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Como no voy a quererte

Nick Franklin y Marina Carresi – Park Guell en Barcelona 1989

Contigo desapareció el caos.

Poco a poco arrinconaste

a los demonios

de mis pesadillas

más arraigadas, más atroces.

 

Contigo el mundo

se llenó de colores, de luz,

llevándose,

paso a paso, la densa

oscuridad que me habitaba.

 

Cómo no voy a quererte

si me has dado tanto;

a pesar de tus propias nubes

de tormentas heredadas.

 

Cómo no voy a quererte

si tu risa arrancó

mi piel de gris serpiente,

para convertirme

en águila de plumas blancas.

 

A pesar del desgaste

y el castigo de los años,

cómo no voy a quererte

si mi alma te ama

más que yo misma.

 

14 Febrero 2018

Para Nick

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Me gustas cuando hablas

Photo by Marina Carresi (retocada)

Me gustas cuando hablas

porque eres diferente

no tengo que imaginar

lo que piensas

lo que sientes.

 

Me gustas cuando hablas

porque inventas

porque mientes

porque juegas

porque entiendes.

 

Me  gustas cuando hablas

porque sé

que estás presente

no dejes de hablarme nunca

y te querré para siempre.

 

Octubre 2017

Dedicado a mi amor.

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La Reina del Aljarafe

Photo Sara López Carresi

Sentada,
bajo este silencio
de estrellas brillantes
y esta paz de domingo
inmerecido;
te imagino, hermana
en tu terraza,
con la brisa
acariciándote el pelo
en tus pequeños momentos,
cuando el sol que abrasa
se ha dormido
extenuado de su ímpetu vespertino,
y has podido escapar
por unos instantes
de tu eterna lucha,
jugando y oteando
el horizonte, esperando
besos y abrazos
de tus amores fieles
para los que eres
la reina indiscutible.

Septiembre 2017

Dedicado a mi hermana.

 

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Munich un Oasis en mi Infancia I

Esta historia está dedicada a mi tio Carlos con todo mi cariño.

Esta foto me encanta. Tengo 11 años y soy feliz. Hacía mucho tiempo que no era tan feliz. Viaje a Múnich
Mi tío Carlos, hermano de mi madre me había invitado a pasar los meses de vacaciones de verano en Munich. El llevaba ya un tiempo viviendo allí con su pareja, una fantástica alemana que me dio su cariño y una imagen de lo que podía ser una mujer independiente fuera de aquella España gris que yo no llegaba a comprender, ni siquiera a mis inocentes once años. Se llamaba Ingrid y jamás la he olvidado. Mi tío estaba viviendo allí y trabajando con Ingrid en su clínica dentista y también haciendo trabajos en el laboratorio que estaba en la parte de abajo de la casa. El viaje empezó de una forma un poco alucinante. La noche antes de salir de Barcelona,  donde estaba con mi abuela al principio de las vacaciones, se celebraba la famosa noche de San Juan. En aquella época los niños allí se pasaban por las casas para recoger muebles o trozos viejos de madera para hacer hogueras en los cruces de las calles, era una fiesta grandiosa y si te asomabas al balcón podías ver en todos los cruces crepitantes hogueras que iluminaban toda la ciudad. Mi abuela y yo vivíamos antes en Barcelona, pero nos mudamos a Madrid para vivir con mi madre y mi padrastro aunque seguíamos teniendo la casa e íbamos allí, en vacaciones, algunas fiestas o para ver a la familia. En Barcelona mis mejores amigos eran unos vecinos un poco mayores que yo Jaume y Pau, dos hermanos que vivían en el piso de abajo y con los que había pasado la mayor parte de mi infancia. Hacía tiempo que no les veía pero no sé porque esta vez al ver a Pau, con esa arrebatadora pasión que tienen los niños, sentí que era el amor de mi vida no podía dejar de pensar en él. Desde que le había visto la última vez se había comprado una guitarra y a mí, tengo que reconocerlo, los músicos siempre me han fascinado. Así que Jaume y Pau iban a celebrar la fiesta de San Juan en la azotea del edificio. Adoraba esa azotea donde había pasado muchos ratos de felicidad con la imaginación como aliada de mis momentos solitarios cuando mi yaya, así llamabamos a mi abuela, se dedicaba a coser un vestido tras otro para sacarnos adelante mientras mi madre viajaba trabajando en el teatro, para buscar un futuro para las tres. Mis amigos vinieron a invitarme para la fiesta pero yo era tan enfermizamente tímida a mis once años que dije que no. Llego la noche y mi pasión amorosa crecía paralela a mi terror a enfrentarme a los amigos y sobre todo amigas de mis vecinos, que por supuesto eran todas mayores que yo.  Me imaginaba sola en una esquina del terrado que es como llamábamos a la azotea, viendo como todos se reían, charlaban y bailaban…un horror. Así que decidí emborracharme. Sé que es difícil de creer que a mis once añitos tomara tal decisión, pero así era yo de melodramática…hija de actores, que le vas a hacer. Me dieron un poquito de vermut, muy típico en Cataluña por lo menos en aquella época, pero durante la cena y cuando nadie me veía me bebí un vaso entero de vino blanco. Nadie se había dado cuenta y con el postre me dieron otro poquillo de champan. La borrachera fue monumental, recuerdo a mi abuela enfadada diciendo – ¿pero qué has hecho? Estás borracha…pero ¿qué ha hecho está niña? Ven aquí.- Yo le contestaba – No, yaya, déjame yo quiero estar con Ingrid – Por su parte Ingrid llena de comprensión me abrazaba y me acariciaba el pelo mientras yo le miraba con amor y como una princesa protegida por su hada madrina le acariciaba la cara y le decía – ¡Guapa Ingrid, guapa!

Al día siguiente salimos en el flamante Mercedes de mi tío, el de la foto, para Alemania. Mi resaca era sólo comparable a mi tristeza por no volver a ver a Pau pero a la vez había la expectación de salir de España hacia un nuevo mundo.

Continuará…

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