La Palabra

Marina Carresi en la sala La Galera en Alcalá de Henares. Photo by Ana Lozano.

La emoción sin palabras,

es un perro prisionero

esperando que su amo

le saque a pasear.

 

La palabra sin emoción,

es un pez dormido

que busca la luz

para poder nadar.

 

La emoción

con palabras,

 un caballo desbocado

que el jinete

deberá domar.

 

Dame la palabra

y mi mundo cambiará

dame la palabra,

y así podré volar.

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Buffy, the Vampire Cat Slayer

Nick Franklin hizo esta foto de Buffy recien rescatada de la calle.

Un gato de la calle nunca es un gato de la calle,

es un gato que está en la calle.

Antes, cuando bajaba a dar de comer a los gatos en la urbanización donde vivo, dejaba una bandeja con comida. A veces veía a las gatas madres con sus pequeños acercándose tímidamente para intentar adivinar si eras una amenaza o no.  Un día baje más tarde y las gatas ya no estaban, pero vi algo blanco moviéndose encima de la bandeja vacía. Era una gatita blanca un poco más grande que mi mano. Estaba desnutrida y muy enferma. Le tuve que dar biberón con leche especial para gatitos. Para que recuperara el calor y las ganas de vivir, la llevaba atada a mi cintura con un jersey mientras trabajaba en el ordenador y hacía las tareas de la casa. También la llevaba así, para que los otros gatos no se contagiaran de la neumonía y los bichos que la estaban machacando a la pobre. Cuando no podía llevarla en su hamaca improvisada, la dejaba en el cuarto de baño encerrada, por la misma razón. En seguida la llevamos al veterinario y después de asegurarnos de que no tenía Leucemia Felina, que podría ser un peligro para los demás, empezamos el tratamiento.

Buffy mejorando día a día.

Tardó un tiempo en recuperarse pero poco a poco se convirtió en una preciosa gatita llena de energía y vitalidad. En aquella época, Nick y yo que a veces somos como niños, estábamos viendo la serie de Buffy, the Vampire Slayer (caza vampiros) de Joss Whedon (uno de nuestros directores favoritos). Nos encantaba la protagonista Sarah Michelle Gellar con sus saltos magistrales y su increíble fuerza, capaz de acabar con toda la maldad que surgía de las profundidades del infierno. La gatita se recuperó, de hecho empezó a dar increíbles saltos, carreras y piruetas así que decidimos llamarle Buffy en honor a esa genial serie que todos los adolescentes deberían ver.

Sarah Michelle Gellar en la serie de TV dirigida por Joss Whedon.

Cuando empezó a tener el celo, la pobre Buffy se volvió asustadiza,  se subía a lo alto de la librería y se quedaba tan quieta que parecía un búho. Por varias circunstancias tardamos un tiempo en operarle y la pobre no era muy feliz. Cuando por fin pudimos hacerlo acababa de entrar en la familia otro gato rescatado, Bambi. Bambi tenía ya siete meses y era algo abusón. En seguida se hizo con el control de la jerarquía gatuna y fue en este momento, cuando Bambi ya había pasado su cuarentena y estaba dando tortas a diestro y siniestro, cuando operamos a Buffy. No sé si lo sabéis pero cuando castras a una gata, tiene que estar apartada en una habitación tranquila el día y la noche después de la operación y cuando sale al mundo puede tener una importante subida de testosterona. Buffy, desde luego, la tuvo. Bambi se acerco a ella para decirle que él era el nuevo rey y para darle un claro aviso de sus intenciones. Y aquí pasó lo que nunca habíamos visto con otras gatas en parecidas circunstancias, Buffy le pegó tal paliza a Bambi que le dejó en estado de shock, escondido en un hueco imposible entre la lavadora y el lavaplatos. Lo que no sabía Bambi, era que Buffy era una autentica vampire slayer o en este caso bad cats slayer. Buffy volvió a ser feliz y a corretear por toda la casa. Es una gata solitaria, no socializa mucho con el resto, pero a veces le dan como ataques repentinos y se pone a trepar por los muebles y a jugar sola como loca corriendo y saltando persiguiendo a esos malvados vampiros que nadie más que ella puede ver y a los que seguro derrota sin compasión.

Buffy en 2014 con su mirada de Vampire Cat Slayer. Photo by Marina Carresi.

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Cuando te Fuiste

 

Una jovencísima Nuria Carresi. Yo era pequeña cuando se hizo esta foto.

Cuando te fuiste

caí en un mar sin fondo,

donde el dolor y la culpa

como plantas agotadas,

luchaban impasibles

por un rayo de sol.

 

Cuando te fuiste

un trozo de mi ser

se perdió para siempre,

atrapado en el silencio

de un baúl vacio

y un armario hueco.

 

Nos hundimos,

cuando te fuiste;

pequeños barcos

sin luz y a la deriva

vagando en el lodo

de la melancolía.

 

Cuando te fuiste

aparté tu recuerdo,

lo enjaule en mi mente

como se enjaula a un lobo

que triste y frenético

aúlla a la luna.

 

Te perdí cuando te fuiste

pero a veces oigo

tu risa de niña

obligada a crecer

entre el dolor y el hambre

de una España negra.

 

Eras nuestra alma,

 la pieza central

de un puzle dislocado.

Arañando la alegría,

de ese cielo azul

que tanto amabas.

 

Ahora lo sé,

un poco de ti

vive en todos nosotros;

tu dulzura,

ese fue tu regalo

cuando te fuiste.

 

Dedicado a mi madre Nuria Carresi (1940-1999)

Noviembre 2017

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La Deportista Patética 6 – Una Chispa del Olimpo

También lo intenté con el tenis para la desesperación de mi amiga Ana, que con infinita paciencia intentaba enseñarme como darle a la pelota mientras estaba en el aire. No lo conseguí y a otra cosa mariposa. Menos mal que el bádminton no se me daba mal, por fin algo que me podía hacer sentir la deportista que siempre había soñado ser; claro que sólo tenía oportunidad de practicarlo en Vilassar de Mar cuando iba de vacaciones, así que mi carrera en el mundo del bádminton no auguraba un futuro prometedor.

Bueno, en realidad, no todo han sido desastres en mi camino hacia la superación deportiva. Como os dije antes, estuve a punto de ahogarme a los cinco o seis años y eso me impidió aprender a nadar durante muchos años. Pero a los doce años, pasando el verano en casa de mis amigas Tina y Blanca en Galicia, veía como ellas, sus hermanos y sus primos (una familia muy numerosa) iban a nadar a una zona fuera de la playa, llena de rocas y se lo pasaban genial. Un día no pude más y pensé, me tiro y se acabó, o salgo de aquí nadando o me ahogo porque ya no puedo más. Y lo hice, me tiré y aprendí a nadar, se me clavaron varias rocas y me sangraron las piernas, pero lo conseguí. Esta vez Apolo me permitió una victoria, pero para mí una de las más importantes, porque si caes al agua y no sabes nadar, te ahogas, así de simple.

A los trece años también estuve a punto de tocar el cielo de los deportistas. Cuando cerraron el colegio Santa Regina casi todos los que estudiábamos allí nos fuimos a un colegio que acababa de abrir en Pozuelo, el Liceo Sorolla. Ahí estaba ella, la profesora de gimnasia más fabulosa que he conocido. Nos llevaba a correr por el monte y nos estimulaba constantemente para mejorar y superarnos día a día. Más que gimnasia, las clases de Carolina eran de atletismo y ahí descubrí que también era bastante negada en esta vertiente, pero no en todo, era relativamente buena en el salto de vallas y eso subió mi moral por lo menos diez puntos. Me encantaba el salto de vallas, lástima que tuve dejar ese colegio al año siguiente para intentar entrar en el instituto sino seguro que hubiera conseguido ser buena en esta especialidad. Me sentía como un caballo de carreras, llena de energía y optimismo. Nunca he olvidado a Carolina y su capacidad para conseguir que alguien como yo, la negación del deporte en persona, disfrutara de practicarlo.

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La Deportista Patética 5 – El Esquí No Es Para Mi

Foto hecha por mi tio Carlos Carresi en Navacerrada (un poco retocada porque estaba oscura)

Mi tío prosiguió en su empeño de llevarme por el buen camino de la vida sana  y aquí podéis ver la foto que me sacó él mismo con su polaroid, cuando nos llevó a mi amiga Ana y a mí a Navacerrada. Lo que son las apariencias ¿verdad? Parezco toda una figura del esquí, segura de mi misma llena de vitalidad y energía…eso fue antes de que intentara darme la vuelta con los esquís en una pendiente, creo que se llama o se llamaba “vuelta María”, a lo mejor porque la primera vez que lo haces tienes que pedir ayuda a la virgen. No conseguí hacerlo y se puede decir que mi tío estaba tan enfadado por mi actitud que podría haber creado un pequeño lago en el suelo, provocado por las chispas que le salían causadas por la impotencia de ver que tenía una sobrina, encantadora y a la que quería mucho, sí, pero torpe a más no poder.

Aun así, yo no podía rendirme tan fácilmente, así que cuando mis amigas organizaron una excursión a Navacerrada, me apunte sin dudarlo aunque fuera volviendo al “lugar del crimen”, tenía que conseguirlo, enfrentarme a mis miedos, demostrar que yo podía vencer a mi triste destino en el mundo del deporte. Ni corta ni perezosa me puse los esquís y seguí a mis amigas y al grupo que las acompañaba. Cogí el telesquí y pensé que había que sentarse sobre el saliente que lleva la barra que te sube hasta la cima…y me caí. Lo intenté de nuevo y volví a caer; mis amigas se esforzaban en darme instrucciones pero la gente iba adelantándome y al final estaba ahí, sola con mi desesperación. No podía consentirlo, no me iba a dejar doblegar por las circunstancias y decidí subir andando, aunque fuera con los esquís puestos. Según iba subiendo vi como dos personas esquiando bajaban en camilla a un joven, por lo que se podía deducir rápidamente que estaba herido; pero por si no había quedado claro, subiendo un poco más vi un enorme charco de sangre al lado de unas piedras. Tengo que reconocer que eso fue la puntilla, sin parar pero con mucho cuidado, decidí bajar lo antes posible y llorar un rato antes de que mis felices y exultantes amigas se encontraran conmigo intentando entender qué me había pasado. Quise explicárselo pero fue inútil, así que nos reímos un rato y volvimos a casa. Cómo se puede explicar lo inexplicable, esta incapacidad mía para alcanzar el saludable espíritu deportista que parece estar presente de forma inevitable en nuestra competitiva, perfecta y saludable sociedad.

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La Deportista Patética 4 – El Caballito Alemán

Foto con mi tio en la antigua Checoslovaquia. No es en Alemania pero es en el mismo verano del relato.

Mi pobre y querido tío siempre quiso expandir mis límites, y uno de sus intentos fue con el deporte.  La primera vez  fue cuando yo tenía once años y estaba pasando unas vacaciones en Alemania, en donde él estaba viviendo con su pareja de entonces, Ingrid. Eran las fiestas en Munich y recorriendo las atracciones me empeñé en montar en un caballo de esos que daban vueltas en un círculo. Hoy en día es muy triste ver a esos pobres animales dando vueltas y vueltas y espero que ese tipo de atracciones desaparezcan, pero estamos hablando de los años setenta, es decir, otro mundo.  En parte, la culpa de mi obsesión por subir a la grupa de un caballo fue de una de mis lectura favoritas de adolescente, una serie de libros cuya protagonista, que daba el nombre a la serie era Jill, una jovenzuela que descubría en los caballos la pasión de su vida; incluso me dio por comprarme figuritas de caballos de porcelana de distintos colores, aun conservo alguna. Cuando leía estas historias me imaginaba trotando y galopando por campos verdes surcados por arroyos y centelleantes lagos, invadida por una exultante emoción.

Uno de los libros de Jill, escrito por Ruby Ferguson

Así que me monté. Es una lástima, pero que distinta era la realidad de lo que mi mente imaginaba. Siempre había visto en las películas a los vaqueros sujetando las bridas y pensé, bueno, así me podré agarrar a algo. No fue así, te ayudaban a subir a la montura que tenía una especie de saliente que quedaba entre tus piernas y tenías que agarrarte ahí. Me pasé todo el tiempo que duraba la atracción llorando como una loca y diciendo ¡quiero bajar, por favor, por favor quiero bajar…que alguien me baje! Los alemanes, no me entendían y hasta les hacía algo de gracia y mi tío, que como he dicho antes quería expandir mis límites negaba con la cabeza y tuve que aguantar hasta el final. Por supuesto no he vuelto a subir a un caballo en mi vida, aunque tengo que reconocer que el trágico accidente de Christopher Reeves, el atractivo actor que hacía de Superman tampoco me ayudo mucho a superar mis miedos ecuestres. Eso sí me siguen gustando mucho los caballos y he les he fotografiado con mucho cariño, no he superado mi miedo a montar, pero veo las fotos y es un consuelo.

Caballos en el campo. Photo by Marina Carresi

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La Deportista Patética 3 – La Patosa del Vespino

No he conseguido encontrar una foto en bicicleta pero esta foto es de esa época. Lo de la moto fue un par de años después.

Aprendí a montar en bicicleta, me costó, pero aprendí. Me encantaba pedalear por los caminos cuando iba de vacaciones a la sierra de Madrid, donde mis padres alquilaban una casa durante el verano. Me gustaba mucho ir en bicicleta por el campo con mis amigas, me invadía una sensación de libertad acompañada de un estimulante olor a jara y tomillo que invadía todo mi ser. Un par de años después, durante otras vacaciones en la sierra, mi amiga Nuria me prestó su vespino, yo estaba un poco aprensiva porque no tenía ni idea de cómo llevar un trasto que tenía motor. Creo que tuvieron que ayudarme para ponerla en marcha; empiezo despacio y poco a poco mi sensación de seguridad va en aumento, se me pone cara de velocidad, siento el aire azotando mi pelo y pienso que como es que no he descubierto una máquina tan fabulosa antes, un vehículo tan liberador, tan divertido, tan…hasta que veo que hay varios coches detrás de mí. Quiero indicarles que me adelanten, pero al soltar el manillar para avisar a los conductores, que según mi percepción se multiplican por segundos como el malvado de Matrix, empiezan los problemas. Voy reduciendo por si acaso, reduzco, reduzco, saco la mano y zas, la moto se va hacia un lado y se cae, yo consigo no caerme, porque la suelto a tiempo, pero giro la cabeza y en el colmo de la humillación veo lo que para mí en aquel momento era una fila enorme de coches, que debían ser tres o cuatro, esperando a que la patosita levante la moto y se aparte; me costó lo mío, lo conseguí, pero no volví a coger una moto en mi vida. No es que me dieran miedo las motos, montaba detrás de mis amigos “de paquete” por campo y carreteras; de hecho acompañando a un amigo que tenía una Ossa Desser recorrimos un circuito de motocross y no salí volando como una perdiz porque me agarre a su barbilla, pero estuve muy cerca de acabar en uno de los hoyos por los que saltábamos alegremente como si no hubiera un mañana. Lo que me daba miedo era conducir yo. Si hay algún dios griego, cristiano o de cualquier otra creencia que protege a los deportistas, estaba claro desde hacía años que yo no le interesaba en lo más mínimo, así que para que arriesgarse.

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