llenaba de color y de risas como si el mundo se convirtiera en un gran teatro lleno de actores locos representando su papel en una gigantesca obra improvisada. La noche transcurrió sin grandes emociones, pero al final su amiga Lucía, con la que iba a dormir como en otras ocasiones pasadas las tres de la mañana, encontró pareja y Ada no se atrevió a decirle nada; el piso de Lucia era pequeño y no quería invadir su intimidad. Esperó hasta las seis para coger el autobús y muerta de frío llego a su barrio. La niebla serpenteando lo invadía todo, se estaba haciendo de día. Quitando el vaho del espejo de un coche, intento borrar la pintura de su cara obsesivamente, como si así pudiera arrancar de su alma un oscuro presentimiento que como la niebla parecía perseguirle y rodearle hasta casi no dejarle respirar, y ese disfraz de serpiente se fuera a convertir en una maldición. Llegó al portal de su casa, y temblando no sólo por el frío sino por ese presagio que palpitaba en su estómago, tocó el botón del ascensor y subió. La puerta estaba cerrada con una cadena. Su padre, que últimamente dormía poco, le abrió. Ada dijo hola agachando su cara embadurnada y corrió a su cuarto con la absoluta convicción de que algo terrible iba a suceder.  “Se acabó, se tiene que marchar de esta casa, o coge la maleta ella o la cojo yo”. Su madre, una de las modernas amazonas pero demasiado cobarde o demasiado humana, bajó la cabeza mientras él expulsaba a Ada del purgatorio al infierno. Ada se imaginó su futuro como una pendiente resbaladiza hacia el inframundo, se imaginó sin poder encontrar un trabajo que la permitiera sobrevivir. Expulsada del paraguas familiar que, aunque lleno de agujeros, le permitía ponerse a reguardo de las inclemencias de ese mundo, que en su ambiente familiar se percibía como hostil.   Pero algo mágico e inesperado sucedió. – Coge tus cosas y vente a mi casa ¡ya! dijo Isabel. Isabel era una amiga a la que había conocido recientemente, era menuda pero estaba llena de energía y tenía una voz preciosa, vivía en el extrarradio y tenía una hija de 7 años, Luna, a la que había tenido que criar sin marido. Arrastrando su dolor y ya sin lágrimas Ada llego con su maleta de marca, algo deteriorada por el paso del tiempo. La casa era relativamente grande, era febrero, no había calefacción  y Ada con su extrema delgadez sentía tanto frio que un temblor helado le recorrió los huesos “No te preocupes de nada ahora y ven con nosotras a ver MacGyver “y le ofreció un sitio en su cama y un plato de palomitas enfrente de la televisión. El personaje de MacGyver era fantástico, tenía soluciones para todo y si no las tenía las encontraba. Ada se sintió mejor, arropada por el edredón y el calor de Luna y esa extraordinaria mujer de la que nunca hubiera esperado un gesto tan formidable y cariñoso.

 THOSE WHO DANCE- Silver Sheet April 01 1924 retocado por Nicholas J Franklin

Picture THOSE WHO DANCE- Silver Sheet  1924 retocado por Nicholas J Franklin

Un mes más tarde un sobrino de Isabel le consiguió un trabajo en el disco-pub Ganimedes en donde él trabajaba como relaciones públicas. Todo iba relativamente bien, trabajaba los fines de semana que la llamaban y los sábados se quedaba a dormir en casa de unas amigas de la infancia que vivían, en una de las mejores zonas de la ciudad, donde Ada había crecido, cerca del disco-pub. Amablemente le habían ofrecido esa solución para que no tuviera que coger un taxi y gastar la mitad de lo que ganaba para volver a su nuevo hogar en un barrio tan alejado del centro de la ciudad, dadas las altas horas de la madrugada a las que terminaba de trabajar.

El disco-pub estaba bien, ella pronto consiguió que la llamaran para trabajar todos los fines de semana. Con sus tirantes y su pelo rojo y rizado, educada para sonreír en público, aunque su corazón en ese momento de su vida latiera más por costumbre que por deseo, no permitió que la depresión se adueñara de su alma y pronto se hizo la reina de la barra de abajo. El pub constaba de tres pisos con una barra cada uno y la de abajo era la más problemática dada la gran cantidad de gente que ahí se reunía y la más conflictiva dadas las peleas que se organizaban entre los jóvenes que frecuentaban el local, especialmente los días de futbol. Afortunadamente, los chicos que trabajaban ahí, la protegían de cualquier jovenzuelo insolente que empezara a desvariar dado su elevado nivel de alcohol. Los jefes eran amables y aunque no pagaban mucho, siempre le dieron lo acordado sin dilación. Aun así, se dio cuenta de que esa fachada escondía algo y aunque nunca supo si ellos lo sabían o no, lo que fue descubriendo poco a poco hizo que su visión del lugar cambiara para siempre. Muchos jóvenes trabajaban como ella los fines de semana, el trabajo era agotador y tenían que aguantar el ritmo,  así que todos los viernes y sábados antes de abrir el local, el encargado repartía generosamente la necesaria dosis de coca para que los dispuestos trabajadores no sintieran el cansancio propio de tan extenuante jornada.  Ada sabía que estaba bailando en la cuerda floja, pero no quería caer. Tomaba cafiaspirina con coca cola porque tenía que aguantar, pero sabía que para ella la coca, dado su estado de ánimo, hubiera sido un billete sin retorno y no quiso ni probarla. Un día le avisaron de que no había que servirle más copas gratis a uno de los chicos que trabajaba de relaciones públicas. Su natural curiosidad le hizo investigar y consiguió hablar con el joven en cuestión, tenía que averiguar qué había pasado. Pronto descubrió el oscuro secreto del Ganimedes. Un disc-jockey cincuentón regalaba coca a cambio de tocamientos sexuales a los adolescentes y jóvenes que entraban con él en la cabina, pero esté joven había decidido decir no y esa era razón suficiente para, indirectamente,  expulsarle del local. En el momento en que Ada se dio cuenta de lo que estaba pasando quiso salir corriendo, o llamar a la policía o hablar con los jóvenes para que se rebelaran, realmente no sabía qué hacer. Tuvo una discusión con el disc-jockey en cuestión, pero eso sí, sin perder las formas, intentando defender al chico pero sin hacer comentario alguno sobre nada de lo que había descubierto. Pronto se dio cuenta de que todo era inútil, si seguía insistiendo perdería su trabajo, el único que tenía, el que su amiga tan amablemente le había encontrado, el único que le permitía comer pollo con champiñones y poco más todos los días, ya que no sabía cocinar otra cosa y el dinero que ganaba no le daba para más, el único trabajo que había podido conseguir, el único…Se tragó su rabia y sus lágrimas y bajó a la planta donde Pedro y Luis los chicos que trabajaban con ella ya estaban bajando las cajas de bebidas para la noche, el Ganimedes abriría en veinte minutos. La luz era tenue y de repente como por arte de magia, en vez de la música discotequera que solía sonar atronadora sobre todo en la planta de abajo, empezó a sonar suavemente como una caricia para los oídos El Bolero de Ravel. Poco a poco su cuerpo la fue arrastrando a una danza liberadora y ante los ojos alucinados de sus dos compañeros, en ese espacio que pronto estaría ocupado por jóvenes que bebían como esponjas y que en algunos casos no pasaban de los catorce años, bailó como  si fuera una de las grandes del ballet nacional pero con los ojos llenos de lágrimas.

Enero 2017

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