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La Deportista Patética 2 – Piedras y Patines

En la azotea de Barcelona dispuesta a luchar.

Mi segundo recuerdo fue ya a los seis años en mi primer colegio en Madrid, un colegio estupendo pero con una profesora de gimnasia muy poco hábil en sicología infantil, por decirlo suavemente. Se empeñó en que tenía que hacer el pino y hasta que no me di de cabeza contra el suelo, no paró la buena mujer. A partir de ahí las clases de gimnasia se convertirían en un suplicio en el resto de mi vida escolar. No es que yo fuera una niña débil ni asustadiza, en Barcelona me juntaba con mis dos vecinos y amigos para batallar a pedradas con los niños de la vecindad que, cual piratas, intentaban meterse en nuestra azotea trepando por el edificio en construcción que estaba emergiendo al lado del nuestro.

Pero la gimnasia y el deporte, eso ya era otra cosa. Para hacer más evidente mi lastimosa situación, mis mejores amigas eran unas extraordinarias deportistas, que iban a campamentos, nadaban de maravilla y me contaban sus aventuras en un velero en el que navegaban surcando las costas mediterráneas. A principio de curso volvían de las vacaciones saludables y tostadas por todos los lados, mientras que yo delgaducha y blanca como el pan de molde, durante las vacaciones leía sus cartas con envidia, imaginando que yo algún día llevaría una vida de aventuras y nadaría como una sirena.

Una de las cosas que si probé y  que no se me daba del todo mal, aunque tampoco del todo bien, era patinar. En la parte de atrás de mi casa, en la zona donde íbamos a jugar en el recreo de mi nuevo colegio, había cuestas por las que se podía patinar, así que me compraron unos patines sobre  ruedas tradicionales y aprendí. No corría mucho, pero estaba muy orgullosa de haberlo conseguido. Más adelante, tan animada estaba yo con el tema de los patines, que empecé a ir con mis amigas a patinar sobre hielo y poco a poco le fui cogiendo el gusto. Ahí estaba yo, imaginándome los aplausos de mis futuras competiciones, cuando un energúmeno de los que aparecían de vez en cuando haciéndose los chulitos de la pista, me pegó tal empujón, que acabé en el frio suelo, resbalando cual cubito de hielo hasta darme con la cabeza contra la parte de abajo del muro que rodeaba la pista. Ahí se acabaron mis sueños de patinadora y no volví a la patinar. Quizá debería haberlo intentado de nuevo, pero mi humillación y mi dolor de cabeza pudieron más que mi espíritu de triunfo. Patética, diréis, es posible, pero romperme la cabeza o una pierna no estaba en mi lista de prioridades en la adolescencia y eso de que me firmaran una escayola no me llamaba lo más mínimo.

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Munich un Oasis en mi Infancia I

Esta historia está dedicada a mi tio Carlos con todo mi cariño.

Esta foto me encanta. Tengo 11 años y soy feliz. Hacía mucho tiempo que no era tan feliz. Viaje a Múnich
Mi tío Carlos, hermano de mi madre me había invitado a pasar los meses de vacaciones de verano en Munich. El llevaba ya un tiempo viviendo allí con su pareja, una fantástica alemana que me dio su cariño y una imagen de lo que podía ser una mujer independiente fuera de aquella España gris que yo no llegaba a comprender, ni siquiera a mis inocentes once años. Se llamaba Ingrid y jamás la he olvidado. Mi tío estaba viviendo allí y trabajando con Ingrid en su clínica dentista y también haciendo trabajos en el laboratorio que estaba en la parte de abajo de la casa. El viaje empezó de una forma un poco alucinante. La noche antes de salir de Barcelona,  donde estaba con mi abuela al principio de las vacaciones, se celebraba la famosa noche de San Juan. En aquella época los niños allí se pasaban por las casas para recoger muebles o trozos viejos de madera para hacer hogueras en los cruces de las calles, era una fiesta grandiosa y si te asomabas al balcón podías ver en todos los cruces crepitantes hogueras que iluminaban toda la ciudad. Mi abuela y yo vivíamos antes en Barcelona, pero nos mudamos a Madrid para vivir con mi madre y mi padrastro aunque seguíamos teniendo la casa e íbamos allí, en vacaciones, algunas fiestas o para ver a la familia. En Barcelona mis mejores amigos eran unos vecinos un poco mayores que yo Jaume y Pau, dos hermanos que vivían en el piso de abajo y con los que había pasado la mayor parte de mi infancia. Hacía tiempo que no les veía pero no sé porque esta vez al ver a Pau, con esa arrebatadora pasión que tienen los niños, sentí que era el amor de mi vida no podía dejar de pensar en él. Desde que le había visto la última vez se había comprado una guitarra y a mí, tengo que reconocerlo, los músicos siempre me han fascinado. Así que Jaume y Pau iban a celebrar la fiesta de San Juan en la azotea del edificio. Adoraba esa azotea donde había pasado muchos ratos de felicidad con la imaginación como aliada de mis momentos solitarios cuando mi yaya, así llamabamos a mi abuela, se dedicaba a coser un vestido tras otro para sacarnos adelante mientras mi madre viajaba trabajando en el teatro, para buscar un futuro para las tres. Mis amigos vinieron a invitarme para la fiesta pero yo era tan enfermizamente tímida a mis once años que dije que no. Llego la noche y mi pasión amorosa crecía paralela a mi terror a enfrentarme a los amigos y sobre todo amigas de mis vecinos, que por supuesto eran todas mayores que yo.  Me imaginaba sola en una esquina del terrado que es como llamábamos a la azotea, viendo como todos se reían, charlaban y bailaban…un horror. Así que decidí emborracharme. Sé que es difícil de creer que a mis once añitos tomara tal decisión, pero así era yo de melodramática…hija de actores, que le vas a hacer. Me dieron un poquito de vermut, muy típico en Cataluña por lo menos en aquella época, pero durante la cena y cuando nadie me veía me bebí un vaso entero de vino blanco. Nadie se había dado cuenta y con el postre me dieron otro poquillo de champan. La borrachera fue monumental, recuerdo a mi abuela enfadada diciendo – ¿pero qué has hecho? Estás borracha…pero ¿qué ha hecho está niña? Ven aquí.- Yo le contestaba – No, yaya, déjame yo quiero estar con Ingrid – Por su parte Ingrid llena de comprensión me abrazaba y me acariciaba el pelo mientras yo le miraba con amor y como una princesa protegida por su hada madrina le acariciaba la cara y le decía – ¡Guapa Ingrid, guapa!

Al día siguiente salimos en el flamante Mercedes de mi tío, el de la foto, para Alemania. Mi resaca era sólo comparable a mi tristeza por no volver a ver a Pau pero a la vez había la expectación de salir de España hacia un nuevo mundo.

Continuará…

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