Archivo de la categoría: Historias de Gatos

Buffy, the Vampire Cat Slayer

Nick Franklin hizo esta foto de Buffy recien rescatada de la calle.

Un gato de la calle nunca es un gato de la calle,

es un gato que está en la calle.

Antes, cuando bajaba a dar de comer a los gatos en la urbanización donde vivo, dejaba una bandeja con comida. A veces veía a las gatas madres con sus pequeños acercándose tímidamente para intentar adivinar si eras una amenaza o no.  Un día baje más tarde y las gatas ya no estaban, pero vi algo blanco moviéndose encima de la bandeja vacía. Era una gatita blanca un poco más grande que mi mano. Estaba desnutrida y muy enferma. Le tuve que dar biberón con leche especial para gatitos. Para que recuperara el calor y las ganas de vivir, la llevaba atada a mi cintura con un jersey mientras trabajaba en el ordenador y hacía las tareas de la casa. También la llevaba así, para que los otros gatos no se contagiaran de la neumonía y los bichos que la estaban machacando a la pobre. Cuando no podía llevarla en su hamaca improvisada, la dejaba en el cuarto de baño encerrada, por la misma razón. En seguida la llevamos al veterinario y después de asegurarnos de que no tenía Leucemia Felina, que podría ser un peligro para los demás, empezamos el tratamiento.

Buffy mejorando día a día.

Tardó un tiempo en recuperarse pero poco a poco se convirtió en una preciosa gatita llena de energía y vitalidad. En aquella época, Nick y yo que a veces somos como niños, estábamos viendo la serie de Buffy, the Vampire Slayer (caza vampiros) de Joss Whedon (uno de nuestros directores favoritos). Nos encantaba la protagonista Sarah Michelle Gellar con sus saltos magistrales y su increíble fuerza, capaz de acabar con toda la maldad que surgía de las profundidades del infierno. La gatita se recuperó, de hecho empezó a dar increíbles saltos, carreras y piruetas así que decidimos llamarle Buffy en honor a esa genial serie que todos los adolescentes deberían ver.

Sarah Michelle Gellar en la serie de TV dirigida por Joss Whedon.

Cuando empezó a tener el celo, la pobre Buffy se volvió asustadiza,  se subía a lo alto de la librería y se quedaba tan quieta que parecía un búho. Por varias circunstancias tardamos un tiempo en operarle y la pobre no era muy feliz. Cuando por fin pudimos hacerlo acababa de entrar en la familia otro gato rescatado, Bambi. Bambi tenía ya siete meses y era algo abusón. En seguida se hizo con el control de la jerarquía gatuna y fue en este momento, cuando Bambi ya había pasado su cuarentena y estaba dando tortas a diestro y siniestro, cuando operamos a Buffy. No sé si lo sabéis pero cuando castras a una gata, tiene que estar apartada en una habitación tranquila el día y la noche después de la operación y cuando sale al mundo puede tener una importante subida de testosterona. Buffy, desde luego, la tuvo. Bambi se acerco a ella para decirle que él era el nuevo rey y para darle un claro aviso de sus intenciones. Y aquí pasó lo que nunca habíamos visto con otras gatas en parecidas circunstancias, Buffy le pegó tal paliza a Bambi que le dejó en estado de shock, escondido en un hueco imposible entre la lavadora y el lavaplatos. Lo que no sabía Bambi, era que Buffy era una autentica vampire slayer o en este caso bad cats slayer. Buffy volvió a ser feliz y a corretear por toda la casa. Es una gata solitaria, no socializa mucho con el resto, pero a veces le dan como ataques repentinos y se pone a trepar por los muebles y a jugar sola como loca corriendo y saltando persiguiendo a esos malvados vampiros que nadie más que ella puede ver y a los que seguro derrota sin compasión.

Buffy en 2014 con su mirada de Vampire Cat Slayer. Photo by Marina Carresi.

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La Tristeza se hizo Gato

Mariano, mi gato. Photo by P A López.

Mariano, mi gato. Photo by P A López.

La tristeza se hizo gato y paseaba por todas las habitaciones de la casa.

Negro, negro, con toda la luz en tus ojos, como dos hojas verdes con agua.

Siempre enredando entre mis piernas, jugando con mis tobillos;  mi piel llevaba tus asaltos por las calles, surcos amorosos que dolían.

Te subías a las mesas y a las camas, y allí, teniendo mi ausencia por aliada, se entablaban batallas de uñas y madera. Y siempre perdías, ya eras viejo entonces, y con aire resignado te escondías detrás de las cortinas.

Eras como un gran beso negro, siempre triste, siempre ausente, con el dolor en cada movimiento.

Por las noches me gustaba mirarte acurrucado en el sillón. Tu mirada se perdía no sé donde, parecía que te ibas del momento, que no te tocaban nuestros ruidos. Permanecías así, quieto, inmensamente quieto, durante bastante tiempo. Luego volvías y estirándote como si hubieras dejado tus huesos en el recorrido, tomabas mi plato por asalto y terminaba mi cena y tu ayuno.

A menudo, la zapatilla de la abuela volaba por encima de tu cabeza, pero nunca aterrizaba entre tus orejas. Te gustaba incordiar a la “yaya” y que te persiguiera gritándote por toda la casa. En esos lances, siempre ganabas, quizá porque la abuela era más vieja que tú y te amaba más que nadie.

Eras un gato como todos, pero apenado como ninguno, negro, con todo el verde de tus ojos y con tu algo de loco.

Un día, al entrar en casa, los niños dijeron que te habías ido para siempre, la abuela me dijo que sufrías y habían tenido que sacrificarte.

Y esa noche, soñé un cielo para gatos, y cuando desperté, miré tus huellas en mis piernas y comencé a llorarte.

Nuria Torres Carrasco  1978-9

 

Este es el único texto que he publicado que no lo he escrito yo. Lo escribió mi querida amiga Nuria Torres Carrasco que pasó una temporada en mi casa cuando éramos adolescentes. Escribió este precioso y poético texto cuando mi gato Mariano, que llevaba conmigo desde que yo tenía 8 años,  murió.

Llevaba años buscándolo y por fin lo he encontrado y lo he transcrito con lágrimas en los ojos. No sé si lo escribió en el año 1978 o 79 pero lo guardé porque expresaba a la perfección la tristeza que nos invade  cuando muere  un animal que es parte de la familia.

Como no tiene título he usado el principio del texto como título.

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PENELOPE Y SIETE

by Marina Carresi  - Siete abajo Penny arriba

by Marina Carresi – Siete abajo Penny arriba

Acabo de encontrar esta foto, la he escaneado y aunque no se ve muy bien me parece una imagen muy tierna.  Penny y Siete llegaron a nuestra vida hace muchos años, de hecho ninguno de los dos vive ya, pero viven en mi recuerdo y eso es lo que importa. Cuando estaba estudiando teatro un compañero de clase me pidió por favor que me quedará con estos dos hermanos felinos porque él tenía que compartir su piso y de momento tenía que tenerlos encerrados en el cuarto de baño con su madre, la de los gatos, se entiende.  Yo ya tenía gatos pero le vi tan apurado que convencí  a Nick de que nos los quedáramos.  A ella la llamamos Penélope y a él Siete.  Penélope se cayó a un cubo de agua con legía al día siguiente de llegar, pero conseguimos lavarla y evitar el peligro de una intoxicación, eso si, nunca sabremos si la legía la dejó más blanca de lo que era. Siete era un amor, dormía entre nosotros y me chupaba el dedo. Era bueno y cariñoso pero no se sabe porque cogió una enfermedad terrible y murió muy joven en brazos de una buena amiga que amablemente lo llevó a su casa mientras estábamos de viaje. Mis suegros habían venido de Inglaterra y habían reservado hoteles, alquilado un coche; todo un esfuerzo para ver a su hijo, no podíamos dejarles plantados. Nunca olvidaré la tremenda sensación de estar comiendo una de las más deliciosas paellas de mi vida en la Albufera con lágrimas resbalando por mis mejillas porque me acababa de enterar de que Siete había muerto. ¡Los contrastes de la vida…! Pero de alguna manera Siete, a pesar de ser pequeño, no tenía ni un año cuando murió, consiguió dejar su huella .Anube era una gata blanca que teníamos  y de ella y de Siete nacieron 5 preciosos gatillos, pero esa es otra historia.

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Serengueti

Serengueti by marina carresi

Serengueti by marina carresi

 

Salía de la escuela de teatro donde estaba estudiando con mi amigo P y cuando íbamos por la calle Ronda de Valencia, yo que tengo una especie de detector de gatos incorporado en mi cerebro desde bien pequeña, oigo unos maullidos desesperados de un gato, que parecía por el tono ser bastante pequeño. Seguí mi detector y descubrí que el gato estaba al otro lado de la calle así que P y yo nos dirigimos hacia allí apresuradamente. Descubrimos que los maullidos salían de debajo de un coche que estaba aparcado y nos pusimos a mirar arriba, abajo, a un lado y al otro para ver dónde podía encontrarse el pequeño felino que maullaba frenéticamente. No lo veíamos, no podíamos encontrarlo y dábamos vueltas como peonzas, nerviosos y desesperados pero sin resultado alguno. Al cabo de unos veinte minutos apareció una mujer que iba acompañada de sus dos hijos y nos dijo que su marido era el propietario de ese coche y quería saber porque estábamos ahí en una actitud tan sospechosa (no lo dijo exactamente así pero esa era la implicación por otra parte ella era bastante amable aunque estaba un poco nerviosa). Le explicamos la situación y nos dijo que su marido iba a tardar un rato todavía y que ellos estaban pasando la tarde en casa de su madre. Luego nos dijo que iba ir a casa de su madre y que como habían comido pescado podían traer algo para ver si el gato salía. Yo estaba muy angustiada porque si el marido llegaba y tenían que coger el coche, nada se podría hacer para salvar al pobre gatito. Aceptamos su ayuda agradecidos y esperamos a que fueran a por el pescado. Volvieron en cinco minutos con el pescado y con la abuela que también quería saber como acababa la historia. Finalmente con algo de paciencia y mucho cuidado conseguí coger al gatito cuando se asomó un poco al oler el pescado. Abrí la mochila que llevaba y lo metí dentro me despedí de P y salí disparada intentando evitar que el gatillo aterrorizado por la situación pudiera romper la mochila y salir corriendo. Cuando llegué a casa y lo saque de la mochila vi  que estaba hecho un asco y lo  llevé a la bañera donde le duche con poca agua y sumo cuidado. Al día siguiente le llevé al veterinario para ver si no tenía nada contagioso para no enfermar a mis otros gatos. Allí me enteré de que era una gatita. Una vez vacunada y tomando las medicinas necesarias para su recuperación vimos que era una gata llena de energía y saltaba tanto y tan alto que parecía una gacela del Serengueti, así que ese fue su nombre, Serengueti. Siempre fue un poco asustadiza. Se enamoró perdidamente de un gato blanco y sordo que teníamos Chimi  y no era un asunto sexual ya que ambos estaban esterilizados, no, era amor de primera, le seguía a todas partes y le lavaba y besaba todos los días. El no le hacía mucho caso, pero poco a poco se le veía más interesado. Pasados los años Chimi murió y ella quedó desconsolada. Un par de años después se le declaro un cancer de mamas la operamos y aguantó un año más. Los gatos son algo especial, el que tiene gatos sabe de lo que estoy hablando. Espero que Seren, que así la llamábamos haya encontrado a Chimi y que él pueda oír sus maullidos amorosos y puedan jugar y darse cariñosos lametazos sin descanso.

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