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Margarita quiere vivir

El sábado 10 de Noviembre estuve viendo la obra de teatro “A Margarita”, un monólogo protagonizado por la actriz Sara Moros.

Conocí a Sara cuando éramos compañeras en la escuela de teatro de Cristina Rota. Más adelante estuvimos juntas en un proyecto basado en unos textos de Dorothy Parker. Yo lo iba a dirigir pero finalmente no salió adelante. La experiencia que tuve durante los ensayos al dirigir a Sara fue muy positiva. Era una persona trabajadora, disciplinada y abierta a la hora de experimentar. Hace años de esta historia. Manteniendo el contacto he visto a Sara progresar en su carrera a lo largo de varios años a través de los medios. Por razones que no vienen al caso, no la había visto desde hacía bastante tiempo y me ha encantado comprobar como Sara se ha convertido en una actriz extraordinaria.

Sara Moros protagonista en “A Margarita” (centro) Inma Isla (derch) Marina Carresi (izqu)

El texto, escrito con una enorme sensibilidad por Carlos Be narra, con un gran sentido del humor, el viaje emocional que hace la protagonista, Margarita, cuando descubre que le quedan 180 días de vida por culpa de un cáncer de vesícula biliar. Carlos Be ha sabido dar un enfoque honesto y sin romanticismos  sobre el cáncer y lo duro de su tratamiento. Sara con un trabajo impecable sabe perfectamente de lo que está hablando, pero además de transmitir una gran dosis de humanidad, consigue  sacar el máximo partido posible al humor en una situación verdaderamente dramática. Por otra parte la magnífica dirección de Sandra Dominique y el trabajo de todo el equipo, incluida mi amiga y estupenda actriz Inma Isla que colabora  como ayudante de dirección,  hacen que realmente merezca la pena ir al teatro.

Durante la obra transité por todo tipo de emociones: Me reí, me enfadé, lloré y sobre todo quise abrazar a Sara por hacerme sentir y pensar sobre la vida, la muerte, la soledad, el amor, la familia y todas las cosas que son importantes pero de las que no somos conscientes hasta que podemos perderlo todo, incluida la vida. Una obra fabulosa que todo el mundo debería ver.

 

 

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Cuando te Fuiste

 

Una jovencísima Nuria Carresi. Yo era pequeña cuando se hizo esta foto.

Cuando te fuiste

caí en un mar sin fondo,

donde el dolor y la culpa

como plantas agotadas,

luchaban impasibles

por un rayo de sol.

 

Cuando te fuiste

un trozo de mi ser

se perdió para siempre,

atrapado en el silencio

de un baúl vacio

y un armario hueco.

 

Nos hundimos,

cuando te fuiste;

pequeños barcos

sin luz y a la deriva

vagando en el lodo

de la melancolía.

 

Cuando te fuiste

aparté tu recuerdo,

lo enjaule en mi mente

como se enjaula a un lobo

que triste y frenético

aúlla a la luna.

 

Te perdí cuando te fuiste

pero a veces oigo

tu risa de niña

obligada a crecer

entre el dolor y el hambre

de una España negra.

 

Eras nuestra alma,

 la pieza central

de un puzle dislocado.

Arañando la alegría,

de ese cielo azul

que tanto amabas.

 

Ahora lo sé,

un poco de ti

vive en todos nosotros;

tu dulzura,

ese fue tu regalo

cuando te fuiste.

 

Dedicado a mi madre Nuria Carresi (1940-1999)

Noviembre 2017

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Open, la Isla Abierta

Una isla de mujeres poderosas. Photo Marina Carresi (retoque Nick Franklin)

Una isla de mujeres poderosas. Photo Marina Carresi (retoque Nick Franklin)

Dos hermanas luz y vida

deciden su camino,

crear su propia isla

de mujeres que gobiernan.

Dejan caer el ancla

de su flamante navío,

aceptando de otros mares

extranjeros peregrinos.

Marineras, no marinos,

la tripulación manejan

con sonrisas y trabajo

sujetando bien las velas.

Me gusta su isla flotante

con su nombre sin fronteras,

me gusta su hermosa isla

Open, la llaman, abierta.

 

Dedicado a mis amigas de Open School of Languages

por estar siempre ahí para echarnos una mano cuando lo hemos necesitado.

Febrero 2017

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Supervivientes

Buscando un hueco para sobrevivir - photo Marina Carresi

Buscando un hueco para sobrevivir – photo Marina Carresi

Hermosas supervivientes

se abren paso entre las piedras,

arrancando la luz entre las sombras.

Valientes  y salvajes,

delicadas pero fuertes,

ellas, como tú nos recuerdan

que la luz de la vida

se abre paso en los pequeños huecos.

Este poema está dedicado a mi amiga Sara Moros.

Febrero 2017

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La Sombra del Cuchillo

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Marga vivía con su madre Eloísa en Barcelona en una casa que solo tenía cinco pisos pero con muchas escaleras entre cada planta. Hoy sería una casa antigua pero para los años sesenta era una de tantas casas con barandillas de hierro y posa manos de madera y por supuesto, sin ascensor. Cada planta constaba de dos puertas una al lado de la otra con sus consiguientes viviendas y en frente un pasillo que te llevaba a las escaleras para subir a la siguiente planta. Marga viajaba mucho, era modelo y era bonita pero sabía vestirse y maquillarse tan bien que resultaba mucho más hermosa que la mayoría de sus compañeras. Marga tenía dos hermanos Julia y Ricardo que habían dejado la Ciudad Condal para buscarse la vida en otros mundos. Ricardo vivía en Francia y se había hecho músico siempre viajaba con su guitarra y silbaba como un ángel. Julia también era modelo pero sus pasos se dirigieron a la capital donde empezó a trabajar en el teatro se casó y tuvo una hija, Estrella. Así que Marga se quedó sola, echaba de menos a sus hermanos. Ser modelo no le entusiasmaba porque en el fondo de su alma era muy tímida, hubiera preferido estudiar una carrera pero tenía que ganarse la vida y ayudar a su madre. No siempre desfilaba en pasarelas, a veces eran eventos. La semana anterior había tenido que viajar a San Sebastián a un festival que organizaba una conocida marca. Estaba contenta porque venía de recoger varios regalos que habían sobrado de la promoción que hizo en San Sebastián para su sobrina Estrella, que tenía  5 años de edad y pronto volvería de las vacaciones.  Estrella era una niña alegre e imaginativa y ahora estaba pasando unos días en un pueblo de Lérida donde su tía abuela Mercedes tenía una panadería. Le encantaba el olor del pan recién hecho, ayudar a su tita a colocar los productos en las estanterías, jugar con los gatos que buscaban el calor del horno y machacar violetas para hacer colonia, en resumen, era una niña feliz. Ese día Estrella estaba jugando  al lado de la puerta de entrada intentando desenredar las dichosas cortinas que colgaban ruidosas y que servían perfectamente para asustar a las moscas que intentaban desesperadamente acercarse a las deliciosas cocas y ensaimadas que descansaban tentadoras en las estanterías, cuando sonó el teléfono. El teléfono se encontraba a la derecha pegado a la pared en la parte de detrás del mostrador y por la forma de sonar parecía que casi se estaba moviendo, loco de impaciencia. Mercedes cogió el teléfono.

  • Hola ¿qué tal Eloísa? – de pronto la voz alegre de Mercedes dejo paso a un tono de incrédulo terror–  ¿Qué…cómo…Marga? Pero Dios mío…no puede ser…pero qué dices…la atacó un hombre con un cuchillo… ¿dónde…en el portal? ¿Pero, está bien? Ay virgen santísima… menos mal. Menos mal que la vieron a tiempo ¿quién la llevó al hospital? Claro, si es que José Luis es un buen hombre…menos mal que él la vio. Claro, no te preocupes, si Estrellita está muy bien aquí jugando conmigo en la tienda. No, desde luego que no, tú no te preocupes. Un beso cariño mañana te llamaré para ver qué tal va todo. Adiós…adiós.
  • ¡Ay Dios mío – dice entre lágrimas – ay Dios mío!
  • ¿Qué pasa tía? ¿Qué le pasa a la tía Marga?
  • Nada cariño.
  • ¿Quién es ese hombre con un cuchillo? ¿Qué le ha pasado a tía Marga?
  • A tía Marga no le ha pasado nada, fue a una amiga suya.
  • ¿Y qué le pasó?
  • Un hombre malo le atacó en el portal de su casa, a la pobre.

 

Marga llevaba los regalos para Estrella en una bolsa colgando de su brazo derecho y la cambió a su brazo izquierdo para sacar la llave del portal. Justo en ese momento de las sombras apareció un hombre con un enorme cuchillo de cocina. Marga no vio el cuchillo y siendo una joven educada se apartó para dejar pasar al que pensaba que podía ser un vecino. Sus buenos modales le salvaron  la vida. El cuchillo que iba directo al corazón le hizo una raja de lado a lado en el escote dejando una herida considerable, pero sin llegar a su corazón como pretendía el asesino. En estado de shock Marga subió las escaleras sangrando profusamente repitiendo como un mantra: Un hombre…un hombre…un hombre… un hombre…La confusión se adueño de ella y la única idea que dominaba su mente era subir, subir y refugiarse en su hogar, subir y huir de esa oscuridad  en la que sólo podía ver un escalón tras otro y las manchas de sangre que iban dejando el rastro de su paso. José Luis, el vecino del piso de abajo y su mujer Luisa la oyeron y la hicieron entrar en su casa para evitar que su madre la viera en esas condiciones. Intentaron parar la hemorragia y luego fueron a avisar a su madre y José Luis se ofreció a llevarla al hospital. Le dieron 17 puntos. Luego se enteraron de que el hombre había asesinado a una pareja anteriormente. Marga tuvo suerte, se salvó de milagro, desde entonces no le gusta mucho salir de casa, ahí se siente protegida.

Estrella siempre supo que no había ninguna amiga a la que clavaron un cuchillo en el portal, siempre supo que era a su tía Marga. Años más tarde se enteró de toda la historia. Nunca pudo sacar la llave y abrir el portal por la noche, sin miedo. Años más tarde, cuando Estrella era una adolescente volvía a su casa por la noche y de repente oyó unos pasos. La calle estaba en silencio y los pasos retumbaron en su cerebro como un eco amplificado de su terror. Empezó a apresurarse, los pasos se volvieron cada vez más insistentes, aterrada empezó a correr y no paró hasta llegar al portal. El portal era grande, a cada lado había una escalera y en el centro una rampa que llevaba al garaje. La enorme puerta tenía un cristal y a lo largo de toda la superficie había unas robustas barras de hierro a modo de reja. Estrella entró y se dirigió hacia las escaleras que la llevarían, ahora que estaba a salvo, a su refugio pero no pudo evitar la tentación de parar y mirar atrás. No había nadie, pensó que su miedo le había jugado una mala pasada, se dio la vuelta para subir pero giró la cabeza una vez más y entonces lo vio, ahí estaba el hombre, agarrado a las barras de la puerta del portal, intentando atisbar hacia donde había escapado su víctima. El miedo se convirtió en un fiel aliado de Estrella, se pegó a ella como una segunda piel que la protegía de los peligros del mundo. No se encerró en casa, ni evitaba el contacto con el mundo, no, no era eso, era simplemente que el miedo era parte de su ser, igual que una pierna o un brazo, estaba ahí y lo aceptó como algo inevitable.

A los diecisiete años Estrella era una joven despreocupada y rebelde siempre con problemas en casa y desafiando la autoridad de sus padres, como suele ocurrir en este tipo de edad. La hora de llegar a casa siempre era un problema pero ella luchaba permanentemente por añadir más y más tiempo a esos momentos de alegría donde no tenía que soportar las constantes recriminaciones y se sentía tan a gusto con sus amigos oyendo música, fumando porros y hablando de libros, política o simplemente sobre la vida y riendo sobre el futuro, siempre tan lejano. Esa noche volvía un poco tarde y estaba algo nerviosa pensando que su padre le iba a echar la bronca una vez más. Abrió el portal y sintió que detrás había alguien, miro de reojo y vio a un joven, un vecino, pensó. Se dirigió al ascensor y toco el botón, de repente sintió a su espalda un fuerte olor a alcohol y noto como el joven se estaba pegando a su espalda más y más. En un abrir y cerrar de ojos la mano del joven se coló entre sus piernas y se posó en su sexo. Estrella se dio la vuelta furibunda y empezó a perseguir al alcoholizado joven profiriendo tales insultos que él jamás hubiera pensado que aquella delicada criatura pudiera proferir y sorprendido por su ira, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Una vez que el joven había abandonado el edificio Estrella cogió el ascensor y subió a su casa. Le temblaban las piernas. En la casa había invitados así que nadie le comento nada sobre su hora de llegada. Fue a su habitación, su refugio y mirándose al espejo sonrió. Desde ese momento supo que aunque probablemente el miedo no desapareciera, aunque la acompañara siempre disfrazado como la sombra de un hombre con un cuchillo, ella lucharía, no sería una víctima. No era una pobre mujer indefensa, en realidad nunca lo había sido.

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