La Deportista Patética

Mi experiencia en el mundo de los deportes es tan patética que creo que roza la perfección en cuanto a patetismo se refiere. Aunque primero me gustaría aclarar algo antes de que algún deportista fanático intente arrancarme la cabeza si es realmente fanático o fanática o convencerme de las maravillas del deporte si es optimista: no tengo nada en contra del ejercicio físico, de hecho cuando estuve en la escuela de Cristina Rota practiqué yoga, baile de salón e incluso danza africana. El ejercicio físico es saludable, y aunque sea andar, ahora que mi edad no me permite dar saltos a lo Masai, me parece fundamental para no convertirme en una momia anquilosada. Esta pequeña historia no es un escrito contra el deporte, pero si un alegato para defender a las personas cuya capacidad para el mismo es nula o patética. Si no te gustan los deportes ni verlos, ni practicarlos no eres un extraterrestre ni un bicho raro, simplemente te gustan otras cosas y punto.

Un lago precioso en Baviera y yo con mis dichosos flotadores.

La Deportista Patética 1 – Casi Me Ahogo!

La primera experiencia que recuerdo fue que por poco me ahogo cuando tenía unos cinco años. Fue en la piscina de un hermano de mi abuela, durante una comida de celebración, en el jardín. Empeñada en pescar las punzantes acículas secas de los pinos, mientras imaginaba historias increíbles, hipnotizada por el ondulante movimiento de las aguas, resbalé y caí como un saco de patatas. Me salvé gracias a la providencia y digo gracias a la providencia porque un amable señor, para mí un gigante, me vio caer al agua, se lanzó rescatarme, me sacó con mi precioso vestido de celebración empapado y me llevó en brazos  donde estaba mi abuela diciendo: aquí le traigo un pato mojado. Tal y como yo lo recuerdo, cuando estaba en el agua y de forma totalmente paranormal, me vi a mi misma ahogada dentro de la piscina. Probablemente estos recuerdos los he construido con lo que me han contado y los he adornado como quien adorna un árbol de Navidad con mi intensa imaginación. No parecía un principio muy prometedor en lo que a habilidades deportistas ser refiere, quedé aterrorizada y no aprendí a nadar hasta los doce años, por lo que hasta esa edad, si quería nadar tenía que ponerme unos de esos flotadores en los brazos que eran un poco ridículos. Esos flotadores generalmente naranjas y antiestéticos me permitían no achicharrarme si estaba en la playa o en la piscina y disfrutar del frescor que el líquido elemento proporciona en los soleados y asfixiantes veranos españoles. También gracias a ellos podía subir a una barca como muestra esta foto en Alemania. Tenía once años.

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