La Deportista Patética 3 – La Patosa del Vespino

No he conseguido encontrar una foto en bicicleta pero esta foto es de esa época. Lo de la moto fue un par de años después.

Aprendí a montar en bicicleta, me costó, pero aprendí. Me encantaba pedalear por los caminos cuando iba de vacaciones a la sierra de Madrid, donde mis padres alquilaban una casa durante el verano. Me gustaba mucho ir en bicicleta por el campo con mis amigas, me invadía una sensación de libertad acompañada de un estimulante olor a jara y tomillo que invadía todo mi ser. Un par de años después, durante otras vacaciones en la sierra, mi amiga Nuria me prestó su vespino, yo estaba un poco aprensiva porque no tenía ni idea de cómo llevar un trasto que tenía motor. Creo que tuvieron que ayudarme para ponerla en marcha; empiezo despacio y poco a poco mi sensación de seguridad va en aumento, se me pone cara de velocidad, siento el aire azotando mi pelo y pienso que como es que no he descubierto una máquina tan fabulosa antes, un vehículo tan liberador, tan divertido, tan…hasta que veo que hay varios coches detrás de mí. Quiero indicarles que me adelanten, pero al soltar el manillar para avisar a los conductores, que según mi percepción se multiplican por segundos como el malvado de Matrix, empiezan los problemas. Voy reduciendo por si acaso, reduzco, reduzco, saco la mano y zas, la moto se va hacia un lado y se cae, yo consigo no caerme, porque la suelto a tiempo, pero giro la cabeza y en el colmo de la humillación veo lo que para mí en aquel momento era una fila enorme de coches, que debían ser tres o cuatro, esperando a que la patosita levante la moto y se aparte; me costó lo mío, lo conseguí, pero no volví a coger una moto en mi vida. No es que me dieran miedo las motos, montaba detrás de mis amigos “de paquete” por campo y carreteras; de hecho acompañando a un amigo que tenía una Ossa Desser recorrimos un circuito de motocross y no salí volando como una perdiz porque me agarre a su barbilla, pero estuve muy cerca de acabar en uno de los hoyos por los que saltábamos alegremente como si no hubiera un mañana. Lo que me daba miedo era conducir yo. Si hay algún dios griego, cristiano o de cualquier otra creencia que protege a los deportistas, estaba claro desde hacía años que yo no le interesaba en lo más mínimo, así que para que arriesgarse.

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