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The Most Beautiful Fox / El Zorro Más Hermoso (en español abajo)

The most beautiful fox was in John’s garden. Photo by Marina Carresi

The Most Beautiful Fox  (en español abajo)

We were on holiday in Oxford at Nick’s family home. We decided as usual to visit our friends, John and Sian, in London. They have a nice house south of the river. We have a ritual when we go there, such as going to order oriental food from the best takeaway in the area. While we wait, we go to the pub with John to catch up. When we get home with the food, Sian, the children and the au pair are waiting expectantly. The meal starts with wonderful prawn toast – crispy and full of spongy fresh shrimps – and miso soup that warms your stomach (and your heart). To finish there is roast Peking duck with small pancakes that you have to prepare yourself. John and I love this dish. The exotic mixture of flavours and colours carries me off to springtime in China despite the dark London night outside. I feel a bit guilty about it but I only eat this duck twice a year at most. By contrast, Nick and Sian tuck into a vegetarian array eating spicy tofu and other exotic vegetable dishes. The table is covered in takeaway food containers and always there are leftovers for the next day. After a friendly chat and a lot of laughter everybody goes off to bed leaving me to go out into the still darkness of the garden to smoke my last cigarette before sleeping. Outside under the stars I fancifully have this warm feeling of being at home away from home and accompanied in the nocturnal solitude.

Next day we go to Deptford flea market, although not everything is second-hand and I’m left alone to take photographs and buy things. I can spend hours there. The market is full of life with people from all over the world, dressed in their ethnic styles. Once in a second-hand shop a jovial African man insisted I should take him back to Madrid with me.  When I told him I was married, he jokingly replied that he didn’t mind. Nick and John go to have a coffee and talk about art, literature, politics and life. They were schoolmates and as anecdote they were the only ones to choose history of art as A-level in their last two years at school, so they had three teachers for just the two of them. They seem to know more about art than most university art-history graduates.

One day after my shopping in the flea market I was upstairs on the second floor and Nick called me with an uncharacteristic stage whisper:

-Marina, come down – and bring your camera. Please don’t make any noise!

Intrigued I did what I was asked and suddenly I saw in the garden the most beautiful fox I had ever seen. I hadn’t seen a fox so close before so for me it was the most beautiful. Very slowly I edged into the garden. The fox decided I wasn’t a threat so he stared at me while I excitedly took almost fifteen photographs until the fox decided to leave. I could almost imagine him or her saying goodbye as gave one last backward glance at me. We used this photograph for an advert in the magazine (Think in English) we were doing at that time. The other day while cataloguing photographs I saw this one and I remember its story. I will never know why the fox didn’t run away or why it stared at me in that way. The mystery will remain in the photograph forever.

 

El Zorro Más Hermoso

Estábamos en Oxford pasando unas vacaciones en la casa de la familia de Nick. Como siempre, decidimos ir a Londres para ver a nuestros amigos John y Sian. Tienen una bonita casa al sur del Támesis. Siempre hacemos lo mismo, como si fuera un ritual, dejamos nuestras cosas y vamos con John al mejor take away oriental del barrio y después de encargar la comida vamos al pub para ponernos al día. De vuelta a casa con la comida Sian, sus hijos y la au pair nos esperan impacientes. Para empezar el fantástico pan tostado de gambas, crujiente y relleno de gambas frescas y esponjosas, luego la sopa de miso que calienta tu estómago (y tu corazón). Para terminar el pato Peking asado con pequeños pancakes que tienes que preparar tú mismo. A John y a mí nos encanta. La exótica mezcla de colores y sabores te transporta a una primavera china que despierta en la oscura noche londinense. Me siento un poco culpable por el pato, pero sólo lo como un par de veces al año. Por el contrario, Nick y Sian disfrutan de  una selección de platos vegetarianos incluido el tofu con especias y otras cosillas.  La mesa acaba cubierta por completo de envases de cartón grandes y pequeños cuya comida, que nunca conseguimos terminar, descansará en la nevera para el día siguiente. Después de una amistosa charla y muchas risas todo el mundo va a dormir mientras yo salgó al jardín en la oscura y silenciosa noche, para fumar el último cigarro antes de dormir. Y allí, mirando las estrellas como la ridícula romántica que soy, mi cuerpo se relaja y me siento como en casa, en la soledad de la noche.

Al día siguiente vamos al mercadillo de Deptford, una especie de rastro en el mismo barrio. Me dejan sola para comprar cosas y hacer fotos. Puedo pasar horas allí.  El mercado está lleno de vida con gente de todas partes del mundo con sus diferentes estilos de ropa. Una vez en una de las tiendas de segunda mano un simpático joven africano me pedía con insistencia que le llevara conmigo a Madrid, cuando le dije que estaba casada me contesto riendo: “Oh, no pasa nada. Para mí eso no es un problema”.

Nick y John van a tomar un café y charlar sobre arte, literatura, política y la vida. Eran compañeros de colegio y como anécdota diré que ellos eran los dos únicos estudiante que eligieron historia del arte en sus dos últimos años antes de la universidad.  Tenían tres profesores para ellos solos. A mi parecer Nick y John saben más sobre la historia del arte que la mayoría de los que han estudiado la carrera.

Un día, después de mis compras en el mercadillo estaba arriba, en el segundo piso y Nick me llamó con un susurro elevando el tono desde el piso de abajo:

-Marina, baja –y trae la cámara. !Por favor, no hagas ruido!

Intrigada, hice lo que me pedía y de pronto en el jardín vi el zorro más hermoso que jamás había visto. La verdad es que nunca había visto un zorro tan cerca jamás, así que para mí fue el más hermoso. Muy despacio salí al jardín. El zorro decidió que yo no era ninguna amenaza así que me miró fijamente mientras yo exultante le hice unas quince fotos hasta que se cansó y se fue. Casi pude imaginar que me decía adiós cuando se giró y me lanzó una última mirada. Usamos su foto para un anuncio de la revista (Think in English) que hacíamos por aquel entonces. El otro día organizando mis fotos la encontré y me acordé de su historia. Nunca sabré porque el zorro no salió corriendo ni por qué se quedó mirándome de esa manera. El misterio permanecerá en la foto para siempre.

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La Deportista Patética 4 – El Caballito Alemán

Foto con mi tio en la antigua Checoslovaquia. No es en Alemania pero es en el mismo verano del relato.

Mi pobre y querido tío siempre quiso expandir mis límites, y uno de sus intentos fue con el deporte.  La primera vez  fue cuando yo tenía once años y estaba pasando unas vacaciones en Alemania, en donde él estaba viviendo con su pareja de entonces, Ingrid. Eran las fiestas en Munich y recorriendo las atracciones me empeñé en montar en un caballo de esos que daban vueltas en un círculo. Hoy en día es muy triste ver a esos pobres animales dando vueltas y vueltas y espero que ese tipo de atracciones desaparezcan, pero estamos hablando de los años setenta, es decir, otro mundo.  En parte, la culpa de mi obsesión por subir a la grupa de un caballo fue de una de mis lectura favoritas de adolescente, una serie de libros cuya protagonista, que daba el nombre a la serie era Jill, una jovenzuela que descubría en los caballos la pasión de su vida; incluso me dio por comprarme figuritas de caballos de porcelana de distintos colores, aun conservo alguna. Cuando leía estas historias me imaginaba trotando y galopando por campos verdes surcados por arroyos y centelleantes lagos, invadida por una exultante emoción.

Uno de los libros de Jill, escrito por Ruby Ferguson

Así que me monté. Es una lástima, pero que distinta era la realidad de lo que mi mente imaginaba. Siempre había visto en las películas a los vaqueros sujetando las bridas y pensé, bueno, así me podré agarrar a algo. No fue así, te ayudaban a subir a la montura que tenía una especie de saliente que quedaba entre tus piernas y tenías que agarrarte ahí. Me pasé todo el tiempo que duraba la atracción llorando como una loca y diciendo ¡quiero bajar, por favor, por favor quiero bajar…que alguien me baje! Los alemanes, no me entendían y hasta les hacía algo de gracia y mi tío, que como he dicho antes quería expandir mis límites negaba con la cabeza y tuve que aguantar hasta el final. Por supuesto no he vuelto a subir a un caballo en mi vida, aunque tengo que reconocer que el trágico accidente de Christopher Reeves, el atractivo actor que hacía de Superman tampoco me ayudo mucho a superar mis miedos ecuestres. Eso sí me siguen gustando mucho los caballos y he les he fotografiado con mucho cariño, no he superado mi miedo a montar, pero veo las fotos y es un consuelo.

Caballos en el campo. Photo by Marina Carresi

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La Tristeza se hizo Gato

Mariano, mi gato. Photo by P A López.

Mariano, mi gato. Photo by P A López.

La tristeza se hizo gato y paseaba por todas las habitaciones de la casa.

Negro, negro, con toda la luz en tus ojos, como dos hojas verdes con agua.

Siempre enredando entre mis piernas, jugando con mis tobillos;  mi piel llevaba tus asaltos por las calles, surcos amorosos que dolían.

Te subías a las mesas y a las camas, y allí, teniendo mi ausencia por aliada, se entablaban batallas de uñas y madera. Y siempre perdías, ya eras viejo entonces, y con aire resignado te escondías detrás de las cortinas.

Eras como un gran beso negro, siempre triste, siempre ausente, con el dolor en cada movimiento.

Por las noches me gustaba mirarte acurrucado en el sillón. Tu mirada se perdía no sé donde, parecía que te ibas del momento, que no te tocaban nuestros ruidos. Permanecías así, quieto, inmensamente quieto, durante bastante tiempo. Luego volvías y estirándote como si hubieras dejado tus huesos en el recorrido, tomabas mi plato por asalto y terminaba mi cena y tu ayuno.

A menudo, la zapatilla de la abuela volaba por encima de tu cabeza, pero nunca aterrizaba entre tus orejas. Te gustaba incordiar a la “yaya” y que te persiguiera gritándote por toda la casa. En esos lances, siempre ganabas, quizá porque la abuela era más vieja que tú y te amaba más que nadie.

Eras un gato como todos, pero apenado como ninguno, negro, con todo el verde de tus ojos y con tu algo de loco.

Un día, al entrar en casa, los niños dijeron que te habías ido para siempre, la abuela me dijo que sufrías y habían tenido que sacrificarte.

Y esa noche, soñé un cielo para gatos, y cuando desperté, miré tus huellas en mis piernas y comencé a llorarte.

Nuria Torres Carrasco  1978-9

 

Este es el único texto que he publicado que no lo he escrito yo. Lo escribió mi querida amiga Nuria Torres Carrasco que pasó una temporada en mi casa cuando éramos adolescentes. Escribió este precioso y poético texto cuando mi gato Mariano, que llevaba conmigo desde que yo tenía 8 años,  murió.

Llevaba años buscándolo y por fin lo he encontrado y lo he transcrito con lágrimas en los ojos. No sé si lo escribió en el año 1978 o 79 pero lo guardé porque expresaba a la perfección la tristeza que nos invade  cuando muere  un animal que es parte de la familia.

Como no tiene título he usado el principio del texto como título.

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Serengueti

Serengueti by marina carresi

Serengueti by marina carresi

 

Salía de la escuela de teatro donde estaba estudiando con mi amigo P y cuando íbamos por la calle Ronda de Valencia, yo que tengo una especie de detector de gatos incorporado en mi cerebro desde bien pequeña, oigo unos maullidos desesperados de un gato, que parecía por el tono ser bastante pequeño. Seguí mi detector y descubrí que el gato estaba al otro lado de la calle así que P y yo nos dirigimos hacia allí apresuradamente. Descubrimos que los maullidos salían de debajo de un coche que estaba aparcado y nos pusimos a mirar arriba, abajo, a un lado y al otro para ver dónde podía encontrarse el pequeño felino que maullaba frenéticamente. No lo veíamos, no podíamos encontrarlo y dábamos vueltas como peonzas, nerviosos y desesperados pero sin resultado alguno. Al cabo de unos veinte minutos apareció una mujer que iba acompañada de sus dos hijos y nos dijo que su marido era el propietario de ese coche y quería saber porque estábamos ahí en una actitud tan sospechosa (no lo dijo exactamente así pero esa era la implicación por otra parte ella era bastante amable aunque estaba un poco nerviosa). Le explicamos la situación y nos dijo que su marido iba a tardar un rato todavía y que ellos estaban pasando la tarde en casa de su madre. Luego nos dijo que iba ir a casa de su madre y que como habían comido pescado podían traer algo para ver si el gato salía. Yo estaba muy angustiada porque si el marido llegaba y tenían que coger el coche, nada se podría hacer para salvar al pobre gatito. Aceptamos su ayuda agradecidos y esperamos a que fueran a por el pescado. Volvieron en cinco minutos con el pescado y con la abuela que también quería saber como acababa la historia. Finalmente con algo de paciencia y mucho cuidado conseguí coger al gatito cuando se asomó un poco al oler el pescado. Abrí la mochila que llevaba y lo metí dentro me despedí de P y salí disparada intentando evitar que el gatillo aterrorizado por la situación pudiera romper la mochila y salir corriendo. Cuando llegué a casa y lo saque de la mochila vi  que estaba hecho un asco y lo  llevé a la bañera donde le duche con poca agua y sumo cuidado. Al día siguiente le llevé al veterinario para ver si no tenía nada contagioso para no enfermar a mis otros gatos. Allí me enteré de que era una gatita. Una vez vacunada y tomando las medicinas necesarias para su recuperación vimos que era una gata llena de energía y saltaba tanto y tan alto que parecía una gacela del Serengueti, así que ese fue su nombre, Serengueti. Siempre fue un poco asustadiza. Se enamoró perdidamente de un gato blanco y sordo que teníamos Chimi  y no era un asunto sexual ya que ambos estaban esterilizados, no, era amor de primera, le seguía a todas partes y le lavaba y besaba todos los días. El no le hacía mucho caso, pero poco a poco se le veía más interesado. Pasados los años Chimi murió y ella quedó desconsolada. Un par de años después se le declaro un cancer de mamas la operamos y aguantó un año más. Los gatos son algo especial, el que tiene gatos sabe de lo que estoy hablando. Espero que Seren, que así la llamábamos haya encontrado a Chimi y que él pueda oír sus maullidos amorosos y puedan jugar y darse cariñosos lametazos sin descanso.

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