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QUINQUI STARS y mi historia con María Reyes y Juanvi

Preestreno de Quinqui Stars (Dirigida por Juan Vicente Córdoba)-Madrid 2018 – photo by marina carresi

El jueves pasado me invitaron al preestreno de Quinqui Stars (2018). El director de cine Juan Vicente Córdoba y María Reyes Arias como coguionista y ayudante en la dirección de actores, nos embarcan en un viaje donde el pasado y el presente se encuentran para mostrarnos una juventud que vive en precario. Pero Quinqui Stars es mucho más, ya que de una forma novedosa, el “alter ego” de su director, El Coleta nos va relatando la historia del cine de quinquis en forma documental a la vez que observamos sus propias vivencias y dificultades para llevar a cabo su proyecto y salir adelante con su familia. Visualmente la alternancia de una imagen puramente poética  que refleja el amor al cine con una imagen periodística y a veces descarnada funciona muy bien. La música trap encaja a la perfección y nos acerca a esa juventud desencantada que lucha por sobrevivir. El tema musical principal de la película lo interpreta su protagonista el músico y actor, (fantástico, para ser su primera película) El Coleta.

De izq a dcha – Marina Carresi-Maria Reyes Arias-Juan Vicente Córdoba photo by Nicholas Franklin

Quinqui Stars es un experimento hecho con mucho cariño y maestría y sé porque lo digo. Conozco a Maria Reyes  y a Juanvi desde hace muchos años y cuando digo muchos, me refiero a más de veinte. A ella la conocí cuando éramos dos jóvenes actrices llenas de sueños. Aunque por entonces ya sabíamos lo difícil que era salir adelante dentro del mundo del cine.

(De izq a dcha) Juan Vicente Córdoba – Marina Carresi – Nicholas Franklin photo by Maria Reyes Arias

A Juanvi le conocí un poco más tarde, más o menos en la época de las fotos que he encontrado recientemente y que veis aquí. De hecho Nick (mi marido) y yo acompañamos a Juanvi y Maria Reyes porque Juanvi estaba buscando una localización para algún proyecto.

(De izq a dcha) Maria Reyes Arias-Juan Vicente Córdoba- Marina Carresi photo by Nicholas Franklin

María Reyes y yo fuimos avanzando, poco a poco, ella más en el cine y yo en televisión y en teatro. Más adelante empecé a dirigir teatro y tras un pequeño éxito con la obra No…noticias (en la que ponía la música la ahora célebre cantante Bebe) dirigí a María Reyes en una obra en la que protagonizaba varios monólogos titulada Mujer, qué me vas a contar! Ella vino a sustituir a otra actriz y compañera, Inma Isla. Los textos eran de Ana Lozano y la música estaba a cargo de un guitarrista americano amante del flamenco, Nathan Burkiewicz. Como se ve en el cartel ella interpretaba a varias mujeres muy diferentes y lo pasamos muy bien trabajando juntas.

Mujer, qué me vas a contar – 2003 Sala Triángulo

María Reyes seguía su carrera como actriz, de hecho nunca la ha dejado, pero empezó también a colaborar con Juan Vicente Córdoba como guionista y en la dirección de actores hasta que le llegó la oportunidad de llevar a cabo un proyecto propio. Su corto Una Caja de Botones escrito y dirigido por ella y con la estupenda producción de  Juanvi  ganó el Goya  al mejor cortometraje de ficción en el año 2011. Quizá no soy muy objetiva pero me parece una historia preciosa y si hubieran estado en Francia o Inglaterra habrían tenido montones de proyectos sobre la mesa pero “Spain is Different”. Después de seis años pudo estrenar su corto Ensayo de vida (2017) en el que además del escribir el guión y dirigirlo, también es la protagonista. Por supuesto haciendo equipo con Juan Vicente Córdoba que se encargó de la producción. El compromiso social y la vulnerabilidad en la infancia están muy presentes en ambos trabajos.

María Reyes Arias en el preestreno de Quinqui Stars (2018)                                

De la carrera de Juan Vicente Córdoba se ha hablado en muchos artículos y no me voy a extender pero si quiero reconocerle un enorme interés por el ser humano y sobre todo por la gente de los barrios marginales. Ha trabajado como director, productor y guionista. Aparte de Quinqui Stars  me gusta especialmente su película Aunque tú no lo sepas (2000) basada en un relato de una escritora a la que admiro mucho, Almudena Grandes. Me encanta su corto Cabezas Habladoras (2017) por el que recibió el Goya al mejor cortometraje en el 2016 (y en el que participó mi hermano Alejandro).

Maria Reyes Arias y Marina Carresi foto hecha por la directora de cine Laura Rodriguez – Preestreno de Quinqui Stars 29 Noviembre 2018

Puede que no sea imparcial porque son mis amigos, pero las críticas que hablan de Quinqui Stars han sido muy buenas. Los dos hacen un equipo fabuloso, son trabajadores incansables y sus historias emocionan y hablan de las cosas que importan. Qué más se puede pedir.

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La Deportista Patética 6 – Una Chispa del Olimpo

También lo intenté con el tenis para la desesperación de mi amiga Ana, que con infinita paciencia intentaba enseñarme como darle a la pelota mientras estaba en el aire. No lo conseguí y a otra cosa mariposa. Menos mal que el bádminton no se me daba mal, por fin algo que me podía hacer sentir la deportista que siempre había soñado ser; claro que sólo tenía oportunidad de practicarlo en Vilassar de Mar cuando iba de vacaciones, así que mi carrera en el mundo del bádminton no auguraba un futuro prometedor.

Bueno, en realidad, no todo han sido desastres en mi camino hacia la superación deportiva. Como os dije antes, estuve a punto de ahogarme a los cinco o seis años y eso me impidió aprender a nadar durante muchos años. Pero a los doce años, pasando el verano en casa de mis amigas Tina y Blanca en Galicia, veía como ellas, sus hermanos y sus primos (una familia muy numerosa) iban a nadar a una zona fuera de la playa, llena de rocas y se lo pasaban genial. Un día no pude más y pensé, me tiro y se acabó, o salgo de aquí nadando o me ahogo porque ya no puedo más. Y lo hice, me tiré y aprendí a nadar, se me clavaron varias rocas y me sangraron las piernas, pero lo conseguí. Esta vez Apolo me permitió una victoria, pero para mí una de las más importantes, porque si caes al agua y no sabes nadar, te ahogas, así de simple.

A los trece años también estuve a punto de tocar el cielo de los deportistas. Cuando cerraron el colegio Santa Regina casi todos los que estudiábamos allí nos fuimos a un colegio que acababa de abrir en Pozuelo, el Liceo Sorolla. Ahí estaba ella, la profesora de gimnasia más fabulosa que he conocido. Nos llevaba a correr por el monte y nos estimulaba constantemente para mejorar y superarnos día a día. Más que gimnasia, las clases de Carolina eran de atletismo y ahí descubrí que también era bastante negada en esta vertiente, pero no en todo, era relativamente buena en el salto de vallas y eso subió mi moral por lo menos diez puntos. Me encantaba el salto de vallas, lástima que tuve dejar ese colegio al año siguiente para intentar entrar en el instituto sino seguro que hubiera conseguido ser buena en esta especialidad. Me sentía como un caballo de carreras, llena de energía y optimismo. Nunca he olvidado a Carolina y su capacidad para conseguir que alguien como yo, la negación del deporte en persona, disfrutara de practicarlo.

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La Deportista Patética 5 – El Esquí No Es Para Mi

Foto hecha por mi tio Carlos Carresi en Navacerrada (un poco retocada porque estaba oscura)

Mi tío prosiguió en su empeño de llevarme por el buen camino de la vida sana  y aquí podéis ver la foto que me sacó él mismo con su polaroid, cuando nos llevó a mi amiga Ana y a mí a Navacerrada. Lo que son las apariencias ¿verdad? Parezco toda una figura del esquí, segura de mi misma llena de vitalidad y energía…eso fue antes de que intentara darme la vuelta con los esquís en una pendiente, creo que se llama o se llamaba “vuelta María”, a lo mejor porque la primera vez que lo haces tienes que pedir ayuda a la virgen. No conseguí hacerlo y se puede decir que mi tío estaba tan enfadado por mi actitud que podría haber creado un pequeño lago en el suelo, provocado por las chispas que le salían causadas por la impotencia de ver que tenía una sobrina, encantadora y a la que quería mucho, sí, pero torpe a más no poder.

Aun así, yo no podía rendirme tan fácilmente, así que cuando mis amigas organizaron una excursión a Navacerrada, me apunte sin dudarlo aunque fuera volviendo al “lugar del crimen”, tenía que conseguirlo, enfrentarme a mis miedos, demostrar que yo podía vencer a mi triste destino en el mundo del deporte. Ni corta ni perezosa me puse los esquís y seguí a mis amigas y al grupo que las acompañaba. Cogí el telesquí y pensé que había que sentarse sobre el saliente que lleva la barra que te sube hasta la cima…y me caí. Lo intenté de nuevo y volví a caer; mis amigas se esforzaban en darme instrucciones pero la gente iba adelantándome y al final estaba ahí, sola con mi desesperación. No podía consentirlo, no me iba a dejar doblegar por las circunstancias y decidí subir andando, aunque fuera con los esquís puestos. Según iba subiendo vi como dos personas esquiando bajaban en camilla a un joven, por lo que se podía deducir rápidamente que estaba herido; pero por si no había quedado claro, subiendo un poco más vi un enorme charco de sangre al lado de unas piedras. Tengo que reconocer que eso fue la puntilla, sin parar pero con mucho cuidado, decidí bajar lo antes posible y llorar un rato antes de que mis felices y exultantes amigas se encontraran conmigo intentando entender qué me había pasado. Quise explicárselo pero fue inútil, así que nos reímos un rato y volvimos a casa. Cómo se puede explicar lo inexplicable, esta incapacidad mía para alcanzar el saludable espíritu deportista que parece estar presente de forma inevitable en nuestra competitiva, perfecta y saludable sociedad.

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La Deportista Patética 2 – Piedras y Patines

En la azotea de Barcelona dispuesta a luchar.

Mi segundo recuerdo fue ya a los seis años en mi primer colegio en Madrid, un colegio estupendo pero con una profesora de gimnasia muy poco hábil en sicología infantil, por decirlo suavemente. Se empeñó en que tenía que hacer el pino y hasta que no me di de cabeza contra el suelo, no paró la buena mujer. A partir de ahí las clases de gimnasia se convertirían en un suplicio en el resto de mi vida escolar. No es que yo fuera una niña débil ni asustadiza, en Barcelona me juntaba con mis dos vecinos y amigos para batallar a pedradas con los niños de la vecindad que, cual piratas, intentaban meterse en nuestra azotea trepando por el edificio en construcción que estaba emergiendo al lado del nuestro.

Pero la gimnasia y el deporte, eso ya era otra cosa. Para hacer más evidente mi lastimosa situación, mis mejores amigas eran unas extraordinarias deportistas, que iban a campamentos, nadaban de maravilla y me contaban sus aventuras en un velero en el que navegaban surcando las costas mediterráneas. A principio de curso volvían de las vacaciones saludables y tostadas por todos los lados, mientras que yo delgaducha y blanca como el pan de molde, durante las vacaciones leía sus cartas con envidia, imaginando que yo algún día llevaría una vida de aventuras y nadaría como una sirena.

Una de las cosas que si probé y  que no se me daba del todo mal, aunque tampoco del todo bien, era patinar. En la parte de atrás de mi casa, en la zona donde íbamos a jugar en el recreo de mi nuevo colegio, había cuestas por las que se podía patinar, así que me compraron unos patines sobre  ruedas tradicionales y aprendí. No corría mucho, pero estaba muy orgullosa de haberlo conseguido. Más adelante, tan animada estaba yo con el tema de los patines, que empecé a ir con mis amigas a patinar sobre hielo y poco a poco le fui cogiendo el gusto. Ahí estaba yo, imaginándome los aplausos de mis futuras competiciones, cuando un energúmeno de los que aparecían de vez en cuando haciéndose los chulitos de la pista, me pegó tal empujón, que acabé en el frio suelo, resbalando cual cubito de hielo hasta darme con la cabeza contra la parte de abajo del muro que rodeaba la pista. Ahí se acabaron mis sueños de patinadora y no volví a la patinar. Quizá debería haberlo intentado de nuevo, pero mi humillación y mi dolor de cabeza pudieron más que mi espíritu de triunfo. Patética, diréis, es posible, pero romperme la cabeza o una pierna no estaba en mi lista de prioridades en la adolescencia y eso de que me firmaran una escayola no me llamaba lo más mínimo.

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Open, la Isla Abierta

Una isla de mujeres poderosas. Photo Marina Carresi (retoque Nick Franklin)

Una isla de mujeres poderosas. Photo Marina Carresi (retoque Nick Franklin)

Dos hermanas luz y vida

deciden su camino,

crear su propia isla

de mujeres que gobiernan.

Dejan caer el ancla

de su flamante navío,

aceptando de otros mares

extranjeros peregrinos.

Marineras, no marinos,

la tripulación manejan

con sonrisas y trabajo

sujetando bien las velas.

Me gusta su isla flotante

con su nombre sin fronteras,

me gusta su hermosa isla

Open, la llaman, abierta.

 

Dedicado a mis amigas de Open School of Languages

por estar siempre ahí para echarnos una mano cuando lo hemos necesitado.

Febrero 2017

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