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Ada en el Pub Ganimedes y el Bolero de Ravel

Ganimedes secuestrado por Zeus

Tne Rape of Ganymede 1636 – 1637  (Museo del Prado)

«Aquí el cazador frigio es llevado por el aire sobre alas leonadas, la cordillera de Gárgara se hunde a medida asciende, y Troya se desvanece bajo él; tristes quedan sus camaradas; en vano los perros cansan sus gargantas ladrando, persiguen su sombra o aúllan a las nubes.»

Tebaida por Estacio (i.549)

Ada estaba agradecida a la vida o mejor dicho a la amistad, algo en lo que ella nunca había confiado. Quizá esa desconfianza era algo que sus padres le habían transmitido o algo que ella había percibido porque en el competitivo mundo de los grandes negocios, no se tienen amigos. Se tienen superiores, colaboradores y trabajadores, pero no amigos. Un paso en falso y se acabó. Estás en la calle. Todo ese mundo de privilegios y respeto cae como una torre de naipes y ahí estás tú, flotando entre dos mundos sin pertenecer a ninguno. Ada había sido una niña privilegiada pero había visto como su mundo imperfecto pero sólido había ido desapareciendo poco a poco. La mayoría de las  personas que visitaban a sus padres, que antes poblaban su universo deshaciéndose en sonrisas y cumplidos, se habían desvanecido como fantasmas, dejando en la casa familiar un eco de risas, charlas, cenas y nostalgia. La melancolía se había adueñado de cada rincón de la casa y la incertidumbre sobre el futuro pesaba como una piedra en cada miembro de la familia.

Su padre estaba bastante amargado, los negocios que siempre habían sido su mayor orgullo, marchaban cada vez peor y esa criatura rebelde y juerguista, que se negaba a hacer algo de provecho con su vida, se permitía el lujo de hacer comentarios que le dejaban en ridículo delante del resto de la familia. Un día Ada rompió el trato que había hecho con su madre de quedarse a dormir en casa de una amiga, si era más tarde de las tres de la mañana. Eran las fiestas de carnaval y Ada se había disfrazado de serpiente copiando un disfraz y un maquillaje que había visto en una revista extranjera. Cuidadosamente dibujo en su cara las escamas con tonos verdes y marrones que le hacían parecer o una serpiente o un extraterrestre, según la opinión de sus hermanos pequeños. Estaba contenta cuando salió de casa, los disfraces le habían gustado desde niña y en Carnaval la ciudad, a pesar del frío, se llenaba de color y de risas como si el mundo se convirtiera en un gran teatro lleno de actores locos representando su papel en una gigantesca obra improvisada. La noche transcurrió sin grandes emociones, pero al final su amiga Lucía, con la que iba a dormir como en otras ocasiones pasadas las tres de la mañana, encontró pareja y Ada no se atrevió a decirle nada; el piso de Lucia era pequeño y no quería invadir su intimidad. Esperó hasta las seis para coger el autobús y muerta de frío llego a su barrio. La niebla serpenteando lo invadía todo, se estaba haciendo de día. Quitando el vaho del espejo de un coche, intento borrar la pintura de su cara obsesivamente, como si así pudiera arrancar de su alma un oscuro presentimiento que como la niebla parecía perseguirle y rodearle hasta casi no dejarle respirar, y ese disfraz de serpiente se fuera a convertir en una maldición. Llegó al portal de su casa, y temblando no sólo por el frío sino por ese presagio que palpitaba en su estómago, tocó el botón del ascensor y subió. La puerta estaba cerrada con una cadena. Su padre, que últimamente dormía poco, le abrió. Ada dijo hola agachando su cara embadurnada y corrió a su cuarto con la absoluta convicción de que algo terrible iba a suceder.  “Se acabó, se tiene que marchar de esta casa, o coge la maleta ella o la cojo yo”. Su madre, una de las modernas amazonas pero demasiado cobarde o demasiado humana, bajó la cabeza mientras él expulsaba a Ada del purgatorio al infierno. Ada se imaginó su futuro como una pendiente resbaladiza hacia el inframundo, se imaginó sin poder encontrar un trabajo que la permitiera sobrevivir. Expulsada del paraguas familiar que, aunque lleno de agujeros, le permitía ponerse a reguardo de las inclemencias de ese mundo, que en su ambiente familiar se percibía como hostil.   Pero algo mágico e inesperado sucedió. – Coge tus cosas y vente a mi casa ¡ya! dijo Isabel. Isabel era una amiga a la que había conocido recientemente, era menuda pero estaba llena de energía y tenía una voz preciosa, vivía en el extrarradio y tenía una hija de 7 años, Luna, a la que había tenido que criar sin marido. Arrastrando su dolor y ya sin lágrimas Ada llego con su maleta de marca, algo deteriorada por el paso del tiempo. La casa era relativamente grande, era febrero, no había calefacción  y Ada con su extrema delgadez sentía tanto frio que un temblor helado le recorrió los huesos “No te preocupes de nada ahora y ven con nosotras a ver MacGyver “y le ofreció un sitio en su cama y un plato de palomitas enfrente de la televisión. El personaje de MacGyver era fantástico, tenía soluciones para todo y si no las tenía las encontraba. Ada se sintió mejor, arropada por el edredón y el calor de Luna y esa extraordinaria mujer de la que nunca hubiera esperado un gesto tan formidable y cariñoso.

 THOSE WHO DANCE- Silver Sheet April 01 1924 retocado por Nicholas J Franklin

Picture THOSE WHO DANCE- Silver Sheet  1924 retocado por Nicholas J Franklin

Un mes más tarde un sobrino de Isabel le consiguió un trabajo en el disco-pub Ganimedes en donde él trabajaba como relaciones públicas. Todo iba relativamente bien, trabajaba los fines de semana que la llamaban y los sábados se quedaba a dormir en casa de unas amigas de la infancia que vivían, en una de las mejores zonas de la ciudad, donde Ada había crecido, cerca del disco-pub. Amablemente le habían ofrecido esa solución para que no tuviera que coger un taxi y gastar la mitad de lo que ganaba para volver a su nuevo hogar en un barrio tan alejado del centro de la ciudad, dadas las altas horas de la madrugada a las que terminaba de trabajar.

El disco-pub estaba bien, ella pronto consiguió que la llamaran para trabajar todos los fines de semana. Con sus tirantes y su pelo rojo y rizado, educada para sonreír en público, aunque su corazón en ese momento de su vida latiera más por costumbre que por deseo, no permitió que la depresión se adueñara de su alma y pronto se hizo la reina de la barra de abajo. El pub constaba de tres pisos con una barra cada uno y la de abajo era la más problemática dada la gran cantidad de gente que ahí se reunía y la más conflictiva dadas las peleas que se organizaban entre los jóvenes que frecuentaban el local, especialmente los días de futbol. Afortunadamente, los chicos que trabajaban ahí, la protegían de cualquier jovenzuelo insolente que empezara a desvariar dado su elevado nivel de alcohol. Los jefes eran amables y aunque no pagaban mucho, siempre le dieron lo acordado sin dilación. Aun así, se dio cuenta de que esa fachada escondía algo y aunque nunca supo si ellos lo sabían o no, lo que fue descubriendo poco a poco hizo que su visión del lugar cambiara para siempre. Muchos jóvenes trabajaban como ella los fines de semana, el trabajo era agotador y tenían que aguantar el ritmo,  así que todos los viernes y sábados antes de abrir el local, el encargado repartía generosamente la necesaria dosis de coca para que los dispuestos trabajadores no sintieran el cansancio propio de tan extenuante jornada.  Ada sabía que estaba bailando en la cuerda floja, pero no quería caer. Tomaba cafiaspirina con coca cola porque tenía que aguantar, pero sabía que para ella la coca, dado su estado de ánimo, hubiera sido un billete sin retorno y no quiso ni probarla. Un día le avisaron de que no había que servirle más copas gratis a uno de los chicos que trabajaba de relaciones públicas. Su natural curiosidad le hizo investigar y consiguió hablar con el joven en cuestión, tenía que averiguar qué había pasado. Pronto descubrió el oscuro secreto del Ganimedes. Un disc-jockey cincuentón regalaba coca a cambio de tocamientos sexuales a los adolescentes y jóvenes que entraban con él en la cabina, pero esté joven había decidido decir no y esa era razón suficiente para, indirectamente,  expulsarle del local. En el momento en que Ada se dio cuenta de lo que estaba pasando quiso salir corriendo, o llamar a la policía o hablar con los jóvenes para que se rebelaran, realmente no sabía qué hacer. Tuvo una discusión con el disc-jockey en cuestión, pero eso sí, sin perder las formas, intentando defender al chico pero sin hacer comentario alguno sobre nada de lo que había descubierto. Pronto se dio cuenta de que todo era inútil, si seguía insistiendo perdería su trabajo, el único que tenía, el que su amiga tan amablemente le había encontrado, el único que le permitía comer pollo con champiñones y poco más todos los días, ya que no sabía cocinar otra cosa y el dinero que ganaba no le daba para más, el único trabajo que había podido conseguir, el único…Se tragó su rabia y sus lágrimas y bajó a la planta donde Pedro y Luis los chicos que trabajaban con ella ya estaban bajando las cajas de bebidas para la noche, el Ganimedes abriría en veinte minutos. La luz era tenue y de repente como por arte de magia, en vez de la música discotequera que solía sonar atronadora sobre todo en la planta de abajo, empezó a sonar suavemente como una caricia para los oídos El Bolero de Ravel. Poco a poco su cuerpo la fue arrastrando a una danza liberadora y ante los ojos alucinados de sus dos compañeros, en ese espacio que pronto estaría ocupado por jóvenes que bebían como esponjas y que en algunos casos no pasaban de los catorce años, bailó como  si fuera una de las grandes del ballet nacional pero con los ojos llenos de lágrimas.

Enero 2017

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El Profesor de Música y La Caja de la Risa en el El Santa Regina.

Aquellos años 70

Aquellos años 70

El otro día en el autobús había un hombre que parecía sudamericano pero que curiosamente me recordó a un profesor que tuve que no era sudamericano, sino del País Vasco. De repente una catarata de recuerdos inundó mi mente y me vi llegando al colegio Santa Regina a mis 8 turbulentos años. Antes, cuando era más pequeña todavía, mis padres me inscribieron en uno de los mejores colegios de Madrid. Era un colegio sensacional, creativo e innovador. Teníamos clases de música, de baile además de todas las otras enseñanzas como aprender a leer, sumar etc. Me encantaban las clases de dibujo y todas las cosas artísticas que allí se enseñaban. Me gustaban los profesores, todos menos la de gimnasia que me obligó a hacer el pino y me di de cabeza contra el suelo así que me dejo incapacitada para apreciar las maravillas de esa asignatura para el resto de mi vida. Todo era fantástico, todo menos la comida y mi dificultad para relacionarme con los otros niños. Pero por si no tenía bastantes problemas dada mi timidez y mi falta de costumbre a compartir mis juegos con los miembros del sexo masculino, sufrí bulling por parte de un pequeño monstruo hijo de un famoso abogado y escritor (a ese colegio iba la flor y nata de la sociedad española del momento) que decidió convertir mi vida en una auténtica pesadilla. Duré dos años y poco más ya que dado mi lamentable estado psíquico, mi madre decidió que era mejor cambiarme de colegio, así que acabé en un modesto colegio que daba a la parte de atrás de mi casa y cuando salía al recreo mi abuela y mi madre podían verme desde la terraza.

Santa Regina era un pequeño colegio que tenía tres clases: los pequeños, los medianos y los mayores. Estaba regentado por dos sensacionales profesoras la Señorita Otilia y la Señorita Emma.  Creo recordar que en la clase de los pequeños había otra profesora, pero eran claramente las dos mencionadas anteriormente las que llevaban las riendas de la peculiar institución. La Señorita Otilia era gruesa y de buen carácter y se dedicaba a enseñar letras y la Señorita Emma era muy delgada y nerviosa y enseñaba ciencias. Cuando llegué ahí a mitad de curso no fue fácil, era una niña mimada y traumatizada al mismo tiempo así que la Señorita Otilia y la Señorita Emma hicieron todo lo posible por integrarme, lo que tengo que reconocer, fue una ardua tarea. Mi clase era la de los mayores y abarcaba todos los cursos desde los ocho años a los trece, después había que ir al instituto. Allí conocí a las que serían mis mejores amigas de la infancia Tina y Blanca y a las que lo fueron en la infancia y lo han seguido siendo después, Ana y Arantxa. Pero eso fue más tarde, al principio eran las profesoras las que en cierta medida animaban a mis pobres compañeras (también había chicos pero estaban claramente en minoría) a seguir mis fantasiosos juegos como uno que inventé en el que todas éramos monstruas con nombres tan sugerentes como horripila de las nieves  y nos escribíamos cartas que narraban  nuestras monstruosas aventuras llenas de fantasía. No teníamos jardín, ni patio, ni nada que se le pareciera cuando salíamos al recreo, sino que había un espacio semi protegido porque era una amplia zona que daba a la parte trasera de varios edificios y formaba como un cuadrado. Dado que el espacio era extenso muchos coches iban allí a aparcar .En la puerta de nuestro colegio había una señal de prohibido aparcar que nadie respetaba y eso sacaba de quicio a nuestras queridas profesoras, sobre todo a la señorita Emma que no dudaba en insinuarnos que si a algún niño se le ocurría deshinchar las ruedas de un coche, lamentablemente ellas no podían hacer nada para evitarlo. Un día apareció un hombre furibundo que quería pegar a uno de mis compañeros al que pilló in fraganti y la señorita Emma se enfrentó al hombre indicándole la señal de prohibido aparcar y avisándole de que como se atreviera a tocar a ese pobre angelito llamaría a la policía. La señorita Emma era todo un carácter. Ana y yo al principio no nos llevábamos muy bien y un día ella nos castigó a quedarnos cuando se acabó la clase. Recuerdo que Ana y yo la acompañamos al cuarto de baño porque ya nos íbamos a marchar y cuando la veíamos peinarse Ana le soltó de repente: ¡Qué coqueta! Y acabamos riendo las tres. También le hice alguna que otra perrería a la pobre señorita Emma. Había una tienda que tenía artículos de broma y uno de ellos era un líquido que si lo ponías en una silla primero se te enfriaba el culo como si lo metieras en un congelador y después te ardía como si te sentaras en una estufa, recuerdo hasta el nombre del endiablado producto: fluido glacial. No sé cómo me atreví, pero le puse el líquido en la silla y todos nos reímos mucho, menos ella, claro está. En otra ocasión, mi tío me trajo de Alemania una caja de la risa; era un artilugio de plástico metido en una colorida bolsa, el artilugio tenía un botón y cada vez que lo tocabas se oían carcajadas sin parar hasta que tocabas de nuevo el botón. Pobre señorita Emma, oía carcajadas mientras escribía en la pizarra, se daba la vuelta y las carcajadas desaparecían como por arte de magia, por supuesto acabé castigada  pero nos reímos un montón. Con todo esto parece que yo, realmente, era un pequeño monstruo como en mi juego de fantasía, pero en realidad aunque no era una alumna deslumbrante, más bien del montón, me esforzaba mucho y estudiaba. Nuestras clases eran muy curiosas porque por ejemplo la señorita Otilia llegaba a la clase y decía, esto es para los de segundo y los cuatro o seis alumnos de segundo escuchaban mientras los demás hacían ejercicios o un dibujo o lo que tocara.

La religión era importante en esa época y creo recordar que de vez en cuando venía un cura y nos daba clase de religión. A él casi no le recuerdo, pero lo que sí recuerdo son los libros en donde se contaban las historias de santos y santas. Creo que después de eso no he leído nada más gore en toda mi vida. Qué atrocidades, gente asada como cochinillos en parrillas, miembros amputados, gente devorada por leones como parte de un macabro espectáculo, santas con los pechos rebanados a cuchillo, en fin…luego llegabas a casa y en la tele ponían dos rombos para que los niños no estuvieran expuestos a las memeces que la censura consideraba oportunas. Afortunadamente en mi casa eso de los dos rombos se lo pasaban por el forro, dado que generalmente eran obras fabulosas de los mejores escritores, ya que en TVE había muchos profesionales como en mi familia, empeñados en que el buen teatro era algo importante para sacar a nuestro país de su atraso y su incultura.

Había varios acontecimientos religiosos y era divertido por el simple hecho de que era fiesta. En mayo poníamos una virgen en una esquina de la entrada del colegio y la adornábamos con innumerables flores, luego cantábamos una cancioncilla que empezaba: “venid y vamos todos con flores a María, con flores a porfía, que madre nuestra es”. Nunca entendí lo de porfía  ¿qué o quién diablos era esa tal porfía?; quizá la canción decía otra cosa y yo la aprendí mal. Éramos un sólo un grupillo de niños pero nos creíamos el coro de la filarmónica. Orgullosos de elevar nuestra voz a esa virgen rodeada hasta la asfixia por flores blancas de largos tallos que tenía poderes mágicos para conceder deseos y que nos amaba a todos como si fuéramos sus propios hijos. También se celebraba la Navidad y había mucha excitación. Recuerdo una Navidad, especialmente en la que organizamos una obra de teatro, la típica escena de la virgen y San José llegando al portal de Belén con los reyes magos, etc. Yo me empeñe en que tenía que ser la virgen aduciendo argumentos como que era rubia y tenía el pelo largo y que tenía que ser yo y se acabó. Mimada e insistente como era, lo conseguí, fue divertido, sobre todo el final porque elevamos a las alturas a un compañero de clase que irónicamente se llamaba Jesús y representaba al ángel que mira candorosamente y protege al niño Jesús desde las alturas, conseguimos subirle, a pesar de que no estaba muy convencido, a un montaje que hicimos colocando dos mesas de la clase a cada lado, unas encima de las otras y a modo de puente otra en el centro. El estaba subido a la del centro pero no se sabe como perdió el equilibrio y cual ángel divino salió volando junto con las mesas convirtiendo la escena en un caos total. No le paso nada, ya se sabe, los niños son de goma. Pudo haber sido una tragedia pero como no paso nada nos reímos mucho. En el recreo, en ese descampado del qué hablado antes y que nosotros cariñosamente llamábamos la plazoleta vivíamos en un mundo lleno de juegos y diversión. A veces se jugaba al churro y digo se porque yo lo odiaba, pero me gustaba jugar a los juegos de hacer cuadrados en el suelo y mover la piedra con el pie, nosotras, sobre todo jugábamos las niñas, le llamábamos jugar a la piedra, o al avión. También se podía patinar porque la plazoleta estaba en una cuesta y a cada lado de la plaza la superficie era la misma que la de las aceras, no era así en el resto de la plaza que era de tierra, una tierra que a veces se convertía en barro y en la que podías jugar al divertido juego del clavo, al que por alguna extraña lógica que desconozco se jugaba con un destornillador. Se hacía un cuadrado en el suelo se lanzaba el destornillador y cada uno iba acotando el espacio dejando para el siguiente menos y menos superficie. Simple, pero apasionante. Saltar a la cuerda, jugar a la goma, un sinfín de actividades que implicaban ejercicio físico, jugar en equipo, competición, todo un aprendizaje que para mí fue más importante que las clases en donde algunas de las cosas que nos enseñaban, a principios de los años 70 todavía  eran puro material fascista recomendado especialmente a los profesores, y sino pobres de ellos.

Volviendo al inicio de mi historia, yo debía tener unos diez años y un día la señorita Emma apareció entusiasmada diciendo que iba a venir un profesor de música para dar clases de guitarra como actividad extra escolar que además era guapísimo. Nos apuntamos varias alumnas con la esperanza de aprender el noble arte del rock and roll a la vez que nos deleitábamos con la belleza de ese profesor que prometía ser un Adonis. Cuando llegamos a la clase con nuestras flamantes guitarras casi se nos caen al suelo, nos sentamos en las sillas y pasamos la mayor parte de la primera clase conteniendo la risa. El profesor, no recuerdo su nombre era un hombre súper amable y encantador pero el pobre no podía ser más feo. Podría tener unos cuarenta años, extremadamente delgado, con una incipiente calvicie, una nariz aquilina muy prominente y unos ojos pequeños y oscuros. Llevaba unos zapatos con una punta exagerada y vestía camisa y pantalón oscuros. Total, la risa y la decepción se mezclaban a partes iguales en nuestros cerebros, cuando la cosa se puso todavía peor, nuestro supuesto adonis de la modernidad se empeñó en enseñarnos temas tan actuales como “Desde Santurce a Bilbao…” No salíamos de nuestro asombró, pero “Alea jacta es”, no había remedio. A pesar de todo era un buen profesor, no se puede decir  que estuviera a la última pero su dedicación era total y aunque sus canciones nos aburrían enormemente, por lo menos aprendimos los acordes básicos para poder tocar las canciones que nos gustaban por nuestra cuenta.

Y así, en el colegio Santa Regina fue como mi vida cambió radicalmente, comía en casa las deliciosas comidas que me preparaba mi abuela; ¡Ay esas croquetas de autentico pollo, las albóndigas deliciosas y de vez en cuando los canelones hechos a mano con las sobras del cocido…! Poco a poco mis amistades se fueron reforzando y pasaba horas y horas al teléfono con mis amigas, con la consiguiente irritación de mis padres que no entendían porque llamabas a tus amigas nada más llegar a casa, si acababas de verlas. Mi barrio estaba en el centro-norte de Madrid y estaba considerado como un buen barrio así que mi colegio no estaba mal pero no era un colegio de élite como del que tuve que marcharme. Eso me enseñó una lección para toda la vida. Lo primero, tener buenos amigos, aunque sea pocos es una de las cosas más importantes de la vida y segundo pero no menos importante, da igual donde estés, si no recibes cariño y respeto, vete. La vida está llena de sorpresas.

Agosto 2016.

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La Sombra del Cuchillo

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Marga vivía con su madre Eloísa en Barcelona en una casa que solo tenía cinco pisos pero con muchas escaleras entre cada planta. Hoy sería una casa antigua pero para los años sesenta era una de tantas casas con barandillas de hierro y posa manos de madera y por supuesto, sin ascensor. Cada planta constaba de dos puertas una al lado de la otra con sus consiguientes viviendas y en frente un pasillo que te llevaba a las escaleras para subir a la siguiente planta. Marga viajaba mucho, era modelo y era bonita pero sabía vestirse y maquillarse tan bien que resultaba mucho más hermosa que la mayoría de sus compañeras. Marga tenía dos hermanos Julia y Ricardo que habían dejado la Ciudad Condal para buscarse la vida en otros mundos. Ricardo vivía en Francia y se había hecho músico siempre viajaba con su guitarra y silbaba como un ángel. Julia también era modelo pero sus pasos se dirigieron a la capital donde empezó a trabajar en el teatro se casó y tuvo una hija, Estrella. Así que Marga se quedó sola, echaba de menos a sus hermanos. Ser modelo no le entusiasmaba porque en el fondo de su alma era muy tímida, hubiera preferido estudiar una carrera pero tenía que ganarse la vida y ayudar a su madre. No siempre desfilaba en pasarelas, a veces eran eventos. La semana anterior había tenido que viajar a San Sebastián a un festival que organizaba una conocida marca. Estaba contenta porque venía de recoger varios regalos que habían sobrado de la promoción que hizo en San Sebastián para su sobrina Estrella, que ahora contaba con  5 años de edad y pronto vendría de vacaciones.  Estrella era una niña alegre e imaginativa y ahora estaba pasando unos días en un pueblo de Lérida donde su tía abuela Mercedes tenía una panadería. Le encantaba el olor del pan recién hecho, ayudar a su tita a colocar los productos en las estanterías, jugar con los gatos que buscaban el calor del horno y machacar violetas para hacer colonia, en resumen, era una niña feliz. Ese día Estrella estaba jugando  al lado de la puerta de entrada intentando desenredar las dichosas cortinas que colgaban ruidosas y que servían perfectamente para asustar a las moscas que intentaban desesperadamente acercarse a las deliciosas cocas y ensaimadas que descansaban tentadoras en las estanterías, cuando sonó el teléfono. El teléfono se encontraba a la derecha pegado a la pared en la parte de detrás del mostrador y por la forma de sonar parecía que casi se estaba moviendo, loco de impaciencia. Mercedes cogió el teléfono.

  • Hola ¿qué tal Eloísa? – de pronto la voz alegre de Mercedes dejo paso a un tono de incrédulo terror–  ¿Qué…cómo…Marga? Pero Dios mío…no puede ser…pero qué dices…la atacó un hombre con un cuchillo… ¿dónde…en el portal? ¿Pero, está bien? Ay virgen santísima… menos mal. Menos mal que la vieron a tiempo ¿quién la llevó al hospital? Claro, si es que José Luis es un buen hombre…menos mal que él la vio. Claro, no te preocupes, si Estrellita está muy bien aquí jugando conmigo en la tienda. No, desde luego que no, tú no te preocupes. Un beso cariño mañana te llamaré para ver qué tal va todo. Adiós…adiós.
  • ¡Ay Dios mío – dice entre lágrimas – ay Dios mío!
  • ¿Qué pasa tía? ¿Qué le pasa a la tía Marga?
  • Nada cariño.
  • ¿Quién es ese hombre con un cuchillo? ¿Qué le ha pasado a tía Marga?
  • A tía Marga no le ha pasado nada, fue a una amiga suya.
  • ¿Y qué le pasó?
  • Un hombre malo le atacó en el portal de su casa, a la pobre.

 

Marga llevaba los regalos para Estrella en una bolsa colgando de su brazo derecho y la cambió a su brazo izquierdo para sacar la llave del portal. Justo en ese momento desde las sombras apareció un hombre con un enorme cuchillo de cocina. Marga no vio el cuchillo y siendo una joven educada se apartó para dejar pasar al que pensaba que podía ser un vecino. Sus buenos modales le salvaron  la vida. El cuchillo que iba directo al corazón le hizo una raja de lado a lado en el escote dejando una herida considerable, pero sin llegar a su corazón como pretendía el asesino. En estado de shock Marga subió las escaleras sangrando profusamente repitiendo como un mantra: Un hombre…un hombre…un hombre… un hombre…La confusión se adueño de ella y la única idea que dominaba su mente era subir, subir y refugiarse en su hogar, subir y huir de esa oscuridad  en la que sólo podía ver un escalón tras otro y las manchas de sangre que iban dejando el rastro de su paso. José Luis, el vecino del piso de abajo y su mujer Luisa la oyeron y la hicieron entrar en su casa para evitar que su madre la viera en esas condiciones. Intentaron parar la hemorragia y luego fueron a avisar a su madre y José Luis se ofreció a llevarla al hospital. Le dieron 17 puntos. Luego se enteraron de que el hombre había asesinado a una pareja anteriormente. Marga tuvo suerte, se salvó de milagro, desde entonces no le gusta mucho salir de casa, ahí se siente protegida.

Estrella siempre supo que no había ninguna amiga a la que clavaron un cuchillo en el portal, siempre supo que era a su tía Marga. Años más tarde se enteró de toda la historia. Nunca pudo sacar la llave y abrir el portal por la noche, sin miedo. Años más tarde, cuando Estrella era una adolescente volvía a su casa por la noche y de repente oyó unos pasos. La calle estaba en silencio y los pasos retumbaron en su cerebro como un eco amplificado de su terror. Empezó a apresurarse y los pasos se volvieron cada vez más insistentes, aterrada empezó a correr y no paró hasta llegar al portal. El portal era grande, a cada lado había una escalera y en el centro una rampa que llevaba al garaje. La enorme puerta tenía un cristal y a lo largo de toda la superficie había unas robustas barras de hierro a modo de reja. Estrella entró y se dirigió hacia las escaleras que la llevarían, ahora que estaba a salvo, a su refugio pero no pudo evitar la tentación de parar y mirar atrás. No había nadie, pensó que su miedo le había jugado una mala pasada, se dio la vuelta para subir pero giró la cabeza una vez más y entonces lo vio, ahí estaba el hombre, agarrado a las barras de la puerta del portal, intentando atisbar hacia donde había escapado su víctima. El miedo se convirtió en un fiel aliado de Estrella, se pegó a ella como una segunda piel que la protegía de los peligros del mundo. No se encerró en casa, ni evitaba el contacto con el mundo, no, no era eso, era simplemente que el miedo era parte de su ser, igual que una pierna o un brazo, estaba ahí y lo aceptó como algo inevitable.

A los diecisiete años Estrella era una joven despreocupada y rebelde siempre con problemas en casa y desafiando la autoridad de sus padres como suele ocurrir en este tipo de edad. La hora de llegar a casa siempre era un problema pero ella luchaba permanentemente por añadir más y más tiempo a esos momentos de alegría donde no tenía que soportar las constantes recriminaciones y se sentía tan a gusto con sus amigos oyendo música, fumando porros y hablando de libros, política o simplemente sobre la vida y riendo sobre el futuro, siempre tan lejano. Esa noche volvía un poco tarde y estaba algo nerviosa pensando en su padre echándole la bronca una vez más. Abrió el portal y sintió que detrás había alguien, miro de reojo y vio a un joven, un vecino, pensó. Se dirigió al ascensor y toco el botón, de repente sintió a su espalda un fuerte olor a alcohol y noto como el joven se estaba pegando a su espalda más y más. En un abrir y cerrar de ojos la mano del joven se coló entre sus piernas y se posó en su sexo. Estrella se dio la vuelta furibunda y empezó a perseguir al alcoholizado joven profiriendo tales insultos que él jamás hubiera pensado que aquella aparentemente delicada y tímida criatura pudiera proferir y sorprendido por su ira, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Una vez que el joven había abandonado el edificio Estrella cogió el ascensor y subió a su casa. Le temblaban las piernas. En la casa había invitados así que nadie le comento nada sobre su hora de llegada. Se fue a su habitación, templo y refugio de toda joven rebelde y mirándose al espejo sonrió. Desde ese momento supo que aunque probablemente el miedo no desapareciera, aunque la acompañara siempre disfrazado como la sombra de un hombre con un cuchillo, ella lucharía, no sería una víctima. No era una pobre mujer indefensa, en realidad nunca lo había sido.

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