La Casa de Muñecas de Sandra y su Regalo Americano

 

photo by Marina Carresi

photo by Marina Carresi

Cuando tenía siete años nos fuimos a vivir a un piso en un barrio nuevo, considerado por aquel entonces, como uno mejores de Madrid. Dejé mi amada terraza del domicilio anterior con cierta pena, ya que era tan grande que incluso cabía una pequeña piscina, bueno yo la llamaba así aunque en realidad era un poco mayor que una bañera pero para mí y para mi delirante imaginación, lejos de mi querido Mediterráneo, era una fantástica solución para ponerme mi bikini y soñar que estaba retozando entre las olas. La nueva casa, con la perspectiva de mi tierna edad era enorme, casi un palacio. La terraza era más pequeña pero se compensaba con una estupenda chimenea que daba  calor en invierno y el olor de los troncos ardiendo te transportaba a  Suiza mientras leías la historia de Heidi mucho antes de que aparecieran los dibujos japoneses.

En esa casa nació el primero de mis hermanos y yo pasé definitivamente a segundo plano. Dado que mis padres estaban trabajando a todas horas, nunca estuve muy en primer plano, pero ahora era simplemente un incordio. Eso sí, mi abuela me cuidaba de maravilla con mucho amor y deliciosas comidas: albóndigas, croquetas, puré de pueblo con ajo y pimentón, paella, cocido, canelones, etc. De mi no se podrá decir “no tienes abuela” porque ella me enseño que “quien bien te quiere…” no te hará llorar sino que te preparará una comida llena de cariño y te protegerá de un mundo que en muchas ocasiones es hostil.No conocí a ningún vecino en la casa anterior, volvía tarde del colegio, mi abuela me preparaba un sandwich caliente con jamón de york y un queso que se llamaba Zip y que estaba en un paquete que parecía más un acordeón que una cremallera, como uno podía suponer. Muchas veces lo comía mientras veía “El Hombre y la Tierra” de Félix Rodríguez de la Fuente y luego me iba a la terraza a jugar o si hacía frío leía cuentos, pegaba cromos de mi colección de dinosaurios o de Vida y Color, dibujaba sirenas, o jugaba con mi juego favorito, el Exin Castillos. El Exin Castillos era genial podías construir auténticos castillos con sus torreones circulares, sus rojos tejados puntiagudos  y en mi caso, poblarlos con los muñecos de Asterix que te regalaban en los chicles Dunkin y crear historias increíbles con Obelix, Idefix y Cleopatra visitando un imponente castillo medieval.

Todo esto cambió en la nueva casa, no es que ya no jugara con mis cosas, pero mi madre estaba más en casa aunque preparándose para ser madre otra vez después de ocho años. Mi abuela, aunque seguía cuidándome estaba también ayudando a mi madre así que empecé a entrar en contacto con la vecindad. En el rellano había cuatro puertas y en la puerta de enfrente vivía una mujer mayor adorable, era italiana y de vez en cuando me traía deliciosas porciones de pizza. Cuando sonaba el timbre y oía su voz, con ese dulce acento tan característico de las italianas, empezaba a relamerme y no paraba hasta haber acabado con el suculento manjar. A la izquierda de la mujer italiana estaban mis vecinos Sandra y Marcos. Los conocí cuando tenía 8 o 9 años. Ella era tenía el pelo negro con una lustrosa melena y era más baja que yo. Sus padres eran americanos. El era militar y estaba destinado a la base de Torrejón. Su casa para mí era un lugar mágico y sobre todo un oasis de paz dado el nerviosismo familiar debido a los numerosos cambios acaecidos (esta palabra parece de otro siglo, pero me gusta). En casa de Sandra, cuando se olvidaban de que yo estaba ahí, hablaban en inglés y a mí me parecía estar en otro mundo. Su madre era muy amable conmigo y a veces me daba a probar pasteles exóticos y cosas americanas que yo no había visto en mi vida. A su padre no lo recuerdo apenas, casi siempre estaba trabajando. Sus juguetes eran alucinantes pero sobre todo yo estaba enamorada de una casa de muñecas de madera que era enorme. Tenía los muebles de madera también, las habitaciones de Hogarín que yo tenía no eran nada comparable, un dormitorio de los niños, eso sí con literas y un cuarto de baño. Aunque a decir verdad, incluso con sus muebles de plástico también fueron juguetes muy entretenidos pero ¡ay, la casa de muñecas de Sandra era inimitable, por lo menos en la España de principios de los setenta! A veces jugábamos con Marcos y como era más pequeño, le obligábamos a seguir nuestras instrucciones por muy absurdas que estas fueran, sobre todo las mías porque en esa época mi imaginación no tenía límites. Recuerdo una vez que estando en mi casa inventé un juego en el que estábamos en una ciudad en guerra, caían bombas y teníamos que escondernos. El juego para mí era tan real, que aun hoy, más de cuatro décadas después lo recuerdo como si fuera ayer. En su televisión, misteriosamente había programas y dibujos en inglés. En aquella época yo no entendía ni palabra, pero todo me parecía nuevo y fascinante. También tenían un tocadiscos y discos como los que se ven en la foto. Obviamente tampoco entendía las canciones pero me parecían alegres y llenas de color. Estaba acostumbrada a oír a mi abuela cantar “La Zarzamora” con una letra tan optimista como: que tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones, o los discos de mi madre encabezados por Edit Piaf con su alegre Rien de Rien, o las dulces canciones infantiles como: yo soy la viudita del Conde Laurel que quiere casarse y no encuentro con quién, eso sin hablar de las cursiladas románticas que empezaron a aparecer en televisión … en fin, una retahíla de dramones poco estimulantes para el proyecto de mujer que era yo. Esas canciones americanas, aunque no las entendía eran como campanillas para mi espíritu y al oírlas te daban ganas de vivir. Supongo que esta experiencia me marco para siempre. Me hizo ver que existían otros mundos diferentes al mío llenos de vida y de misterio. Me hizo ver que no hay que tener miedo a otras culturas, a la gente de otros países, a los otros. Sólo tenía que salir al rellano y ahí estaban los otros abriendo su casa y un nuevo mundo para mí. No recuerdo bien cuándo me regalaron los discos, probablemente volvieron a América o destinaron a su padre a otro país. Me imagino a Sandra despidiéndose de mí dándome un abrazo y regalándome esos discos para que no la olvidara. Aquí están los discos Sandra, como puedes ver tu idea funcionó. No te he olvidado.

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