Archivo de la etiqueta: infancia

Mi Bella RTVE Durmiente

Nuria Carresi en La Feria de las Vanidades

Se apagan las luces rojas del estudio de grabación en Prado del Rey y recorro los pasillos con ojos de asombro. Los actores y actrices deambulan con sus trajes de colores, trajes de otras épocas, espadas y capas como si toda la historia del mundo se hubiera concentrado en un extraño edificio con un pequeño estanque a la entrada y unas letras enormes en la parte superior que dice RTVE. Los bailarines se mueven en grupos y se dirigen a los comedores, llenos de energía como una bandada de pájaros en primavera, con sus ajustadas mayas de latex brillante. Jesús Hermida,  que día a día veo en una pantalla, con sus papeles en mano, sonriente se para a saludarnos.  Hay todo tipo de personajes romanos, mosqueteros, mendigos, payasos que hacen cola para cobrar charlando animadamente.

Mi madre, preciosa con su vestido de época napoleónica, se dirige rápidamente a su camerino para quitarse el traje y que podamos ir a comer. Pedro Amalio nos espera y en vez de ir al comedor, nos vamos en coche a un sitio cercano que tiene una especie de terraza bajo una parra que es donde comen algunos de los protagonistas y directores que trabajan en TVE. Allí todos se saludan se besan, hablan y ríen. Me dicen que soy muy guapa, graciosa, me hacen bromas y yo me escondo bajo el brazo de mi madre porque soy tímida; cómo voy a competir con la belleza de esas mujeres hermosas, perfectamente maquilladas, como diosas de un Olimpo donde los mortales solo pueden acceder encendiendo las pantallas en blanco y negro, que todo hay que decirlo, no hacen justicia a esa explosión de colores, olor a cremas exóticas y lacas excesivas. Aparece Pilar Miró, la directora joven, enérgica, diferente a cualquier mujer que yo hubiera conocido, me hace gracia, me rio y le intriga, me pregunta y vuelvo a esconderme con mi madre. No hay mucho tiempo para comer, la comida es casera y deliciosa. Volvemos al plató siempre pasando antes por maquillaje, donde vuelven a dejar el rostro de mi madre reluciente y sin brillos. Me dicen que soy muy guapa, pero no tanto como mi ella, y yo pienso – no hace falta que me lo digas graciosa mujer, lo sé de sobra –  con lo que me fastidian la autoestima durante décadas. Vamos a peluquería y juego con los peines mientras veo a mi madre transformarse en la Amelia de La Feria de las Vanidades. Vamos al camerino y el toque final. Habla como mi madre, tiene su misma cara, pero ya no es mi madre, es Amelia. ¡Cinco y acción! No se puede hacer ruido cuando la luz roja está encendida, sería terrible y me echarían para siempre, pero no hago ruido porque estoy hipnotizada por esas personas que traen a la vida las voces de otros tiempos, las voces del pasado hermosamente escritas. ¡Es tan real…corten!

La Feria de las Vanidades – Serie de 1973 dirigida por Pilar Miró

Caen las máscaras se sientan en las sillas, se fuman un cigarro, bromean, cuentan chistes, se quejan de los zapatos, del calor, preguntan ¿se va a rodar alguna toma más? Se termina por hoy, mientras hablan de lo que se va a hacer al día siguiente, recorro los decorados; preciosos salones, dormitorios, alfombras con todo lujo de detalle, que lástima que en la televisión en blanco y negro no se pudiera apreciar toda esa belleza. Porque la televisión que yo conocí en esa época era bella. A pesar de sus deficiencias tecnológicas y del blanco y negro las obras que se hacían eran de grandes escritores. Los actores eran un poco teatrales, pero venían de un desierto cultural y de posguerra y habían aprendido sobre la marcha, sin escuelas ni ayudas. Héroes y heroínas, supervivientes del horror y de infancias hambrientas que nos traían las palabras de Shakespeare, de Wilde, de Miller, de Ibsen, de Calderón… para que se quedaran en nuestro interior y para que al crecer amaramos los libros, la cultura y el arte.

Puedo parecer nostálgica, quizá lo soy, pero no es una nostalgia de mi infancia, que fue tan problemática y difícil como la de cualquiera, sino una nostalgia de un país que estaba cambiando para mejor, un país donde la gente estaba hambrienta de esa cultura que se le había negado, de libros, de cine, de arte, de libertad. Una España llena de promesas y de ilusión por el futuro que llegaba escondida bajo los disfraces de esos héroes actores y actrices heroínas, que nos dieron a conocer  las hermosas palabras de los escritores, dormidas en el tiempo, que esperaban despertar de un triste sueño de cuarenta años.

 

Dedicado a mi madre y mi padrastro, que con todas sus imperfecciones, trataban de construir un mundo mejor.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Historias de Fotos

La Casa de Muñecas de Sandra y su Regalo Americano

 

photo by Marina Carresi

photo by Marina Carresi

Cuando tenía siete años nos fuimos a vivir a un piso en un barrio nuevo, considerado por aquel entonces, como uno mejores de Madrid. Dejé mi amada terraza del domicilio anterior con cierta pena, ya que era tan grande que incluso cabía una pequeña piscina, bueno yo la llamaba así aunque en realidad era un poco mayor que una bañera pero para mí y para mi delirante imaginación, lejos de mi querido Mediterráneo, era una fantástica solución para ponerme mi bikini y soñar que estaba retozando entre las olas. La nueva casa, con la perspectiva de mi tierna edad era enorme, casi un palacio. La terraza era más pequeña pero se compensaba con una estupenda chimenea que daba  calor en invierno y el olor de los troncos ardiendo te transportaba a  Suiza mientras leías la historia de Heidi mucho antes de que aparecieran los dibujos japoneses.

En esa casa nació el primero de mis hermanos y yo pasé definitivamente a segundo plano. Dado que mis padres estaban trabajando a todas horas, nunca estuve muy en primer plano, pero ahora era simplemente un incordio. Eso sí, mi abuela me cuidaba de maravilla con mucho amor y deliciosas comidas: albóndigas, croquetas, puré de pueblo con ajo y pimentón, paella, cocido, canelones, etc. De mi no se podrá decir “no tienes abuela” porque ella me enseño que “quien bien te quiere…” no te hará llorar sino que te preparará una comida llena de cariño y te protegerá de un mundo que en muchas ocasiones es hostil.No conocí a ningún vecino en la casa anterior, volvía tarde del colegio, mi abuela me preparaba un sandwich caliente con jamón de york y un queso que se llamaba Zip y que estaba en un paquete que parecía más un acordeón que una cremallera, como uno podía suponer. Muchas veces lo comía mientras veía “El Hombre y la Tierra” de Félix Rodríguez de la Fuente y luego me iba a la terraza a jugar o si hacía frío leía cuentos, pegaba cromos de mi colección de dinosaurios o de Vida y Color, dibujaba sirenas, o jugaba con mi juego favorito, el Exin Castillos. El Exin Castillos era genial podías construir auténticos castillos con sus torreones circulares, sus rojos tejados puntiagudos  y en mi caso, poblarlos con los muñecos de Asterix que te regalaban en los chicles Dunkin y crear historias increíbles con Obelix, Idefix y Cleopatra visitando un imponente castillo medieval.

Todo esto cambió en la nueva casa, no es que ya no jugara con mis cosas, pero mi madre estaba más en casa aunque preparándose para ser madre otra vez después de ocho años. Mi abuela, aunque seguía cuidándome estaba también ayudando a mi madre así que empecé a entrar en contacto con la vecindad. En el rellano había cuatro puertas y en la puerta de enfrente vivía una mujer mayor adorable, era italiana y de vez en cuando me traía deliciosas porciones de pizza. Cuando sonaba el timbre y oía su voz, con ese dulce acento tan característico de las italianas, empezaba a relamerme y no paraba hasta haber acabado con el suculento manjar. A la izquierda de la mujer italiana estaban mis vecinos Sandra y Marcos. Los conocí cuando tenía 8 o 9 años. Ella era tenía el pelo negro con una lustrosa melena y era más baja que yo. Sus padres eran americanos. El era militar y estaba destinado a la base de Torrejón. Su casa para mí era un lugar mágico y sobre todo un oasis de paz dado el nerviosismo familiar debido a los numerosos cambios acaecidos (esta palabra parece de otro siglo, pero me gusta). En casa de Sandra, cuando se olvidaban de que yo estaba ahí, hablaban en inglés y a mí me parecía estar en otro mundo. Su madre era muy amable conmigo y a veces me daba a probar pasteles exóticos y cosas americanas que yo no había visto en mi vida. A su padre no lo recuerdo apenas, casi siempre estaba trabajando. Sus juguetes eran alucinantes pero sobre todo yo estaba enamorada de una casa de muñecas de madera que era enorme. Tenía los muebles de madera también, las habitaciones de Hogarín que yo tenía no eran nada comparable, un dormitorio de los niños, eso sí con literas y un cuarto de baño. Aunque a decir verdad, incluso con sus muebles de plástico también fueron juguetes muy entretenidos pero ¡ay, la casa de muñecas de Sandra era inimitable, por lo menos en la España de principios de los setenta! A veces jugábamos con Marcos y como era más pequeño, le obligábamos a seguir nuestras instrucciones por muy absurdas que estas fueran, sobre todo las mías porque en esa época mi imaginación no tenía límites. Recuerdo una vez que estando en mi casa inventé un juego en el que estábamos en una ciudad en guerra, caían bombas y teníamos que escondernos. El juego para mí era tan real, que aun hoy, más de cuatro décadas después lo recuerdo como si fuera ayer. En su televisión, misteriosamente había programas y dibujos en inglés. En aquella época yo no entendía ni palabra, pero todo me parecía nuevo y fascinante. También tenían un tocadiscos y discos como los que se ven en la foto. Obviamente tampoco entendía las canciones pero me parecían alegres y llenas de color. Estaba acostumbrada a oír a mi abuela cantar “La Zarzamora” con una letra tan optimista como: que tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones, o los discos de mi madre encabezados por Edit Piaf con su alegre Rien de Rien, o las dulces canciones infantiles como: yo soy la viudita del Conde Laurel que quiere casarse y no encuentro con quién, eso sin hablar de las cursiladas románticas que empezaron a aparecer en televisión … en fin, una retahíla de dramones poco estimulantes para el proyecto de mujer que era yo. Esas canciones americanas, aunque no las entendía eran como campanillas para mi espíritu y al oírlas te daban ganas de vivir. Supongo que esta experiencia me marco para siempre. Me hizo ver que existían otros mundos diferentes al mío llenos de vida y de misterio. Me hizo ver que no hay que tener miedo a otras culturas, a la gente de otros países, a los otros. Sólo tenía que salir al rellano y ahí estaban los otros abriendo su casa y un nuevo mundo para mí. No recuerdo bien cuándo me regalaron los discos, probablemente volvieron a América o destinaron a su padre a otro país. Me imagino a Sandra despidiéndose de mí dándome un abrazo y regalándome esos discos para que no la olvidara. Aquí están los discos Sandra, como puedes ver tu idea funcionó. No te he olvidado.

Deja un comentario

Archivado bajo Historias de Objetos

El Profesor de Música y La Caja de la Risa en el El Santa Regina.

Aquellos años 70

Aquellos años 70

El otro día en el autobús había un hombre que parecía sudamericano pero que curiosamente me recordó a un profesor que tuve que no era sudamericano, sino del País Vasco. De repente una catarata de recuerdos inundó mi mente y me vi llegando al colegio Santa Regina a mis 8 turbulentos años. Antes, cuando era más pequeña todavía, mis padres me inscribieron en uno de los mejores colegios de Madrid. Era un colegio sensacional, creativo e innovador. Teníamos clases de música, de baile además de todas las otras enseñanzas como aprender a leer, sumar etc. Me encantaban las clases de dibujo y todas las cosas artísticas que allí se enseñaban. Me gustaban los profesores, todos menos la de gimnasia que me obligó a hacer el pino y me di de cabeza contra el suelo así que me dejo incapacitada para apreciar las maravillas de esa asignatura para el resto de mi vida. Todo era fantástico, todo menos la comida y mi dificultad para relacionarme con los otros niños. Pero por si no tenía bastantes problemas dada mi timidez y mi falta de costumbre a compartir mis juegos con los miembros del sexo masculino, sufrí bulling por parte de un pequeño monstruo hijo de un famoso abogado y escritor (a ese colegio iba la flor y nata de la sociedad española del momento) que decidió convertir mi vida en una auténtica pesadilla. Duré dos años y poco más ya que dado mi lamentable estado psíquico, mi madre decidió que era mejor cambiarme de colegio, así que acabé en un modesto colegio que daba a la parte de atrás de mi casa y cuando salía al recreo mi abuela y mi madre podían verme desde la terraza.

Santa Regina era un pequeño colegio que tenía tres clases: los pequeños, los medianos y los mayores. Estaba regentado por dos sensacionales profesoras la Señorita Otilia y la Señorita Emma.  Creo recordar que en la clase de los pequeños había otra profesora, pero eran claramente las dos mencionadas anteriormente las que llevaban las riendas de la peculiar institución. La Señorita Otilia era gruesa y de buen carácter y se dedicaba a enseñar letras y la Señorita Emma era muy delgada y nerviosa y enseñaba ciencias. Cuando llegué ahí a mitad de curso no fue fácil, era una niña mimada y traumatizada al mismo tiempo así que la Señorita Otilia y la Señorita Emma hicieron todo lo posible por integrarme, lo que tengo que reconocer, fue una ardua tarea. Mi clase era la de los mayores y abarcaba todos los cursos desde los ocho años a los trece, después había que ir al instituto. Allí conocí a las que serían mis mejores amigas de la infancia Tina y Blanca y a las que lo fueron en la infancia y lo han seguido siendo después, Ana y Arantxa. Pero eso fue más tarde, al principio eran las profesoras las que en cierta medida animaban a mis pobres compañeras (también había chicos pero estaban claramente en minoría) a seguir mis fantasiosos juegos como uno que inventé en el que todas éramos monstruas con nombres tan sugerentes como horripila de las nieves  y nos escribíamos cartas que narraban  nuestras monstruosas aventuras llenas de fantasía. No teníamos jardín, ni patio, ni nada que se le pareciera cuando salíamos al recreo, sino que había un espacio semi protegido porque era una amplia zona que daba a la parte trasera de varios edificios y formaba como un cuadrado. Dado que el espacio era extenso muchos coches iban allí a aparcar .En la puerta de nuestro colegio había una señal de prohibido aparcar que nadie respetaba y eso sacaba de quicio a nuestras queridas profesoras, sobre todo a la señorita Emma que no dudaba en insinuarnos que si a algún niño se le ocurría deshinchar las ruedas de un coche, lamentablemente ellas no podían hacer nada para evitarlo. Un día apareció un hombre furibundo que quería pegar a uno de mis compañeros al que pilló in fraganti y la señorita Emma se enfrentó al hombre indicándole la señal de prohibido aparcar y avisándole de que como se atreviera a tocar a ese pobre angelito llamaría a la policía. La señorita Emma era todo un carácter. Ana y yo al principio no nos llevábamos muy bien y un día ella nos castigó a quedarnos cuando se acabó la clase. Recuerdo que Ana y yo la acompañamos al cuarto de baño porque ya nos íbamos a marchar y cuando la veíamos peinarse Ana le soltó de repente: ¡Qué coqueta! Y acabamos riendo las tres. También le hice alguna que otra perrería a la pobre señorita Emma. Había una tienda que tenía artículos de broma y uno de ellos era un líquido que si lo ponías en una silla primero se te enfriaba el culo como si lo metieras en un congelador y después te ardía como si te sentaras en una estufa, recuerdo hasta el nombre del endiablado producto: fluido glacial. No sé cómo me atreví, pero le puse el líquido en la silla y todos nos reímos mucho, menos ella, claro está. En otra ocasión, mi tío me trajo de Alemania una caja de la risa; era un artilugio de plástico metido en una colorida bolsa, el artilugio tenía un botón y cada vez que lo tocabas se oían carcajadas sin parar hasta que tocabas de nuevo el botón. Pobre señorita Emma, oía carcajadas mientras escribía en la pizarra, se daba la vuelta y las carcajadas desaparecían como por arte de magia, por supuesto acabé castigada  pero nos reímos un montón. Con todo esto parece que yo, realmente, era un pequeño monstruo como en mi juego de fantasía, pero en realidad aunque no era una alumna deslumbrante, más bien del montón, me esforzaba mucho y estudiaba. Nuestras clases eran muy curiosas porque por ejemplo la señorita Otilia llegaba a la clase y decía, esto es para los de segundo y los cuatro o seis alumnos de segundo escuchaban mientras los demás hacían ejercicios o un dibujo o lo que tocara.

La religión era importante en esa época y creo recordar que de vez en cuando venía un cura y nos daba clase de religión. A él casi no le recuerdo, pero lo que sí recuerdo son los libros en donde se contaban las historias de santos y santas. Creo que después de eso no he leído nada más gore en toda mi vida. Qué atrocidades, gente asada como cochinillos en parrillas, miembros amputados, gente devorada por leones como parte de un macabro espectáculo, santas con los pechos rebanados a cuchillo, en fin…luego llegabas a casa y en la tele ponían dos rombos para que los niños no estuvieran expuestos a las memeces que la censura consideraba oportunas. Afortunadamente en mi casa eso de los dos rombos se lo pasaban por el forro, dado que generalmente eran obras fabulosas de los mejores escritores, ya que en TVE había muchos profesionales como en mi familia, empeñados en que el buen teatro era algo importante para sacar a nuestro país de su atraso y su incultura.

Había varios acontecimientos religiosos y era divertido por el simple hecho de que era fiesta. En mayo poníamos una virgen en una esquina de la entrada del colegio y la adornábamos con innumerables flores, luego cantábamos una cancioncilla que empezaba: “venid y vamos todos con flores a María, con flores a porfía, que madre nuestra es”. Nunca entendí lo de porfía  ¿qué o quién diablos era esa tal porfía?; quizá la canción decía otra cosa y yo la aprendí mal. Éramos un sólo un grupillo de niños pero nos creíamos el coro de la filarmónica. Orgullosos de elevar nuestra voz a esa virgen rodeada hasta la asfixia por flores blancas de largos tallos que tenía poderes mágicos para conceder deseos y que nos amaba a todos como si fuéramos sus propios hijos. También se celebraba la Navidad y había mucha excitación. Recuerdo una Navidad, especialmente en la que organizamos una obra de teatro, la típica escena de la virgen y San José llegando al portal de Belén con los reyes magos, etc. Yo me empeñe en que tenía que ser la virgen aduciendo argumentos como que era rubia y tenía el pelo largo y que tenía que ser yo y se acabó. Mimada e insistente como era, lo conseguí, fue divertido, sobre todo el final porque elevamos a las alturas a un compañero de clase que irónicamente se llamaba Jesús y representaba al ángel que mira candorosamente y protege al niño Jesús desde las alturas, conseguimos subirle, a pesar de que no estaba muy convencido, a un montaje que hicimos colocando dos mesas de la clase a cada lado, unas encima de las otras y a modo de puente otra en el centro. El estaba subido a la del centro pero no se sabe como perdió el equilibrio y cual ángel divino salió volando junto con las mesas convirtiendo la escena en un caos total. No le paso nada, ya se sabe, los niños son de goma. Pudo haber sido una tragedia pero como no paso nada nos reímos mucho. En el recreo, en ese descampado del qué hablado antes y que nosotros cariñosamente llamábamos la plazoleta vivíamos en un mundo lleno de juegos y diversión. A veces se jugaba al churro y digo se porque yo lo odiaba, pero me gustaba jugar a los juegos de hacer cuadrados en el suelo y mover la piedra con el pie, nosotras, sobre todo jugábamos las niñas, le llamábamos jugar a la piedra, o al avión. También se podía patinar porque la plazoleta estaba en una cuesta y a cada lado de la plaza la superficie era la misma que la de las aceras, no era así en el resto de la plaza que era de tierra, una tierra que a veces se convertía en barro y en la que podías jugar al divertido juego del clavo, al que por alguna extraña lógica que desconozco se jugaba con un destornillador. Se hacía un cuadrado en el suelo se lanzaba el destornillador y cada uno iba acotando el espacio dejando para el siguiente menos y menos superficie. Simple, pero apasionante. Saltar a la cuerda, jugar a la goma, un sinfín de actividades que implicaban ejercicio físico, jugar en equipo, competición, todo un aprendizaje que para mí fue más importante que las clases en donde algunas de las cosas que nos enseñaban, a principios de los años 70 todavía  eran puro material fascista recomendado especialmente a los profesores, y sino pobres de ellos.

Volviendo al inicio de mi historia, yo debía tener unos diez años y un día la señorita Emma apareció entusiasmada diciendo que iba a venir un profesor de música para dar clases de guitarra como actividad extra escolar que además era guapísimo. Nos apuntamos varias alumnas con la esperanza de aprender el noble arte del rock and roll a la vez que nos deleitábamos con la belleza de ese profesor que prometía ser un Adonis. Cuando llegamos a la clase con nuestras flamantes guitarras casi se nos caen al suelo, nos sentamos en las sillas y pasamos la mayor parte de la primera clase conteniendo la risa. El profesor, no recuerdo su nombre era un hombre súper amable y encantador pero el pobre no podía ser más feo. Podría tener unos cuarenta años, extremadamente delgado, con una incipiente calvicie, una nariz aquilina muy prominente y unos ojos pequeños y oscuros. Llevaba unos zapatos con una punta exagerada y vestía camisa y pantalón oscuros. Total, la risa y la decepción se mezclaban a partes iguales en nuestros cerebros, cuando la cosa se puso todavía peor, nuestro supuesto adonis de la modernidad se empeñó en enseñarnos temas tan actuales como “Desde Santurce a Bilbao…” No salíamos de nuestro asombró, pero “Alea jacta es”, no había remedio. A pesar de todo era un buen profesor, no se puede decir  que estuviera a la última pero su dedicación era total y aunque sus canciones nos aburrían enormemente, por lo menos aprendimos los acordes básicos para poder tocar las canciones que nos gustaban por nuestra cuenta.

Y así, en el colegio Santa Regina fue como mi vida cambió radicalmente, comía en casa las deliciosas comidas que me preparaba mi abuela; ¡Ay esas croquetas de autentico pollo, las albóndigas deliciosas y de vez en cuando los canelones hechos a mano con las sobras del cocido…! Poco a poco mis amistades se fueron reforzando y pasaba horas y horas al teléfono con mis amigas, con la consiguiente irritación de mis padres que no entendían porque llamabas a tus amigas nada más llegar a casa, si acababas de verlas. Mi barrio estaba en el centro-norte de Madrid y estaba considerado como un buen barrio así que mi colegio no estaba mal pero no era un colegio de élite como del que tuve que marcharme. Eso me enseñó una lección para toda la vida. Lo primero, tener buenos amigos, aunque sea pocos es una de las cosas más importantes de la vida y segundo pero no menos importante, da igual donde estés, si no recibes cariño y respeto, vete. La vida está llena de sorpresas.

Agosto 2016.

Deja un comentario

Archivado bajo Relatos

La Sombra del Cuchillo

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Marga vivía con su madre Eloísa en Barcelona en una casa que solo tenía cinco pisos pero con muchas escaleras entre cada planta. Hoy sería una casa antigua pero para los años sesenta era una de tantas casas con barandillas de hierro y posa manos de madera y por supuesto, sin ascensor. Cada planta constaba de dos puertas una al lado de la otra con sus consiguientes viviendas y en frente un pasillo que te llevaba a las escaleras para subir a la siguiente planta. Marga viajaba mucho, era modelo y era bonita pero sabía vestirse y maquillarse tan bien que resultaba mucho más hermosa que la mayoría de sus compañeras. Marga tenía dos hermanos Julia y Ricardo que habían dejado la Ciudad Condal para buscarse la vida en otros mundos. Ricardo vivía en Francia y se había hecho músico siempre viajaba con su guitarra y silbaba como un ángel. Julia también era modelo pero sus pasos se dirigieron a la capital donde empezó a trabajar en el teatro se casó y tuvo una hija, Estrella. Así que Marga se quedó sola, echaba de menos a sus hermanos. Ser modelo no le entusiasmaba porque en el fondo de su alma era muy tímida, hubiera preferido estudiar una carrera pero tenía que ganarse la vida y ayudar a su madre. No siempre desfilaba en pasarelas, a veces eran eventos. La semana anterior había tenido que viajar a San Sebastián a un festival que organizaba una conocida marca. Estaba contenta porque venía de recoger varios regalos que habían sobrado de la promoción que hizo en San Sebastián para su sobrina Estrella, que ahora contaba con  5 años de edad y pronto vendría de vacaciones.  Estrella era una niña alegre e imaginativa y ahora estaba pasando unos días en un pueblo de Lérida donde su tía abuela Mercedes tenía una panadería. Le encantaba el olor del pan recién hecho, ayudar a su tita a colocar los productos en las estanterías, jugar con los gatos que buscaban el calor del horno y machacar violetas para hacer colonia, en resumen, era una niña feliz. Ese día Estrella estaba jugando  al lado de la puerta de entrada intentando desenredar las dichosas cortinas que colgaban ruidosas y que servían perfectamente para asustar a las moscas que intentaban desesperadamente acercarse a las deliciosas cocas y ensaimadas que descansaban tentadoras en las estanterías, cuando sonó el teléfono. El teléfono se encontraba a la derecha pegado a la pared en la parte de detrás del mostrador y por la forma de sonar parecía que casi se estaba moviendo, loco de impaciencia. Mercedes cogió el teléfono.

  • Hola ¿qué tal Eloísa? – de pronto la voz alegre de Mercedes dejo paso a un tono de incrédulo terror–  ¿Qué…cómo…Marga? Pero Dios mío…no puede ser…pero qué dices…la atacó un hombre con un cuchillo… ¿dónde…en el portal? ¿Pero, está bien? Ay virgen santísima… menos mal. Menos mal que la vieron a tiempo ¿quién la llevó al hospital? Claro, si es que José Luis es un buen hombre…menos mal que él la vio. Claro, no te preocupes, si Estrellita está muy bien aquí jugando conmigo en la tienda. No, desde luego que no, tú no te preocupes. Un beso cariño mañana te llamaré para ver qué tal va todo. Adiós…adiós.
  • ¡Ay Dios mío – dice entre lágrimas – ay Dios mío!
  • ¿Qué pasa tía? ¿Qué le pasa a la tía Marga?
  • Nada cariño.
  • ¿Quién es ese hombre con un cuchillo? ¿Qué le ha pasado a tía Marga?
  • A tía Marga no le ha pasado nada, fue a una amiga suya.
  • ¿Y qué le pasó?
  • Un hombre malo le atacó en el portal de su casa, a la pobre.

 

Marga llevaba los regalos para Estrella en una bolsa colgando de su brazo derecho y la cambió a su brazo izquierdo para sacar la llave del portal. Justo en ese momento desde las sombras apareció un hombre con un enorme cuchillo de cocina. Marga no vio el cuchillo y siendo una joven educada se apartó para dejar pasar al que pensaba que podía ser un vecino. Sus buenos modales le salvaron  la vida. El cuchillo que iba directo al corazón le hizo una raja de lado a lado en el escote dejando una herida considerable, pero sin llegar a su corazón como pretendía el asesino. En estado de shock Marga subió las escaleras sangrando profusamente repitiendo como un mantra: Un hombre…un hombre…un hombre… un hombre…La confusión se adueño de ella y la única idea que dominaba su mente era subir, subir y refugiarse en su hogar, subir y huir de esa oscuridad  en la que sólo podía ver un escalón tras otro y las manchas de sangre que iban dejando el rastro de su paso. José Luis, el vecino del piso de abajo y su mujer Luisa la oyeron y la hicieron entrar en su casa para evitar que su madre la viera en esas condiciones. Intentaron parar la hemorragia y luego fueron a avisar a su madre y José Luis se ofreció a llevarla al hospital. Le dieron 17 puntos. Luego se enteraron de que el hombre había asesinado a una pareja anteriormente. Marga tuvo suerte, se salvó de milagro, desde entonces no le gusta mucho salir de casa, ahí se siente protegida.

Estrella siempre supo que no había ninguna amiga a la que clavaron un cuchillo en el portal, siempre supo que era a su tía Marga. Años más tarde se enteró de toda la historia. Nunca pudo sacar la llave y abrir el portal por la noche, sin miedo. Años más tarde, cuando Estrella era una adolescente volvía a su casa por la noche y de repente oyó unos pasos. La calle estaba en silencio y los pasos retumbaron en su cerebro como un eco amplificado de su terror. Empezó a apresurarse y los pasos se volvieron cada vez más insistentes, aterrada empezó a correr y no paró hasta llegar al portal. El portal era grande, a cada lado había una escalera y en el centro una rampa que llevaba al garaje. La enorme puerta tenía un cristal y a lo largo de toda la superficie había unas robustas barras de hierro a modo de reja. Estrella entró y se dirigió hacia las escaleras que la llevarían, ahora que estaba a salvo, a su refugio pero no pudo evitar la tentación de parar y mirar atrás. No había nadie, pensó que su miedo le había jugado una mala pasada, se dio la vuelta para subir pero giró la cabeza una vez más y entonces lo vio, ahí estaba el hombre, agarrado a las barras de la puerta del portal, intentando atisbar hacia donde había escapado su víctima. El miedo se convirtió en un fiel aliado de Estrella, se pegó a ella como una segunda piel que la protegía de los peligros del mundo. No se encerró en casa, ni evitaba el contacto con el mundo, no, no era eso, era simplemente que el miedo era parte de su ser, igual que una pierna o un brazo, estaba ahí y lo aceptó como algo inevitable.

A los diecisiete años Estrella era una joven despreocupada y rebelde siempre con problemas en casa y desafiando la autoridad de sus padres como suele ocurrir en este tipo de edad. La hora de llegar a casa siempre era un problema pero ella luchaba permanentemente por añadir más y más tiempo a esos momentos de alegría donde no tenía que soportar las constantes recriminaciones y se sentía tan a gusto con sus amigos oyendo música, fumando porros y hablando de libros, política o simplemente sobre la vida y riendo sobre el futuro, siempre tan lejano. Esa noche volvía un poco tarde y estaba algo nerviosa pensando en su padre echándole la bronca una vez más. Abrió el portal y sintió que detrás había alguien, miro de reojo y vio a un joven, un vecino, pensó. Se dirigió al ascensor y toco el botón, de repente sintió a su espalda un fuerte olor a alcohol y noto como el joven se estaba pegando a su espalda más y más. En un abrir y cerrar de ojos la mano del joven se coló entre sus piernas y se posó en su sexo. Estrella se dio la vuelta furibunda y empezó a perseguir al alcoholizado joven profiriendo tales insultos que él jamás hubiera pensado que aquella aparentemente delicada y tímida criatura pudiera proferir y sorprendido por su ira, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Una vez que el joven había abandonado el edificio Estrella cogió el ascensor y subió a su casa. Le temblaban las piernas. En la casa había invitados así que nadie le comento nada sobre su hora de llegada. Se fue a su habitación, templo y refugio de toda joven rebelde y mirándose al espejo sonrió. Desde ese momento supo que aunque probablemente el miedo no desapareciera, aunque la acompañara siempre disfrazado como la sombra de un hombre con un cuchillo, ella lucharía, no sería una víctima. No era una pobre mujer indefensa, en realidad nunca lo había sido.

2 comentarios

Archivado bajo Relatos

Munich un Oasis en mi Infancia III – Aventura en el Lago

Un lago en BavieraLos fines de semana nos íbamos de excursión y eran siempre una aventura. En esta foto estamos con unos amigos de Ingrid y de mi tío, siento no acordarme de sus nombres aunque sí de ellos porque eran estupendos. Viajábamos en su coche, un coche gracioso amarillo tipo escarabajo descapotable que era muy especial, casi parecía de juguete pero zigzagueaba en las curvas como un caballo de carreras. Casi puedo recordar el aire azotando mi cara subiendo por esas montañas tan escarpadas con lagos de un verde azulado asomando a cada esquina. En otro de esos viajes por las montañas, aunque creo que no fue el de la foto, que hicimos en el coche de mi tío nos paso algo extraordinario que no he podido olvidar. Fuimos a casa de unos amigos que tenían un huerto. Estuvimos recogiendo fresas y disfrutando de un día fabuloso. Un rato después de comer y tomar una deliciosa tarta hecha con esas mismas fresas que sabían a gloria, es decir que sabían realmente a fresas,  se decidió que aprovechando el calor podíamos ir a nadar al lago. Nunca fui una experta nadadora supongo que es porque me caí a una piscina cuando era pequeña recogiendo las hojas de los pinos con uno de esos palos que tienen un circulo metálico y una red en su interior, y estuve a punto de ahogarme, pero eso es otra historia. Así que ahí estábamos en ese fabuloso lago disfrutando de un sol brillante y un calor que incitaba a meterse en el agua tranquila y brillante ante la mirada protectora de las montañas que nos rodeaban impasibles. Subimos a un barco para alejarnos un poco de la orilla. En el barco sólo íbamos mujeres porque el plan era ir al centro del lago desnudarnos y lanzarnos a esa agua refrescante y acogedora. Nadando entre risas y bromas, yo estaba algo tímida, pero ya me iba acostumbrando a los cuerpos desnudos que veía en revistas como Stern y España empezaba a parecerse a un lugar distante, sin color y aunque yo no era consciente por aquel entonces, sin libertad. De repente el cielo empezó a cubrirse de nubes y las luces de aviso de peligro que había apostadas en la orilla se encendieron. No recuerdo muy bien si alguien vino a avisarnos o si decidimos ponernos los bañadores y volver, pero mientras nos dirigíamos hacia la orilla empezó a llover. Cuando llegamos al embarcadero llovía más y más, así que volvimos a la casa, recogimos, nos despedimos rápidamente y ya bajo una lluvia que caía a cántaros, nos metimos en el coche. Estaba oscureciendo y emprendimos el camino de vuelta, empezaron los truenos y los rayos y llegó un momento que llovía tanto que tuvimos que parar el coche porque el limpia parabrisas no daba a basto y no se veía nada de nada. Aun así como estábamos lejos del lago, pero aun así, atónitos conseguimos ver como olas enormes surgían de lago como si el lago quisiera salir volando a ese cielo que solo hacía unas horas era azul y brillante. Ese día me di cuenta de que si no hubiéramos salido de ahí a tiempo, no hubiéramos salido nunca. Me di cuenta también de que la naturaleza es hermosa pero caprichosa y de lo frágiles que somos. Todo puede cambiar en un momento.

Deja un comentario

Archivado bajo Historias de Fotos

Munich un Oasis en mi Infancia II

by Carlos Carresi

A la mañana siguiente podéis imaginar cómo estaba. Tenía el jaquecón del siglo y el estómago tan revuelto que no pude ni desayunar. Salimos a primera hora y no recuerdo mucho de ese viaje. Recuerdo que cuando estuvimos en Suiza no pude ni probar el chocolate y que dormimos en un hotel que parecía salido de una postal. A pesar de mi hangover , cuando no dormía o hacía a mi tío parar el coche para aliviar mi vejiga desesperada, me encantó el viaje. Era toda una aventura, salir de España, otro país, un mundo nuevo, una experiencia que cambiaría mi visión del mundo y mi futuro para siempre.

La casa de Múnich era espectacular, tenía 4 plantas y jardín. Mi habitación estaba en el último piso enfrente de la de Ingrid y mi tío. Era una habitación abuhardillada con una ventana en el techo. Era enorme y tenía un sofá cama y una mesa de despacho con cajones donde luego pasaría horas interminables jugando a las tiendas con los impresos bancarios que cogía disimuladamente cada vez que acompañaba a mi tío a un banco. Yo misma hacía todos los personajes que tenían todo tipo de conversaciones. Cuando me cansaba escuchaba música en el tocadiscos que también tenía en mi habitación, o tocaba la guitarra ya que mi tío había sido cantante y la música siempre estaba presente en su vida. También tenía televisión, eso sí, en Alemán y tengo que reconocer que lamentablemente no conseguí aprender más que cuatro o cinco palabras. En mi habitación había una puerta mágica durante el día y terrorífica por las noches que daba a la buhardilla. Era realmente fabulosa esa buhardilla, allí descubrí la colección de monedas de mi tío, y montones de fotografías, a él siempre le ha gustado hacer fotografías y más cosas misteriosas que acrecentaban mis fantasías sobre la emocionante vida de mi tío.
Las noches eran otra cosa. Cuando tenía 8 años no podía dormir porque sentía como miles de insectos devoraban mis pies. Fui a una psicóloga o psiquiatra, me tuve que cambiar de colegio y me recetaron unas pastillas para dormir. Eran algo fuertes y a mis once años estaba tomándome una pastilla y media, aunque creo que mis padres pensaban que tomaba media. En Barcelona decidí, yo solita, que esa era mi oportunidad para acabar con esa situación, así que me las dejé allí. Mis primeras noches fueron horrorosas porque oía ruidos constantes en la buhardilla e imaginaba terroríficas criaturas que en cualquier momento, si me dormía, aparecerían y me cortarían en trozos como a un animal en un matadero o fantasmas que me estrangularían en cualquier momento. Menos mal que la luz tenía, oh maravilla de la ciencia, un botón con el que podías darle vuelta y regular la intensidad de la luz. Poco a poco, eso fue pasando pero al principio me dormía por las esquinas porque mi tío me dijo – Desayunamos a las 8 (creo recordar), sino tendrás que hacerte el desayuno, y yo no quería perderme ese delicioso desayuno con huevo, queso, tostadas, salchichas…era fabuloso. Y así deje las pastillas para dormir, nunca más he vuelto a tomarlas. Cuando me cansaba de mi pequeño paraíso particular bajaba a la planta baja donde estaba José Luis. José Luis era español, y tenía veintitantos años, vino con nosotros en el viaje para trabajar en Múnich como mecánico dentista y vivía en la planta baja de la casa. Le gustaba mucho provocarme para hacerme rabiar pero era un chico estupendo y yo le tenía mucho cariño. A veces me llevaba al parque que había cerca y me daba charlas sobre la vida y me decía que tenía que entender a mis padres y cosas por el estilo, otras veces iba con Ingrid o con mi tío o con los dos. El parque era precioso con una hierba de un verde intenso y con ciervos correteando por ahí a los que dábamos trozos de pan. A veces mi tío bajaba a trabajar al taller a arreglar piezas de dentaduras y charlábamos mientras yo miraba fascinada como derretía la cera con el soplete y hacía de la nada dientes perfectos, blancos y brillantes. Un artista.

1 comentario

Archivado bajo Historias de Fotos

Munich un Oasis en mi Infancia I

Esta historia está dedicada a mi tio Carlos con todo mi cariño.

Esta foto me encanta. Tengo 11 años y soy feliz. Hacía mucho tiempo que no era tan feliz. Viaje a Múnich
Mi tío Carlos, hermano de mi madre me había invitado a pasar los meses de vacaciones de verano en Munich. El llevaba ya un tiempo viviendo allí con su pareja, una fantástica alemana que me dio su cariño y una imagen de lo que podía ser una mujer independiente fuera de aquella España gris que yo no llegaba a comprender, ni siquiera a mis inocentes once años. Se llamaba Ingrid y jamás la he olvidado. Mi tío estaba viviendo allí y trabajando con Ingrid en su clínica dentista y también haciendo trabajos en el laboratorio que estaba en la parte de abajo de la casa. El viaje empezó de una forma un poco alucinante. La noche antes de salir de Barcelona,  donde estaba con mi abuela al principio de las vacaciones, se celebraba la famosa noche de San Juan. En aquella época los niños allí se pasaban por las casas para recoger muebles o trozos viejos de madera para hacer hogueras en los cruces de las calles, era una fiesta grandiosa y si te asomabas al balcón podías ver en todos los cruces crepitantes hogueras que iluminaban toda la ciudad. Mi abuela y yo vivíamos antes en Barcelona, pero nos mudamos a Madrid para vivir con mi madre y mi padrastro aunque seguíamos teniendo la casa e íbamos allí, en vacaciones, algunas fiestas o para ver a la familia. En Barcelona mis mejores amigos eran unos vecinos un poco mayores que yo Jaume y Pau, dos hermanos que vivían en el piso de abajo y con los que había pasado la mayor parte de mi infancia. Hacía tiempo que no les veía pero no sé porque esta vez al ver a Pau, con esa arrebatadora pasión que tienen los niños, sentí que era el amor de mi vida no podía dejar de pensar en él. Desde que le había visto la última vez se había comprado una guitarra y a mí, tengo que reconocerlo, los músicos siempre me han fascinado. Así que Jaume y Pau iban a celebrar la fiesta de San Juan en la azotea del edificio. Adoraba esa azotea donde había pasado muchos ratos de felicidad con la imaginación como aliada de mis momentos solitarios cuando mi yaya, así llamabamos a mi abuela, se dedicaba a coser un vestido tras otro para sacarnos adelante mientras mi madre viajaba trabajando en el teatro, para buscar un futuro para las tres. Mis amigos vinieron a invitarme para la fiesta pero yo era tan enfermizamente tímida a mis once años que dije que no. Llego la noche y mi pasión amorosa crecía paralela a mi terror a enfrentarme a los amigos y sobre todo amigas de mis vecinos, que por supuesto eran todas mayores que yo.  Me imaginaba sola en una esquina del terrado que es como llamábamos a la azotea, viendo como todos se reían, charlaban y bailaban…un horror. Así que decidí emborracharme. Sé que es difícil de creer que a mis once añitos tomara tal decisión, pero así era yo de melodramática…hija de actores, que le vas a hacer. Me dieron un poquito de vermut, muy típico en Cataluña por lo menos en aquella época, pero durante la cena y cuando nadie me veía me bebí un vaso entero de vino blanco. Nadie se había dado cuenta y con el postre me dieron otro poquillo de champan. La borrachera fue monumental, recuerdo a mi abuela enfadada diciendo – ¿pero qué has hecho? Estás borracha…pero ¿qué ha hecho está niña? Ven aquí.- Yo le contestaba – No, yaya, déjame yo quiero estar con Ingrid – Por su parte Ingrid llena de comprensión me abrazaba y me acariciaba el pelo mientras yo le miraba con amor y como una princesa protegida por su hada madrina le acariciaba la cara y le decía – ¡Guapa Ingrid, guapa!

Al día siguiente salimos en el flamante Mercedes de mi tío, el de la foto, para Alemania. Mi resaca era sólo comparable a mi tristeza por no volver a ver a Pau pero a la vez había la expectación de salir de España hacia un nuevo mundo.

Continuará…

2 comentarios

Archivado bajo Historias de Fotos