Archivo de la etiqueta: libertad

Cuando Sea Mayor

Marina Carresi a los 6 años
Photo by P A López

Cuando sea mayor

no me convertiré en vampiro,

ni seré el espectro

oscuro y terrorífico

que no cree en la luna.

 

Cuando sea mayor

seguiré jugando con mi gato,

siempre loco, amarillo,

buzo eterno en mis caricias.

 

Cuando sea mayor,

no tendré una casa

de inmaculados muebles,

oliendo a tristeza,

podridos de mentiras.

 

Cuando sea mayor,

huiré de la sonrisa

en piedra custodiada,

falsa pariente

de la carcajada altiva.

 

Cuando sea mayor,

tendré sonrisas convertidas

en flores perfumadas,

y arrancaré la infancia

de baúles remotos.

 

Rescataré a la niña

del álbum carcelero

y las paredes huecas,

para que juegue siempre

con los espejos nuevos.

 

He rescatado este poema que escribí hace muchos años, no era una niña pero era muy joven. Era toda una declaración de intenciones y ahora, en la madurez, me alegra ver que no estaba muy equivocada. Estoy en el trabajo de rescatar a esa niña “para que juegue siempre con los espejos nuevos”.

Anuncios

7 comentarios

Archivado bajo Poemas

¡Cuídate, América, del Dragón de Fuego!

El Dragón de Fuego
Fotomontaje Marina Carresi

Las calles de América

están asustadas,

lloran y tiemblan

ante el dragón de fuego

que expulsa llamas

de su gigante boca

podrida de avaricia

asco y miseria.

 

El infierno

abrió sus fauces

para dejarle salir

con su sonrisa

malévola,

llevando el odio

sembrando el miedo

y agitando su bandera.

 

Su arrogancia

transporta

la oscura antorcha

de la mentira obscena,

para quemar los bosques

envenenar el aire

emponzoñar el agua

sembrar la guerra.

 

El dragón de fuego

ha venido

¿le hemos dejado entrar

para destruir la tierra?

Junio 2018

Deja un comentario

Archivado bajo Poemas

La Deportista Patética 3 – La Patosa del Vespino

No he conseguido encontrar una foto en bicicleta pero esta foto es de esa época. Lo de la moto fue un par de años después.

Aprendí a montar en bicicleta, me costó, pero aprendí. Me encantaba pedalear por los caminos cuando iba de vacaciones a la sierra de Madrid, donde mis padres alquilaban una casa durante el verano. Me gustaba mucho ir en bicicleta por el campo con mis amigas, me invadía una sensación de libertad acompañada de un estimulante olor a jara y tomillo que invadía todo mi ser. Un par de años después, durante otras vacaciones en la sierra, mi amiga Nuria me prestó su vespino, yo estaba un poco aprensiva porque no tenía ni idea de cómo llevar un trasto que tenía motor. Creo que tuvieron que ayudarme para ponerla en marcha; empiezo despacio y poco a poco mi sensación de seguridad va en aumento, se me pone cara de velocidad, siento el aire azotando mi pelo y pienso que como es que no he descubierto una máquina tan fabulosa antes, un vehículo tan liberador, tan divertido, tan…hasta que veo que hay varios coches detrás de mí. Quiero indicarles que me adelanten, pero al soltar el manillar para avisar a los conductores, que según mi percepción se multiplican por segundos como el malvado de Matrix, empiezan los problemas. Voy reduciendo por si acaso, reduzco, reduzco, saco la mano y zas, la moto se va hacia un lado y se cae, yo consigo no caerme, porque la suelto a tiempo, pero giro la cabeza y en el colmo de la humillación veo lo que para mí en aquel momento era una fila enorme de coches, que debían ser tres o cuatro, esperando a que la patosita levante la moto y se aparte; me costó lo mío, lo conseguí, pero no volví a coger una moto en mi vida. No es que me dieran miedo las motos, montaba detrás de mis amigos “de paquete” por campo y carreteras; de hecho acompañando a un amigo que tenía una Ossa Desser recorrimos un circuito de motocross y no salí volando como una perdiz porque me agarre a su barbilla, pero estuve muy cerca de acabar en uno de los hoyos por los que saltábamos alegremente como si no hubiera un mañana. Lo que me daba miedo era conducir yo. Si hay algún dios griego, cristiano o de cualquier otra creencia que protege a los deportistas, estaba claro desde hacía años que yo no le interesaba en lo más mínimo, así que para que arriesgarse.

Deja un comentario

Archivado bajo Historias de Fotos

Munich un Oasis en mi Infancia III – Aventura en el Lago

Un lago en BavieraLos fines de semana nos íbamos de excursión y eran siempre una aventura. En esta foto estamos con unos amigos de Ingrid y de mi tío, siento no acordarme de sus nombres aunque sí de ellos porque eran estupendos. Viajábamos en su coche, un coche gracioso amarillo tipo escarabajo descapotable que era muy especial, casi parecía de juguete pero zigzagueaba en las curvas como un caballo de carreras. Casi puedo recordar el aire azotando mi cara subiendo por esas montañas tan escarpadas con lagos de un verde azulado asomando a cada esquina. En otro de esos viajes por las montañas, aunque creo que no fue el de la foto, que hicimos en el coche de mi tío nos paso algo extraordinario que no he podido olvidar. Fuimos a casa de unos amigos que tenían un huerto. Estuvimos recogiendo fresas y disfrutando de un día fabuloso. Un rato después de comer y tomar una deliciosa tarta hecha con esas mismas fresas que sabían a gloria, es decir que sabían realmente a fresas,  se decidió que aprovechando el calor podíamos ir a nadar al lago. Nunca fui una experta nadadora supongo que es porque me caí a una piscina cuando era pequeña recogiendo las hojas de los pinos con uno de esos palos que tienen un circulo metálico y una red en su interior, y estuve a punto de ahogarme, pero eso es otra historia. Así que ahí estábamos en ese fabuloso lago disfrutando de un sol brillante y un calor que incitaba a meterse en el agua tranquila y brillante ante la mirada protectora de las montañas que nos rodeaban impasibles. Subimos a un barco para alejarnos un poco de la orilla. En el barco sólo íbamos mujeres porque el plan era ir al centro del lago desnudarnos y lanzarnos a esa agua refrescante y acogedora. Nadando entre risas y bromas, yo estaba algo tímida, pero ya me iba acostumbrando a los cuerpos desnudos que veía en revistas como Stern y España empezaba a parecerse a un lugar distante, sin color y aunque yo no era consciente por aquel entonces, sin libertad. De repente el cielo empezó a cubrirse de nubes y las luces de aviso de peligro que había apostadas en la orilla se encendieron. No recuerdo muy bien si alguien vino a avisarnos o si decidimos ponernos los bañadores y volver, pero mientras nos dirigíamos hacia la orilla empezó a llover. Cuando llegamos al embarcadero llovía más y más, así que volvimos a la casa, recogimos, nos despedimos rápidamente y ya bajo una lluvia que caía a cántaros, nos metimos en el coche. Estaba oscureciendo y emprendimos el camino de vuelta, empezaron los truenos y los rayos y llegó un momento que llovía tanto que tuvimos que parar el coche porque el limpia parabrisas no daba a basto y no se veía nada de nada. Aun así como estábamos lejos del lago, pero aun así, atónitos conseguimos ver como olas enormes surgían de lago como si el lago quisiera salir volando a ese cielo que solo hacía unas horas era azul y brillante. Ese día me di cuenta de que si no hubiéramos salido de ahí a tiempo, no hubiéramos salido nunca. Me di cuenta también de que la naturaleza es hermosa pero caprichosa y de lo frágiles que somos. Todo puede cambiar en un momento.

Deja un comentario

Archivado bajo Historias de Fotos