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La Deportista Patética 5 – El Esquí No Es Para Mi

Foto hecha por mi tio Carlos Carresi en Navacerrada (un poco retocada porque estaba oscura)

Mi tío prosiguió en su empeño de llevarme por el buen camino de la vida sana  y aquí podéis ver la foto que me sacó él mismo con su polaroid, cuando nos llevó a mi amiga Ana y a mí a Navacerrada. Lo que son las apariencias ¿verdad? Parezco toda una figura del esquí, segura de mi misma llena de vitalidad y energía…eso fue antes de que intentara darme la vuelta con los esquís en una pendiente, creo que se llama o se llamaba “vuelta María”, a lo mejor porque la primera vez que lo haces tienes que pedir ayuda a la virgen. No conseguí hacerlo y se puede decir que mi tío estaba tan enfadado por mi actitud que podría haber creado un pequeño lago en el suelo, provocado por las chispas que le salían causadas por la impotencia de ver que tenía una sobrina, encantadora y a la que quería mucho, sí, pero torpe a más no poder.

Aun así, yo no podía rendirme tan fácilmente, así que cuando mis amigas organizaron una excursión a Navacerrada, me apunte sin dudarlo aunque fuera volviendo al “lugar del crimen”, tenía que conseguirlo, enfrentarme a mis miedos, demostrar que yo podía vencer a mi triste destino en el mundo del deporte. Ni corta ni perezosa me puse los esquís y seguí a mis amigas y al grupo que las acompañaba. Cogí el telesquí y pensé que había que sentarse sobre el saliente que lleva la barra que te sube hasta la cima…y me caí. Lo intenté de nuevo y volví a caer; mis amigas se esforzaban en darme instrucciones pero la gente iba adelantándome y al final estaba ahí, sola con mi desesperación. No podía consentirlo, no me iba a dejar doblegar por las circunstancias y decidí subir andando, aunque fuera con los esquís puestos. Según iba subiendo vi como dos personas esquiando bajaban en camilla a un joven, por lo que se podía deducir rápidamente que estaba herido; pero por si no había quedado claro, subiendo un poco más vi un enorme charco de sangre al lado de unas piedras. Tengo que reconocer que eso fue la puntilla, sin parar pero con mucho cuidado, decidí bajar lo antes posible y llorar un rato antes de que mis felices y exultantes amigas se encontraran conmigo intentando entender qué me había pasado. Quise explicárselo pero fue inútil, así que nos reímos un rato y volvimos a casa. Cómo se puede explicar lo inexplicable, esta incapacidad mía para alcanzar el saludable espíritu deportista que parece estar presente de forma inevitable en nuestra competitiva, perfecta y saludable sociedad.

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La Deportista Patética 4 – El Caballito Alemán

Foto con mi tio en la antigua Checoslovaquia. No es en Alemania pero es en el mismo verano del relato.

Mi pobre y querido tío siempre quiso expandir mis límites, y uno de sus intentos fue con el deporte.  La primera vez  fue cuando yo tenía once años y estaba pasando unas vacaciones en Alemania, en donde él estaba viviendo con su pareja de entonces, Ingrid. Eran las fiestas en Munich y recorriendo las atracciones me empeñé en montar en un caballo de esos que daban vueltas en un círculo. Hoy en día es muy triste ver a esos pobres animales dando vueltas y vueltas y espero que ese tipo de atracciones desaparezcan, pero estamos hablando de los años setenta, es decir, otro mundo.  En parte, la culpa de mi obsesión por subir a la grupa de un caballo fue de una de mis lectura favoritas de adolescente, una serie de libros cuya protagonista, que daba el nombre a la serie era Jill, una jovenzuela que descubría en los caballos la pasión de su vida; incluso me dio por comprarme figuritas de caballos de porcelana de distintos colores, aun conservo alguna. Cuando leía estas historias me imaginaba trotando y galopando por campos verdes surcados por arroyos y centelleantes lagos, invadida por una exultante emoción.

Uno de los libros de Jill, escrito por Ruby Ferguson

Así que me monté. Es una lástima, pero que distinta era la realidad de lo que mi mente imaginaba. Siempre había visto en las películas a los vaqueros sujetando las bridas y pensé, bueno, así me podré agarrar a algo. No fue así, te ayudaban a subir a la montura que tenía una especie de saliente que quedaba entre tus piernas y tenías que agarrarte ahí. Me pasé todo el tiempo que duraba la atracción llorando como una loca y diciendo ¡quiero bajar, por favor, por favor quiero bajar…que alguien me baje! Los alemanes, no me entendían y hasta les hacía algo de gracia y mi tío, que como he dicho antes quería expandir mis límites negaba con la cabeza y tuve que aguantar hasta el final. Por supuesto no he vuelto a subir a un caballo en mi vida, aunque tengo que reconocer que el trágico accidente de Christopher Reeves, el atractivo actor que hacía de Superman tampoco me ayudo mucho a superar mis miedos ecuestres. Eso sí me siguen gustando mucho los caballos y he les he fotografiado con mucho cariño, no he superado mi miedo a montar, pero veo las fotos y es un consuelo.

Caballos en el campo. Photo by Marina Carresi

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La Sombra del Cuchillo

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Marga vivía con su madre Eloísa en Barcelona en una casa que solo tenía cinco pisos pero con muchas escaleras entre cada planta. Hoy sería una casa antigua pero para los años sesenta era una de tantas casas con barandillas de hierro y posa manos de madera y por supuesto, sin ascensor. Cada planta constaba de dos puertas una al lado de la otra con sus consiguientes viviendas y en frente un pasillo que te llevaba a las escaleras para subir a la siguiente planta. Marga viajaba mucho, era modelo y era bonita pero sabía vestirse y maquillarse tan bien que resultaba mucho más hermosa que la mayoría de sus compañeras. Marga tenía dos hermanos Julia y Ricardo que habían dejado la Ciudad Condal para buscarse la vida en otros mundos. Ricardo vivía en Francia y se había hecho músico siempre viajaba con su guitarra y silbaba como un ángel. Julia también era modelo pero sus pasos se dirigieron a la capital donde empezó a trabajar en el teatro se casó y tuvo una hija, Estrella. Así que Marga se quedó sola, echaba de menos a sus hermanos. Ser modelo no le entusiasmaba porque en el fondo de su alma era muy tímida, hubiera preferido estudiar una carrera pero tenía que ganarse la vida y ayudar a su madre. No siempre desfilaba en pasarelas, a veces eran eventos. La semana anterior había tenido que viajar a San Sebastián a un festival que organizaba una conocida marca. Estaba contenta porque venía de recoger varios regalos que habían sobrado de la promoción que hizo en San Sebastián para su sobrina Estrella, que tenía  5 años de edad y pronto volvería de las vacaciones.  Estrella era una niña alegre e imaginativa y ahora estaba pasando unos días en un pueblo de Lérida donde su tía abuela Mercedes tenía una panadería. Le encantaba el olor del pan recién hecho, ayudar a su tita a colocar los productos en las estanterías, jugar con los gatos que buscaban el calor del horno y machacar violetas para hacer colonia, en resumen, era una niña feliz. Ese día Estrella estaba jugando  al lado de la puerta de entrada intentando desenredar las dichosas cortinas que colgaban ruidosas y que servían perfectamente para asustar a las moscas que intentaban desesperadamente acercarse a las deliciosas cocas y ensaimadas que descansaban tentadoras en las estanterías, cuando sonó el teléfono. El teléfono se encontraba a la derecha pegado a la pared en la parte de detrás del mostrador y por la forma de sonar parecía que casi se estaba moviendo, loco de impaciencia. Mercedes cogió el teléfono.

  • Hola ¿qué tal Eloísa? – de pronto la voz alegre de Mercedes dejo paso a un tono de incrédulo terror–  ¿Qué…cómo…Marga? Pero Dios mío…no puede ser…pero qué dices…la atacó un hombre con un cuchillo… ¿dónde…en el portal? ¿Pero, está bien? Ay virgen santísima… menos mal. Menos mal que la vieron a tiempo ¿quién la llevó al hospital? Claro, si es que José Luis es un buen hombre…menos mal que él la vio. Claro, no te preocupes, si Estrellita está muy bien aquí jugando conmigo en la tienda. No, desde luego que no, tú no te preocupes. Un beso cariño mañana te llamaré para ver qué tal va todo. Adiós…adiós.
  • ¡Ay Dios mío – dice entre lágrimas – ay Dios mío!
  • ¿Qué pasa tía? ¿Qué le pasa a la tía Marga?
  • Nada cariño.
  • ¿Quién es ese hombre con un cuchillo? ¿Qué le ha pasado a tía Marga?
  • A tía Marga no le ha pasado nada, fue a una amiga suya.
  • ¿Y qué le pasó?
  • Un hombre malo le atacó en el portal de su casa, a la pobre.

 

Marga llevaba los regalos para Estrella en una bolsa colgando de su brazo derecho y la cambió a su brazo izquierdo para sacar la llave del portal. Justo en ese momento de las sombras apareció un hombre con un enorme cuchillo de cocina. Marga no vio el cuchillo y siendo una joven educada se apartó para dejar pasar al que pensaba que podía ser un vecino. Sus buenos modales le salvaron  la vida. El cuchillo que iba directo al corazón le hizo una raja de lado a lado en el escote dejando una herida considerable, pero sin llegar a su corazón como pretendía el asesino. En estado de shock Marga subió las escaleras sangrando profusamente repitiendo como un mantra: Un hombre…un hombre…un hombre… un hombre…La confusión se adueño de ella y la única idea que dominaba su mente era subir, subir y refugiarse en su hogar, subir y huir de esa oscuridad  en la que sólo podía ver un escalón tras otro y las manchas de sangre que iban dejando el rastro de su paso. José Luis, el vecino del piso de abajo y su mujer Luisa la oyeron y la hicieron entrar en su casa para evitar que su madre la viera en esas condiciones. Intentaron parar la hemorragia y luego fueron a avisar a su madre y José Luis se ofreció a llevarla al hospital. Le dieron 17 puntos. Luego se enteraron de que el hombre había asesinado a una pareja anteriormente. Marga tuvo suerte, se salvó de milagro, desde entonces no le gusta mucho salir de casa, ahí se siente protegida.

Estrella siempre supo que no había ninguna amiga a la que clavaron un cuchillo en el portal, siempre supo que era a su tía Marga. Años más tarde se enteró de toda la historia. Nunca pudo sacar la llave y abrir el portal por la noche, sin miedo. Años más tarde, cuando Estrella era una adolescente volvía a su casa por la noche y de repente oyó unos pasos. La calle estaba en silencio y los pasos retumbaron en su cerebro como un eco amplificado de su terror. Empezó a apresurarse, los pasos se volvieron cada vez más insistentes, aterrada empezó a correr y no paró hasta llegar al portal. El portal era grande, a cada lado había una escalera y en el centro una rampa que llevaba al garaje. La enorme puerta tenía un cristal y a lo largo de toda la superficie había unas robustas barras de hierro a modo de reja. Estrella entró y se dirigió hacia las escaleras que la llevarían, ahora que estaba a salvo, a su refugio pero no pudo evitar la tentación de parar y mirar atrás. No había nadie, pensó que su miedo le había jugado una mala pasada, se dio la vuelta para subir pero giró la cabeza una vez más y entonces lo vio, ahí estaba el hombre, agarrado a las barras de la puerta del portal, intentando atisbar hacia donde había escapado su víctima. El miedo se convirtió en un fiel aliado de Estrella, se pegó a ella como una segunda piel que la protegía de los peligros del mundo. No se encerró en casa, ni evitaba el contacto con el mundo, no, no era eso, era simplemente que el miedo era parte de su ser, igual que una pierna o un brazo, estaba ahí y lo aceptó como algo inevitable.

A los diecisiete años Estrella era una joven despreocupada y rebelde siempre con problemas en casa y desafiando la autoridad de sus padres, como suele ocurrir en este tipo de edad. La hora de llegar a casa siempre era un problema pero ella luchaba permanentemente por añadir más y más tiempo a esos momentos de alegría donde no tenía que soportar las constantes recriminaciones y se sentía tan a gusto con sus amigos oyendo música, fumando porros y hablando de libros, política o simplemente sobre la vida y riendo sobre el futuro, siempre tan lejano. Esa noche volvía un poco tarde y estaba algo nerviosa pensando que su padre le iba a echar la bronca una vez más. Abrió el portal y sintió que detrás había alguien, miro de reojo y vio a un joven, un vecino, pensó. Se dirigió al ascensor y toco el botón, de repente sintió a su espalda un fuerte olor a alcohol y noto como el joven se estaba pegando a su espalda más y más. En un abrir y cerrar de ojos la mano del joven se coló entre sus piernas y se posó en su sexo. Estrella se dio la vuelta furibunda y empezó a perseguir al alcoholizado joven profiriendo tales insultos que él jamás hubiera pensado que aquella delicada criatura pudiera proferir y sorprendido por su ira, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Una vez que el joven había abandonado el edificio Estrella cogió el ascensor y subió a su casa. Le temblaban las piernas. En la casa había invitados así que nadie le comento nada sobre su hora de llegada. Fue a su habitación, su refugio y mirándose al espejo sonrió. Desde ese momento supo que aunque probablemente el miedo no desapareciera, aunque la acompañara siempre disfrazado como la sombra de un hombre con un cuchillo, ella lucharía, no sería una víctima. No era una pobre mujer indefensa, en realidad nunca lo había sido.

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Munich un Oasis en mi Infancia II

by Carlos Carresi

A la mañana siguiente podéis imaginar cómo estaba. Tenía el jaquecón del siglo y el estómago tan revuelto que no pude ni desayunar. Salimos a primera hora y no recuerdo mucho de ese viaje. Recuerdo que cuando estuvimos en Suiza no pude ni probar el chocolate y que dormimos en un hotel que parecía salido de una postal. A pesar de mi hangover , cuando no dormía o hacía a mi tío parar el coche para aliviar mi vejiga desesperada, me encantó el viaje. Era toda una aventura, salir de España, otro país, un mundo nuevo, una experiencia que cambiaría mi visión del mundo y mi futuro para siempre.

La casa de Múnich era espectacular, tenía 4 plantas y jardín. Mi habitación estaba en el último piso enfrente de la de Ingrid y mi tío. Era una habitación abuhardillada con una ventana en el techo. Era enorme y tenía un sofá cama y una mesa de despacho con cajones donde luego pasaría horas interminables jugando a las tiendas con los impresos bancarios que cogía disimuladamente cada vez que acompañaba a mi tío a un banco. Yo misma hacía todos los personajes que tenían todo tipo de conversaciones. Cuando me cansaba escuchaba música en el tocadiscos que también tenía en mi habitación, o tocaba la guitarra ya que mi tío había sido cantante y la música siempre estaba presente en su vida. También tenía televisión, eso sí, en Alemán y tengo que reconocer que lamentablemente no conseguí aprender más que cuatro o cinco palabras. En mi habitación había una puerta mágica durante el día y terrorífica por las noches que daba a la buhardilla. Era realmente fabulosa esa buhardilla, allí descubrí la colección de monedas de mi tío, y montones de fotografías, a él siempre le ha gustado hacer fotografías y más cosas misteriosas que acrecentaban mis fantasías sobre la emocionante vida de mi tío.
Las noches eran otra cosa. Cuando tenía 8 años no podía dormir porque sentía como miles de insectos devoraban mis pies. Fui a una psicóloga o psiquiatra, me tuve que cambiar de colegio y me recetaron unas pastillas para dormir. Eran algo fuertes y a mis once años estaba tomándome una pastilla y media, aunque creo que mis padres pensaban que tomaba media. En Barcelona decidí, yo solita, que esa era mi oportunidad para acabar con esa situación, así que me las dejé allí. Mis primeras noches fueron horrorosas porque oía ruidos constantes en la buhardilla e imaginaba terroríficas criaturas que en cualquier momento, si me dormía, aparecerían y me cortarían en trozos como a un animal en un matadero o fantasmas que me estrangularían en cualquier momento. Menos mal que la luz tenía, oh maravilla de la ciencia, un botón con el que podías darle vuelta y regular la intensidad de la luz. Poco a poco, eso fue pasando pero al principio me dormía por las esquinas porque mi tío me dijo – Desayunamos a las 8 (creo recordar), sino tendrás que hacerte el desayuno, y yo no quería perderme ese delicioso desayuno con huevo, queso, tostadas, salchichas…era fabuloso. Y así deje las pastillas para dormir, nunca más he vuelto a tomarlas. Cuando me cansaba de mi pequeño paraíso particular bajaba a la planta baja donde estaba José Luis. José Luis era español, y tenía veintitantos años, vino con nosotros en el viaje para trabajar en Múnich como mecánico dentista y vivía en la planta baja de la casa. Le gustaba mucho provocarme para hacerme rabiar pero era un chico estupendo y yo le tenía mucho cariño. A veces me llevaba al parque que había cerca y me daba charlas sobre la vida y me decía que tenía que entender a mis padres y cosas por el estilo, otras veces iba con Ingrid o con mi tío o con los dos. El parque era precioso con una hierba de un verde intenso y con ciervos correteando por ahí a los que dábamos trozos de pan. A veces mi tío bajaba a trabajar al taller a arreglar piezas de dentaduras y charlábamos mientras yo miraba fascinada como derretía la cera con el soplete y hacía de la nada dientes perfectos, blancos y brillantes. Un artista.

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¿Dónde están los Santos?

 

Viéndolo venir,

viéndolo venir.

El torrente de sangre,

Painted by Guido Reni retouched by myself

Painted by Guido Reni
retouched by myself

el grito de la humanidad.

De hecho ya está aquí,

lejos pero aquí.

Los ojos inocentes,

el no comprender.

¿Qué pasa?¿Qué pasa?

¿Por qué? Preguntas

sin respuesta.

En manos de la avaricia

estamos y no escapamos

de su puño de hierro,

estrangulando nuestro

terror, terror al miedo,

a la pobreza, al dolor.

¿Dónde están los santos?

¿Dónde los héroes que

nos salven del cuchillo?

Quisiera no verlos

acercándose lentamente,

aproximándose sigilosamente

el dolor y la muerte

y el hombre y la sangre..

¿Dónde están los santos?

¿Dónde están los héroes

que nos salven de

este futuro, de este

Jinete que nos arrastra

al abismo?

 

Marina Carresi 2012

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23 F

 

Realizado durante la larga noche del 23 F de 1981

Realizado durante la larga noche del 23 F de 1981

Había ido a  llevar a mi hermano pequeño a unas clases de recuperación a un sitio que creo recordar estaba por el barrio de Salamanca. Era un niño muy inquieto. Íbamos en metro todas las semanas, yo me quedaba esperandole leyendo un libro y relajándome de los nervios que había pasado intentando controlarle en el viaje. El día 23 de Febrero de 1981 estaba, como siempre leyendo mi libro cuando una de las profesoras del centro me dijo muy agitada que mi padre estaba al teléfono (se refería a mi padrastro que hacía las funciones de padre para mi y era el padre de mis hermanos). Estaba terriblemente nervioso y me dijo: ¡Coge inmediatamente un taxi y ven a casa con tu hermano ahora mismo! Yo le pregunte que qué pasaba y repitió: ¡Te he dicho que cojas un taxi y que vengas a casa ahora mismo! Yo estaba muy asustada y me imaginaba todo tipo de cosas ¿Habría muerto alguien? ¿Se habría quemado la casa? ¿Se habría puesto alguien muy enfermo? Cuando llegué a casa el nerviosismo era evidente. Mi madre con los ojos desorbitados miraba la radio como si estuviera oyendo una historia de terror. En casa me enteré de que el Congreso de los Diputados había sido asaltado por unos golpistas y todo lo que estaba pasando tenía muy mala pinta. Mis padres trabajaban en TVE pero en cierta forma habían llevado una doble vida ya que pertenecían a CCOO (Comisiones Obreras) que fue ilegal durante muchos años, eran de hecho activistas. Estaban en una célula secreta y nuestra casa, vivíamos entonces en la calle Orense (que estaba en uno de los mejores barrios de Madrid por aquel entonces) se llamaba en clave la Casa Gallega y de vez en cuando se organizaban reuniones con otros miembros del partido comunista. Una vez detuvieron a todos los de su célula y ellos pasaron varias noches  vestidos como si fueran a asistir a una entrega de premios porque les habían dicho que si iban muy bien vestidos la policía les trataría mejor. Tal y como recuerdo lo que me contaron después finalmente no les detuvieron porque el chico (creo que era un chico joven) que les había delatado adoraba a ni madre no dijo sus nombres. En 1981 las cosas se habían calmado bastante desde que se había legalizado el PCE, pero esa noche el terror entró en nuestra casa. Yo cuando era niña nunca me había enterado de su secreto pero el 23 F de 1981 ya tenía 19 años y podía imaginar con toda claridad como al día siguiente podrían entrar por la puerta unos militares golpistas y llevarse a mis padres para fusilarlos. Esa noche la pasé haciendo este dibujo mientras el silencio se adueñaba de todos los miembros de mi familia, un silencio solo interrumpido por la radio y las marchas militares en la tele. Cuando el rey apareció para tranquilizar a la población, yo respiré y poco a poco fui terminando el dibujo, un dibujo que decidí guardar por si algún día me fallaba la memoria y se me olvidaba la cara de indignación, asco y miedo de mi madre frente a la radio.

 

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