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Hermano mío

Leonardo López Carresi y Marina Carresi – Photo by Pedro Amalio López 1973

Hermano, hermano mío

te voy a contar un cuento

como hacía cuando el sueño

en aquellas noches largas,

con un soplo aterrador

escapaba de tu cama

y poco a poco volvía

moviendo sus dulces alas.

Había un joven guerrero

que a defenderse aprendió

de los agresores fieros,

pero el destino cruel

como agujas en la piel

le clavo su fina daga,

el  desgarro de una muerte,

una muerte inesperada.

 

El amor llega de lejos,

su corazón le regala

no le importa su pasado

con el futuro le basta,

trabajando sin descanso

un castillo le construye

y lo convierte en  morada.

 

 

Pero hay oscuras tormentas

que su corazón amargan.

Su querido amigo fiel

a otras tierras se marcha,

dejando una triste pena

creciendo sobre su alma.

 

Nuevas nubes aparecen

no cesa la dura batalla

como guerrero que es

vuelve a empuñar su espada.

Su estirpe es de las fuertes

de roja sangre y espada

su escudo es la verdad

su honradez le salva.

Dedicado a mi hermano Leonardo

Enero 2018

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La Deportista Patética 6 – Una Chispa del Olimpo

También lo intenté con el tenis para la desesperación de mi amiga Ana, que con infinita paciencia intentaba enseñarme como darle a la pelota mientras estaba en el aire. No lo conseguí y a otra cosa mariposa. Menos mal que el bádminton no se me daba mal, por fin algo que me podía hacer sentir la deportista que siempre había soñado ser; claro que sólo tenía oportunidad de practicarlo en Vilassar de Mar cuando iba de vacaciones, así que mi carrera en el mundo del bádminton no auguraba un futuro prometedor.

Bueno, en realidad, no todo han sido desastres en mi camino hacia la superación deportiva. Como os dije antes, estuve a punto de ahogarme a los cinco o seis años y eso me impidió aprender a nadar durante muchos años. Pero a los doce años, pasando el verano en casa de mis amigas Tina y Blanca en Galicia, veía como ellas, sus hermanos y sus primos (una familia muy numerosa) iban a nadar a una zona fuera de la playa, llena de rocas y se lo pasaban genial. Un día no pude más y pensé, me tiro y se acabó, o salgo de aquí nadando o me ahogo porque ya no puedo más. Y lo hice, me tiré y aprendí a nadar, se me clavaron varias rocas y me sangraron las piernas, pero lo conseguí. Esta vez Apolo me permitió una victoria, pero para mí una de las más importantes, porque si caes al agua y no sabes nadar, te ahogas, así de simple.

A los trece años también estuve a punto de tocar el cielo de los deportistas. Cuando cerraron el colegio Santa Regina casi todos los que estudiábamos allí nos fuimos a un colegio que acababa de abrir en Pozuelo, el Liceo Sorolla. Ahí estaba ella, la profesora de gimnasia más fabulosa que he conocido. Nos llevaba a correr por el monte y nos estimulaba constantemente para mejorar y superarnos día a día. Más que gimnasia, las clases de Carolina eran de atletismo y ahí descubrí que también era bastante negada en esta vertiente, pero no en todo, era relativamente buena en el salto de vallas y eso subió mi moral por lo menos diez puntos. Me encantaba el salto de vallas, lástima que tuve dejar ese colegio al año siguiente para intentar entrar en el instituto sino seguro que hubiera conseguido ser buena en esta especialidad. Me sentía como un caballo de carreras, llena de energía y optimismo. Nunca he olvidado a Carolina y su capacidad para conseguir que alguien como yo, la negación del deporte en persona, disfrutara de practicarlo.

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La Deportista Patética 5 – El Esquí No Es Para Mi

Foto hecha por mi tio Carlos Carresi en Navacerrada (un poco retocada porque estaba oscura)

Mi tío prosiguió en su empeño de llevarme por el buen camino de la vida sana  y aquí podéis ver la foto que me sacó él mismo con su polaroid, cuando nos llevó a mi amiga Ana y a mí a Navacerrada. Lo que son las apariencias ¿verdad? Parezco toda una figura del esquí, segura de mi misma llena de vitalidad y energía…eso fue antes de que intentara darme la vuelta con los esquís en una pendiente, creo que se llama o se llamaba “vuelta María”, a lo mejor porque la primera vez que lo haces tienes que pedir ayuda a la virgen. No conseguí hacerlo y se puede decir que mi tío estaba tan enfadado por mi actitud que podría haber creado un pequeño lago en el suelo, provocado por las chispas que le salían causadas por la impotencia de ver que tenía una sobrina, encantadora y a la que quería mucho, sí, pero torpe a más no poder.

Aun así, yo no podía rendirme tan fácilmente, así que cuando mis amigas organizaron una excursión a Navacerrada, me apunte sin dudarlo aunque fuera volviendo al “lugar del crimen”, tenía que conseguirlo, enfrentarme a mis miedos, demostrar que yo podía vencer a mi triste destino en el mundo del deporte. Ni corta ni perezosa me puse los esquís y seguí a mis amigas y al grupo que las acompañaba. Cogí el telesquí y pensé que había que sentarse sobre el saliente que lleva la barra que te sube hasta la cima…y me caí. Lo intenté de nuevo y volví a caer; mis amigas se esforzaban en darme instrucciones pero la gente iba adelantándome y al final estaba ahí, sola con mi desesperación. No podía consentirlo, no me iba a dejar doblegar por las circunstancias y decidí subir andando, aunque fuera con los esquís puestos. Según iba subiendo vi como dos personas esquiando bajaban en camilla a un joven, por lo que se podía deducir rápidamente que estaba herido; pero por si no había quedado claro, subiendo un poco más vi un enorme charco de sangre al lado de unas piedras. Tengo que reconocer que eso fue la puntilla, sin parar pero con mucho cuidado, decidí bajar lo antes posible y llorar un rato antes de que mis felices y exultantes amigas se encontraran conmigo intentando entender qué me había pasado. Quise explicárselo pero fue inútil, así que nos reímos un rato y volvimos a casa. Cómo se puede explicar lo inexplicable, esta incapacidad mía para alcanzar el saludable espíritu deportista que parece estar presente de forma inevitable en nuestra competitiva, perfecta y saludable sociedad.

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La Deportista Patética 4 – El Caballito Alemán

Foto con mi tio en la antigua Checoslovaquia. No es en Alemania pero es en el mismo verano del relato.

Mi pobre y querido tío siempre quiso expandir mis límites, y uno de sus intentos fue con el deporte.  La primera vez  fue cuando yo tenía once años y estaba pasando unas vacaciones en Alemania, en donde él estaba viviendo con su pareja de entonces, Ingrid. Eran las fiestas en Munich y recorriendo las atracciones me empeñé en montar en un caballo de esos que daban vueltas en un círculo. Hoy en día es muy triste ver a esos pobres animales dando vueltas y vueltas y espero que ese tipo de atracciones desaparezcan, pero estamos hablando de los años setenta, es decir, otro mundo.  En parte, la culpa de mi obsesión por subir a la grupa de un caballo fue de una de mis lectura favoritas de adolescente, una serie de libros cuya protagonista, que daba el nombre a la serie era Jill, una jovenzuela que descubría en los caballos la pasión de su vida; incluso me dio por comprarme figuritas de caballos de porcelana de distintos colores, aun conservo alguna. Cuando leía estas historias me imaginaba trotando y galopando por campos verdes surcados por arroyos y centelleantes lagos, invadida por una exultante emoción.

Uno de los libros de Jill, escrito por Ruby Ferguson

Así que me monté. Es una lástima, pero que distinta era la realidad de lo que mi mente imaginaba. Siempre había visto en las películas a los vaqueros sujetando las bridas y pensé, bueno, así me podré agarrar a algo. No fue así, te ayudaban a subir a la montura que tenía una especie de saliente que quedaba entre tus piernas y tenías que agarrarte ahí. Me pasé todo el tiempo que duraba la atracción llorando como una loca y diciendo ¡quiero bajar, por favor, por favor quiero bajar…que alguien me baje! Los alemanes, no me entendían y hasta les hacía algo de gracia y mi tío, que como he dicho antes quería expandir mis límites negaba con la cabeza y tuve que aguantar hasta el final. Por supuesto no he vuelto a subir a un caballo en mi vida, aunque tengo que reconocer que el trágico accidente de Christopher Reeves, el atractivo actor que hacía de Superman tampoco me ayudo mucho a superar mis miedos ecuestres. Eso sí me siguen gustando mucho los caballos y he les he fotografiado con mucho cariño, no he superado mi miedo a montar, pero veo las fotos y es un consuelo.

Caballos en el campo. Photo by Marina Carresi

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La Deportista Patética 3 – La Patosa del Vespino

No he conseguido encontrar una foto en bicicleta pero esta foto es de esa época. Lo de la moto fue un par de años después.

Aprendí a montar en bicicleta, me costó, pero aprendí. Me encantaba pedalear por los caminos cuando iba de vacaciones a la sierra de Madrid, donde mis padres alquilaban una casa durante el verano. Me gustaba mucho ir en bicicleta por el campo con mis amigas, me invadía una sensación de libertad acompañada de un estimulante olor a jara y tomillo que invadía todo mi ser. Un par de años después, durante otras vacaciones en la sierra, mi amiga Nuria me prestó su vespino, yo estaba un poco aprensiva porque no tenía ni idea de cómo llevar un trasto que tenía motor. Creo que tuvieron que ayudarme para ponerla en marcha; empiezo despacio y poco a poco mi sensación de seguridad va en aumento, se me pone cara de velocidad, siento el aire azotando mi pelo y pienso que como es que no he descubierto una máquina tan fabulosa antes, un vehículo tan liberador, tan divertido, tan…hasta que veo que hay varios coches detrás de mí. Quiero indicarles que me adelanten, pero al soltar el manillar para avisar a los conductores, que según mi percepción se multiplican por segundos como el malvado de Matrix, empiezan los problemas. Voy reduciendo por si acaso, reduzco, reduzco, saco la mano y zas, la moto se va hacia un lado y se cae, yo consigo no caerme, porque la suelto a tiempo, pero giro la cabeza y en el colmo de la humillación veo lo que para mí en aquel momento era una fila enorme de coches, que debían ser tres o cuatro, esperando a que la patosita levante la moto y se aparte; me costó lo mío, lo conseguí, pero no volví a coger una moto en mi vida. No es que me dieran miedo las motos, montaba detrás de mis amigos “de paquete” por campo y carreteras; de hecho acompañando a un amigo que tenía una Ossa Desser recorrimos un circuito de motocross y no salí volando como una perdiz porque me agarre a su barbilla, pero estuve muy cerca de acabar en uno de los hoyos por los que saltábamos alegremente como si no hubiera un mañana. Lo que me daba miedo era conducir yo. Si hay algún dios griego, cristiano o de cualquier otra creencia que protege a los deportistas, estaba claro desde hacía años que yo no le interesaba en lo más mínimo, así que para que arriesgarse.

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La Deportista Patética 2 – Piedras y Patines

En la azotea de Barcelona dispuesta a luchar.

Mi segundo recuerdo fue ya a los seis años en mi primer colegio en Madrid, un colegio estupendo pero con una profesora de gimnasia muy poco hábil en sicología infantil, por decirlo suavemente. Se empeñó en que tenía que hacer el pino y hasta que no me di de cabeza contra el suelo, no paró la buena mujer. A partir de ahí las clases de gimnasia se convertirían en un suplicio en el resto de mi vida escolar. No es que yo fuera una niña débil ni asustadiza, en Barcelona me juntaba con mis dos vecinos y amigos para batallar a pedradas con los niños de la vecindad que, cual piratas, intentaban meterse en nuestra azotea trepando por el edificio en construcción que estaba emergiendo al lado del nuestro.

Pero la gimnasia y el deporte, eso ya era otra cosa. Para hacer más evidente mi lastimosa situación, mis mejores amigas eran unas extraordinarias deportistas, que iban a campamentos, nadaban de maravilla y me contaban sus aventuras en un velero en el que navegaban surcando las costas mediterráneas. A principio de curso volvían de las vacaciones saludables y tostadas por todos los lados, mientras que yo delgaducha y blanca como el pan de molde, durante las vacaciones leía sus cartas con envidia, imaginando que yo algún día llevaría una vida de aventuras y nadaría como una sirena.

Una de las cosas que si probé y  que no se me daba del todo mal, aunque tampoco del todo bien, era patinar. En la parte de atrás de mi casa, en la zona donde íbamos a jugar en el recreo de mi nuevo colegio, había cuestas por las que se podía patinar, así que me compraron unos patines sobre  ruedas tradicionales y aprendí. No corría mucho, pero estaba muy orgullosa de haberlo conseguido. Más adelante, tan animada estaba yo con el tema de los patines, que empecé a ir con mis amigas a patinar sobre hielo y poco a poco le fui cogiendo el gusto. Ahí estaba yo, imaginándome los aplausos de mis futuras competiciones, cuando un energúmeno de los que aparecían de vez en cuando haciéndose los chulitos de la pista, me pegó tal empujón, que acabé en el frio suelo, resbalando cual cubito de hielo hasta darme con la cabeza contra la parte de abajo del muro que rodeaba la pista. Ahí se acabaron mis sueños de patinadora y no volví a la patinar. Quizá debería haberlo intentado de nuevo, pero mi humillación y mi dolor de cabeza pudieron más que mi espíritu de triunfo. Patética, diréis, es posible, pero romperme la cabeza o una pierna no estaba en mi lista de prioridades en la adolescencia y eso de que me firmaran una escayola no me llamaba lo más mínimo.

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La Hija de la Peluquera y el Almendro Mágico

Hace algún tiempo me llego una solicitud de amistad en facebook. Me decía que nos conocíamos de Colmenarejo, un pueblo de norte de la comunidad de Madrid. Tengo que reconocer que fui directamente a ver su foto pero aunque me resultaba algo familiar y como figuraba con dos nombres, no estaba segura si era quien yo suponía. Entré en su muro para buscar más pistas y ahí encontré a Esmeralda, su madre. Una montaña de recuerdos se abalanzó sobre mí. Recuerdos de aire fresco, jara, piedras y cielos azules. Pero no conseguía recordar su cara y entonces me envió unas fotos. Por fin pude poner rostro a mi amiga Nuria. Mi amiga de veranos adolescentes, primeros besos, discoteca, motos y desengaños. Cuando llegué a Colmenarejo por primera vez creo que tenía doce años. Casi siempre pasaba parte de las vacaciones lejos de mis padres, en libertad y casi siempre en algún sitio cerca del mar, así que no me hacía mucha gracia ir a un pueblo en la sierra de Madrid y además a una casa sin piscina. Pero ahí estaba Nuria que hizo que todo fuera mucho más fácil e interesante. Mis padres habían alquilado la casa a su madre y dentro del terreno estaba su peluquería. La peluquería de Esmeralda era una casita independiente a  la que se accedía subiendo unos escalones desde el porche. El porche estaba en la parte trasera de la casa y era donde comíamos debajo de una frondosa parra. Me encantaba la peluquería y a veces Nuria, sus primas y yo, cuando su madre no estaba, entrabamos en ese templo misterioso y jugábamos a descubrir nuestra femineidad en un mundo lleno de colonias, pinzas, jabones, rulos, y otros artilugios. En la parte delantera del jardín había un mágico almendro, y digo mágico porque parecía que siempre había deliciosas almendras que brotaban sin cesar. Eran tiernas y sabrosas, las mejores que he comido nunca. Fui Colmenarejo varios años,  aunque ya no alquilábamos la casa de Esmeralda, seguía viendo a Nuria todos los veranos. La aparición de los chicos en nuestras vidas, como suele pasar, cambió un poco las cosas. Pero ese verano, el primero éramos inseparables.

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