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Mi Bella RTVE Durmiente

Nuria Carresi en La Feria de las Vanidades

Se apagan las luces rojas del estudio de grabación en Prado del Rey y recorro los pasillos con ojos de asombro. Los actores y actrices deambulan con sus trajes de colores, trajes de otras épocas, espadas y capas como si toda la historia del mundo se hubiera concentrado en un extraño edificio con un pequeño estanque a la entrada y unas letras enormes en la parte superior que dice RTVE. Los bailarines se mueven en grupos y se dirigen a los comedores, llenos de energía como una bandada de pájaros en primavera, con sus ajustadas mayas de latex brillante. Jesús Hermida,  que día a día veo en una pantalla, con sus papeles en mano, sonriente se para a saludarnos.  Hay todo tipo de personajes romanos, mosqueteros, mendigos, payasos que hacen cola para cobrar charlando animadamente.

Mi madre, preciosa con su vestido de época napoleónica, se dirige rápidamente a su camerino para quitarse el traje y que podamos ir a comer. Pedro Amalio nos espera y en vez de ir al comedor, nos vamos en coche a un sitio cercano que tiene una especie de terraza bajo una parra que es donde comen algunos de los protagonistas y directores que trabajan en TVE. Allí todos se saludan se besan, hablan y ríen. Me dicen que soy muy guapa, graciosa, me hacen bromas y yo me escondo bajo el brazo de mi madre porque soy tímida; cómo voy a competir con la belleza de esas mujeres hermosas, perfectamente maquilladas, como diosas de un Olimpo donde los mortales solo pueden acceder encendiendo las pantallas en blanco y negro, que todo hay que decirlo, no hacen justicia a esa explosión de colores, olor a cremas exóticas y lacas excesivas. Aparece Pilar Miró, la directora joven, enérgica, diferente a cualquier mujer que yo hubiera conocido, me hace gracia, me rio y le intriga, me pregunta y vuelvo a esconderme con mi madre. No hay mucho tiempo para comer, la comida es casera y deliciosa. Volvemos al plató siempre pasando antes por maquillaje, donde vuelven a dejar el rostro de mi madre reluciente y sin brillos. Me dicen que soy muy guapa, pero no tanto como mi ella, y yo pienso – no hace falta que me lo digas graciosa mujer, lo sé de sobra –  con lo que me fastidian la autoestima durante décadas. Vamos a peluquería y juego con los peines mientras veo a mi madre transformarse en la Amelia de La Feria de las Vanidades. Vamos al camerino y el toque final. Habla como mi madre, tiene su misma cara, pero ya no es mi madre, es Amelia. ¡Cinco y acción! No se puede hacer ruido cuando la luz roja está encendida, sería terrible y me echarían para siempre, pero no hago ruido porque estoy hipnotizada por esas personas que traen a la vida las voces de otros tiempos, las voces del pasado hermosamente escritas. ¡Es tan real…corten!

La Feria de las Vanidades – Serie de 1973 dirigida por Pilar Miró

Caen las máscaras se sientan en las sillas, se fuman un cigarro, bromean, cuentan chistes, se quejan de los zapatos, del calor, preguntan ¿se va a rodar alguna toma más? Se termina por hoy, mientras hablan de lo que se va a hacer al día siguiente, recorro los decorados; preciosos salones, dormitorios, alfombras con todo lujo de detalle, que lástima que en la televisión en blanco y negro no se pudiera apreciar toda esa belleza. Porque la televisión que yo conocí en esa época era bella. A pesar de sus deficiencias tecnológicas y del blanco y negro las obras que se hacían eran de grandes escritores. Los actores eran un poco teatrales, pero venían de un desierto cultural y de posguerra y habían aprendido sobre la marcha, sin escuelas ni ayudas. Héroes y heroínas, supervivientes del horror y de infancias hambrientas que nos traían las palabras de Shakespeare, de Wilde, de Miller, de Ibsen, de Calderón… para que se quedaran en nuestro interior y para que al crecer amaramos los libros, la cultura y el arte.

Puedo parecer nostálgica, quizá lo soy, pero no es una nostalgia de mi infancia, que fue tan problemática y difícil como la de cualquiera, sino una nostalgia de un país que estaba cambiando para mejor, un país donde la gente estaba hambrienta de esa cultura que se le había negado, de libros, de cine, de arte, de libertad. Una España llena de promesas y de ilusión por el futuro que llegaba escondida bajo los disfraces de esos héroes actores y actrices heroínas, que nos dieron a conocer  las hermosas palabras de los escritores, dormidas en el tiempo, que esperaban despertar de un triste sueño de cuarenta años.

 

Dedicado a mi madre y mi padrastro, que con todas sus imperfecciones, trataban de construir un mundo mejor.

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Mi Foto con Sara Montiel o Jarrapellejos Mon Amour

Sara Montiel y yo en el centro. Fotografía por Lola Heras

Sara Montiel y yo en el centro. Fotografía por Lola Heras

Conocí a Sara Montiel cuando vino a casa para charlar con mi padrastro Pedro Amalio López de un programa que él iba a dirigir y en el que ella iba a ser la protagonista. Me pareció una persona cercana y agradable. El personaje con el que solía aparecer en televisión era eso, un personaje. María Antonia vestía muy informal y cómoda, sacó uno de sus puros y se lo fumó en el salón mientras charlaba amigablemente con mis hermanos y conmigo preguntándonos lo qué hacíamos, qué estudiábamos y lo que nos gustaba.

Finalmente el programa  lo dirigió otro realizador y no volví a ver a Sara en bastante tiempo. Mientras tanto, yo seguía en mi lucha para ser actriz y fui seleccionada para hacer un pequeño papel en la película “Jarrapellejos” (1988) dirigida por Antonio Giménez Rico. La película estaba basada en una novela de Felipe Trigo escrita en 1914. Bueno, estaba y sigue estando porque se puede encontrar en DVD o en internet. La historia tiene lugar en un pueblo de España donde un horrible cacique interpretado magistralmente por Antonio Ferrandis (nada que ver con su adorable personaje de Chanquete) tiene un control absoluto sobre la vida de sus habitantes. Las mujeres salen especialmente perjudicadas, pero no voy a contar la película por si alguien quiere verla. Es una buena película.

Tiempo después, justo acababa de independizarme y sin saber muy bien qué iba a ser de mi futuro, me invitaron a la Premiere de cine que se organizaba en Mallorca y en la que iba a estar presente una representación de la película Jarrapellejos. El director y algunos de los actores, junto con otros de los premiados, fuimos en un pequeño avión particular desde Madrid.  Estábamos alojados en un hotel, cuyo nombre no recuerdo, en el cual nos agasajaron con todo tipo de delicias culinarias y nos trataron estupendamente; el único problema era que, al ser invierno, en las habitaciones hacía un frío de mil demonios y yo con mis 48 kilos que pesaba por aquel entonces, tuve que prepararme un baño caliente y quedarme ahí hasta la hora de la entrega de premios. Cuando llegamos al lugar del evento vi que estaba Sara Montiel y la salude con la mano. Alguien estaba viendo la escena y se me acercó. Era la tía de Dámaris, una vecina y amiga de mi hermana en aquella época.

-Hola Marina, soy Lola la tía de Dámaris y estoy haciendo las fotos de la Premiere (creo que la revista para la que trabajaba, que es la que sale en la foto, era Diez Minutos) ¿Conoces a Sara Montiel?

Yo estaba un poco sorprendida, siempre he sido muy despistada y en ese momento no sabía muy bien qué decir. De hecho no tenía idea de que la tía de Dámaris era fotógrafa.

  • Sí, bueno, un poco pero…

No me dio tiempo a decir nada más, me llevó hasta donde estaba Sara Montiel y le preguntó: ¿puedo hacerte una foto con Marina Carresi? Sara, amablemente, contestó que no faltaba más. Puso su mano sobre mi hombro, como podéis ver en la foto. Cuando una está intentando ser actriz, ese tipo de gesto, no tiene precio. Pero si no hubiera estado ahí Lola Heras, la fotógrafa, nunca hubiera sucedido. A veces el destino se comporta de forma caprichosa y nos da agradables sorpresas.

En mi personaje de una joven de la Joya, en Jarrapellejos.

En mi personaje de una joven de la Joya, en Jarrapellejos.

Para terminar este relato de coincidencias o juegos malabares del destino cuando conocí a Nick J Franklin, que se convertiría en mi marido, le comenté que había participado en la película Jarrapellejos. El entonces casi no hablaba español pero de pronto desapareció y volvió con  una revista bastante extensa cuyo título era Official Programme del 32nd London Film Festival, se puso a buscar entre las páginas. Yo le miraba asombrada sin saber qué estaba pasando. Al llegar a  la página 95 me dijo ¿Is this the film you performed in? (¿es esta la película donde actuabas?) y ahí, en la página 95 estaba yo, en una foto coral de la película. El, en Londres, ya me había visto un año antes de conocerme. La vida ¿no es increíble?

Febrero 2017

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Mi Jungla de Bolsillo o Cómo Respirar en Madrid

Plantas de mi terraza - Photo by Marina Carresi

Plantas de mi terraza – Photo by Marina Carresi

Año tras año, durante el boom de la construcción, veía como iban apareciendo más y más pisos en los que las terrazas brillaban por su ausencia. No me refiero a las enormes azoteas de la gente que tiene un ático ni a las terrazas de las zonas residenciales del centro de Madrid, me refiero a una pequeña terraza o un balconcito en donde se puedan poner unas pocas macetas con plantas o flores. Comprendo que la mayoría de los pisos son pequeños y ha habido un intento de arañar algo de espacio, pero también creo que ha sido una fórmula por parte de las empresas de construcción para ahorrarse dinero y trabajo, ya que es mucho más fácil no hacer terrazas y dejar una pared lisa y aburrida. Por otra parte al vivir en un piso alto puedo ver que a mi alrededor las terrazas están vacías, incluso los áticos y me entristece enormemente. Para compensar hay un vecino del barrio que llegó hace un par de años y llenó su ático de plantas, incluso árboles y me alegra la vista cada vez que me asomo.

Mi madre Nuria Carresi con sus plantas - Photo P A López

Mi madre Nuria Carresi con sus plantas – Photo P A López

Mi terraza no es muy grande y como no tengo trastero, muchos trastos van a parar ahí, pero mi madre que tenía un enorme cariño a sus plantas me enseñó que aunque sea una hierbabuena o un geranio (no hace falta tener la planta más cara y difícil de cuidar) tener plantas te alegra la vida y ellas a cambió de tus cuidados, amablemente te protegen del calor en verano, así que tengo varias. Cuidarlas, aunque sólo sea regándolas y quitándoles las hojas secas ayuda a desconectar de las preocupaciones y a relajarse un poco en esta vida histérica que llevamos en la que ni siquiera el tiempo nos pertenece. Muchas veces me he planteado qué pasaría si todo el mundo tuviera plantas en Madrid. No sé mucho de climatología pero en mi imaginación veo que en una ciudad llena de plantas y flores el aire sería más limpio, llovería más, haría menos calor en verano y las calles estarían llenas de colores.

Mi terraza y la hierbabuena de mi madre

Mi terraza y la hierbabuena de mi madre

Hay gente que se revela, como mi amiga Fabiola y aunque no tiene terraza tiene unas preciosas plantas de interior a las que cuida con auténtico mimo, pero la actitud más generalizada es “no tengo tiempo para plantas” “no se me da bien cuidar plantas” o “yo cerré mi terraza, la he acristalado y así tengo más espacio”. Yo comprendo todas estas posturas, pero sigo pensando si no seríamos más felices y estaríamos más sanos si pudiéramos dedicar diez minutos cada día de nuestro precioso tiempo y poner un toque de verde en nuestras vidas.

Diciembre 2016

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La Hija de la Peluquera y el Almendro Mágico

Hace algún tiempo me llego una solicitud de amistad en facebook. Me decía que nos conocíamos de Colmenarejo, un pueblo de norte de la comunidad de Madrid. Tengo que reconocer que fui directamente a ver su foto pero aunque me resultaba algo familiar y como figuraba con dos nombres, no estaba segura si era quien yo suponía. Entré en su muro para buscar más pistas y ahí encontré a Esmeralda, su madre. Una montaña de recuerdos se abalanzó sobre mí. Recuerdos de aire fresco, jara, piedras y cielos azules. Pero no conseguía recordar su cara y entonces me envió unas fotos. Por fin pude poner rostro a mi amiga Nuria. Mi amiga de veranos adolescentes, primeros besos, discoteca, motos y desengaños. Cuando llegué a Colmenarejo por primera vez creo que tenía doce años. Casi siempre pasaba parte de las vacaciones lejos de mis padres, en libertad y casi siempre en algún sitio cerca del mar, así que no me hacía mucha gracia ir a un pueblo en la sierra de Madrid y además a una casa sin piscina. Pero ahí estaba Nuria que hizo que todo fuera mucho más fácil e interesante. Mis padres habían alquilado la casa a su madre y dentro del terreno estaba su peluquería. La peluquería de Esmeralda era una casita independiente a  la que se accedía subiendo unos escalones desde el porche. El porche estaba en la parte trasera de la casa y era donde comíamos debajo de una frondosa parra. Me encantaba la peluquería y a veces Nuria, sus primas y yo, cuando su madre no estaba, entrabamos en ese templo misterioso y jugábamos a descubrir nuestra femineidad en un mundo lleno de colonias, pinzas, jabones, rulos, y otros artilugios. En la parte delantera del jardín había un mágico almendro, y digo mágico porque parecía que siempre había deliciosas almendras que brotaban sin cesar. Eran tiernas y sabrosas, las mejores que he comido nunca. Fui Colmenarejo varios años,  aunque ya no alquilábamos la casa de Esmeralda, seguía viendo a Nuria todos los veranos. La aparición de los chicos en nuestras vidas, como suele pasar, cambió un poco las cosas. Pero ese verano, el primero éramos inseparables.

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Los Libros de Ani y el Fuego de la Intolerancia 3 – Los amantes de los libros

Dedicado a Ana Adarraga y su fantástica librería ALIANA que hoy se ha convertido en la mejor librería de libros de cocina de Madrid y que en mi adolescencia fue mi segundo hogar.

foto cedida por la librería Aliana

Aní me regaló varios libros que conservo como un tesoro entre ellos, algunos de la colección de Pio Baroja y también conservó otros que muestran la huella del incendio, para que no se me olvide jamás lo que puede hacer la barbarie humana. La experiencia fue inolvidable, de ahí surgieron amores y desamores y sobre todo una idea de lo que puede hacer la solidaridad y el amor por un ideal. Mis amigas y yo tuvimos la suerte de acceder en plena adolescencia a la amistad de gente más mayor que nosotras, gente culta e interesante, los temas de conversación siempre giraban en torno a los libros y con ellos,  en la librería,  aprendí más que en el sistema educativo de la época, que era bastante penoso. Por supuesto que conseguimos abrir la librería y todos ayudamos para vender. Restauramos la librería en un tiempo record y Ani solo tuvo que contratar a un hombre que hacía un poco de todo, no recuerdo su nombre, pero recuerdo que era simpático y trabajador pero los chicos pintaron, se colocaron estanterías, en fin todo un trabajo que se hizo prácticamente en dos o tres semanas. La noche de Reyes celebramos la apertura comiendo el roscón de Reyes en la librería todos los que habíamos colaborado en la reconstrucción. Esta celebración se convirtió en una tradición y durante muchos años seguimos celebrándola. Mucho tiempo después quedábamos unos pocos y ya se celebraba en casa de Aní, incluso ya casada, mi marido y yo hemos ido a comer el delicioso Roscón con chocolate pero luego, ya se sabe, la vida nos fue separando y todo ha quedado en este fabuloso recuerdo de adolescencia.
Pero volviendo a 1977 no mucho después mis padres se mudaron de casa y yo obviamente con ellos. Aunque no era muy lejos, dos o tres paradas de autobús ya no era lo mismo. Para mí fue un disgusto terrible y aunque seguí viendo a mis amigos y continuaba yendo a la librería, no era la misma situación de tenerla a cuatro pasos de tu casa, peor fue dos años después que nos mudamos a un barrio en la otra punta de Madrid, para entonces sí que mi vida cambió por completo, pero eso ya es otra historia.

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Los Libros de Ani y el Fuego de la Intolerancia – 2 – Los Guerreros de la Reconstrucción Solidaria

Dedicado a Ana Adarraga y su fantástica librería ALIANA que hoy se ha convertido en la mejor librería de libros de cocina de Madrid y que en mi adolescencia fue mi segundo hogar.

Foto cedida por la librería Aliana

Foto cedida por la librería Aliana

Al día siguiente me acerque a la librería, los cristales del escaparate y la puerta estaban rotos, así que para proteger lo que quedaba, enviaron a una pareja de “grises”, es decir policías que por esa época vestían uniformes de color gris. Me asusté un poco porque eran ellos los que corrían con sus porras en las manifestaciones detrás de nosotros, los estudiantes, en aquella época. Poco a poco, vista la situación me fui relajando, ya que Pati el más revolucionario del grupo estaba sentado con otros amigos en una banqueta jugando al mus con los policías. Me quede muy sorprendida, por el tono amigable y cuando los policías se despidieron, no recuerdo si venía otro relevo o cuál era la situación, Pati hacía bromas con uno de ellos sobre la porras que ambos tenían y me asombré de la osadía de Pati enseñando al policía la porra que tenía para defenderse de los “fachas”. Como se acercaba Navidad y Ani tenía que vender para poder recuperar su librería, decidimos que los enemigos de la cultura no podían ganar, así que como guerreros bajo juramento para proteger la cultura, la libertad y ayudar a Ani, que tanto nos había dado, contra tan enorme injusticia, nos pusimos manos a la obra. Primero había que rescatar todos los libros que estuvieran en condiciones y guardarlos en alguna parte y dejar la librería vacía para poder hacer los arreglos pertinentes y pintarla, así que José ofreció un piso que sus padres tenían vacío y empezamos a llevar los libros con unos carros que nos dejaron el supermercado. Había montones y montones de libros y tardamos un par de días creo, pero no recuerdo muy bien. Poco después, los vecinos del piso de abajo se quejaron de que se les estaba hundiendo el techo y tuvimos que buscar otra solución. El cura que se encargaba por aquel entonces de una iglesia que había cerca de la librería, no eran todos reaccionarios, ofreció un espacio dentro de la iglesia y tuvimos que coger todos los libros del piso, y llevarlos a una parte de la iglesia, en la sacristía, donde estarían sanos y salvos. Fue una etapa preciosa, todos unidos en una misión, que Ani pudiera vender libros en Navidad, o por lo menos para los Reyes Magos. Muchos días cuando terminábamos de ayudar, nos íbamos todos a casa de Ignacio y jugábamos juegos de mesa no sé si era el Trivial, el Risk o cual, (maldita memoria) y escuchábamos discos de Les Luthiers entre otros hasta las tantas de la noche, porque además como estábamos de vacaciones era más fácil. Yo tenía algunos problemas con mis padres porque llegaba tarde a casa, así que eso lo solucionaba quedándome a dormir en casa de Ana y Arancha. Pati también se quedaba y aunque por entonces tenía 24 años era tan niño como nosotras que teníamos 16 o 17. Allí jugábamos a las cartas, y a un juego bastante tonto que nos encantaba. Uno se ponía en medio con un sombrero y dos a los lados tenían que tirarlo. No me acuerdo de las reglas pero era divertido y nos dormíamos a las tantas de la noche siempre intentando no despertar al padre de Ana que se ponía de un humor terrible cuando le despertábamos. Otras veces nos íbamos al parque con un par de litros de cerveza, pipas y patatas de la patatería, que entonces afortunadamente era legal, y ahí charlábamos y discutíamos de política. Había ideologías de izquierdas para todos los gustos, socialistas, anarquistas, troskistas, comunistas… Yo me quedaba embelesada escuchando, todos habían leído tanto y sabían tanto, pero mis simpatías se inclinaban hacía la anarquía y sobre todo me identificaba con la idea de que la cultura es imprescindible y que si todo el mundo tuviera educación y cultura no haría falta un gobierno. Un poco inocente con lo del gobierno, si, pero sigo pensando que a una sociedad con educación y cultura no se la puede engañar tan fácilmente. A veces cuando estábamos en el parque Juan, el hermano de Pati que era camionero, por gusto, y amaba a su camión con el alma decía – Bueno chicos, me voy que va a pasar el Talgo de Barcelona. Y desaparecía. Un día que estuve en la casa de sus padres, donde vivía y descubrí que tenía una habitación con todas las vías de tren inimaginables. Era la maqueta más extraordinaria que he visto nunca con sus trenes eléctricos, estaciones, en fin era una auténtica pasión y él lo vivía como si fuera el jefe de estación de ese pequeño mundo que se había creado. Era feliz y siempre estaba alegre. Cuando llegaba a la librería te veía y te daba un manotazo, cariñoso en la espalda. A mí me llamaba Clarita porque decía que le recordaba al personaje de dibujos animados de la serie de Heidi. Fue una de las pocas personas que me escribió una carta cuando murió mi madre y fui dejando el momento para contestarle, luego ya era tarde y lo siento, porque se lo agradecí mucho en mi corazón. Pero volviendo a la librería ¿sería posible reconstruir esa librería, tal como la veis en la foto o por lo menos conseguir volver a vender para no tener que cerrarla?

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Los Libros de Ani y el Fuego de la Intolerancia I – Los libros Quemados

Dedicado a Ana Adarraga y su fantástica librería ALIANA que hoy se ha convertido en la mejor librería de libros de cocina de Madrid y que en mi adolescencia fue mi segundo hogar. Librería Aliana 1 - Foto cedida amablemente por la Libreía Aliana (Madrid)

Era una mañana fría del 9 de Diciembre de 1977 y el teléfono sonó, lo recuerdo como si fuera ahora, mi amiga Ana me llamó y con la voz entrecortada me dijo – Marina la librería, han quemado la librería – ¿qué, cómo?…pero no puede ser… – Estamos aquí… todos – me dijo casi entre lágrimas – Voy para allá, ahora mismo. Salí disparada de casa. La librería era nuestro punto de encuentro, Ani la madre de mis amigas Ana y Arantza había conseguido crear una especie de refugio encantado donde se hablaba de historias maravillosas, de escritores amantes de la palabra y donde nunca estabas sola porque siempre te encontrabas amigos con los que charlar y compartir. Salí corriendo de casa y en cinco minutos estaba allí. Al acercarme pude ver a varios de mis amigos en la puerta y al llegar no podía creer lo que estaba viendo. Acabé, como todos, allí delante de la puerta de nuestra amada librería, llorando a lágrima viva sin poder encontrar una explicación para semejante desastre. Mientras estábamos ahí, incrédulos, como huérfanos a los que se les ha arrebatado una parte del alma llegaron unos desgraciados gritando: ¡Viva Cristo Rey y ahora os jodéis! Ignacio cogió un martillo y se fue hacia ellos pero su novia y su hermana se lanzaron a sus piernas y mientras le sujetaban con fuerza gritaban – Están provocándonos, ignóralos, están intentando provocarnos-. Luego me enteré de que había sido gente de ultraderecha del barrio que después de ir a celebrar el día de la Inmaculada Concepción, habían decidido quemar el foco donde se reunían los “rojos” del barrio. Hay que decir que Aní la propietaria de la librería era y es vasca y por supuesto tenía todo tipo de libros en su escaparate, desde libros que hablaban del País Vasco hasta el Diccionario de la Ultraderecha, pero, claro esa libertad de pensamiento era algo que las mentes pequeñas y cerradas de estos extremistas no podían entender. La situación se podía haber convertido en una tragedia. Otro de los amigos de la librería, Curro que vivía cerca, por la noche asomándose a la ventana había visto fuego en el escaparate y había llamado a los bomberos, que afortunadamente sólo tardaron unos minutos en llegar, sino todo el edificio podía haber ardido. Justo al lado había una patatería, una pequeña tiendecita en donde hacían y vendían patatas fritas al peso. La patatería tenía varios bidones de aceite y creo que bombonas gas butano así que todo podía haber explotado abrasando el edificio y a los vecinos de los pisos justo encima. Menos mal que los bomberos apagaron el fuego rápidamente, aunque no se pudo evitar que la mayor parte de los libros ardieran dejando un olor a papel quemado y a destrucción que tardaría bastante en desaparecer. En fin, un desastre. Ver todos esos libros quemados me produjo un dolor enorme a mis 16 años. Todas esas historias que llenaban mi vida de alegría, de aventuras, de amor, de tristeza, de conocimiento. Todas esas historias a las que tanto había costado a la gente de mi país poder acceder, estaban ahí sin vida, deshaciéndose en pequeños trozos negros y convirtiéndose en polvo como pequeñas mariposas abrasadas por el fuego. Pero no estaba sola en mi dolor y ese mismo día, con esa desolación que todos sentíamos se puso en marcha algo que me hizo descubrir lo mejor del ser humano, algo que se quedo en mi corazón para siempre: la solidaridad. Y así empezó la reconstrucción de la que os hablaré en el siguiente capítulo.

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