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Cuando Sea Mayor

Marina Carresi a los 6 años
Photo by P A López

Cuando sea mayor

no me convertiré en vampiro,

ni seré el espectro

oscuro y terrorífico

que no cree en la luna.

 

Cuando sea mayor

seguiré jugando con mi gato,

siempre loco, amarillo,

buzo eterno en mis caricias.

 

Cuando sea mayor,

no tendré una casa

de inmaculados muebles,

oliendo a tristeza,

podridos de mentiras.

 

Cuando sea mayor,

huiré de la sonrisa

en piedra custodiada,

falsa pariente

de la carcajada altiva.

 

Cuando sea mayor,

tendré sonrisas convertidas

en flores perfumadas,

y arrancaré la infancia

de baúles remotos.

 

Rescataré a la niña

del álbum carcelero

y las paredes huecas,

para que juegue siempre

con los espejos nuevos.

 

He rescatado este poema que escribí hace muchos años, no era una niña pero era muy joven. Era toda una declaración de intenciones y ahora, en la madurez, me alegra ver que no estaba muy equivocada. Estoy en el trabajo de rescatar a esa niña “para que juegue siempre con los espejos nuevos”.

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Hermano mío

Leonardo López Carresi y Marina Carresi – Photo by Pedro Amalio López 1973

Hermano, hermano mío

te voy a contar un cuento

como hacía cuando el sueño

en aquellas noches largas,

con un soplo aterrador

escapaba de tu cama

y poco a poco volvía

moviendo sus dulces alas.

Había un joven guerrero

que a defenderse aprendió

de los agresores fieros,

pero el destino cruel

como agujas en la piel

le clavo su fina daga,

el  desgarro de una muerte,

una muerte inesperada.

 

El amor llega de lejos,

su corazón le regala

no le importa su pasado

con el futuro le basta,

trabajando sin descanso

un castillo le construye

y lo convierte en  morada.

 

 

Pero hay oscuras tormentas

que su corazón amargan.

Su querido amigo fiel

a otras tierras se marcha,

dejando una triste pena

creciendo sobre su alma.

 

Nuevas nubes aparecen

no cesa la dura batalla

como guerrero que es

vuelve a empuñar su espada.

Su estirpe es de las fuertes

de roja sangre y espada

su escudo es la verdad

su honradez le salva.

Dedicado a mi hermano Leonardo

Enero 2018

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La Deportista Patética 4 – El Caballito Alemán

Foto con mi tio en la antigua Checoslovaquia. No es en Alemania pero es en el mismo verano del relato.

Mi pobre y querido tío siempre quiso expandir mis límites, y uno de sus intentos fue con el deporte.  La primera vez  fue cuando yo tenía once años y estaba pasando unas vacaciones en Alemania, en donde él estaba viviendo con su pareja de entonces, Ingrid. Eran las fiestas en Munich y recorriendo las atracciones me empeñé en montar en un caballo de esos que daban vueltas en un círculo. Hoy en día es muy triste ver a esos pobres animales dando vueltas y vueltas y espero que ese tipo de atracciones desaparezcan, pero estamos hablando de los años setenta, es decir, otro mundo.  En parte, la culpa de mi obsesión por subir a la grupa de un caballo fue de una de mis lectura favoritas de adolescente, una serie de libros cuya protagonista, que daba el nombre a la serie era Jill, una jovenzuela que descubría en los caballos la pasión de su vida; incluso me dio por comprarme figuritas de caballos de porcelana de distintos colores, aun conservo alguna. Cuando leía estas historias me imaginaba trotando y galopando por campos verdes surcados por arroyos y centelleantes lagos, invadida por una exultante emoción.

Uno de los libros de Jill, escrito por Ruby Ferguson

Así que me monté. Es una lástima, pero que distinta era la realidad de lo que mi mente imaginaba. Siempre había visto en las películas a los vaqueros sujetando las bridas y pensé, bueno, así me podré agarrar a algo. No fue así, te ayudaban a subir a la montura que tenía una especie de saliente que quedaba entre tus piernas y tenías que agarrarte ahí. Me pasé todo el tiempo que duraba la atracción llorando como una loca y diciendo ¡quiero bajar, por favor, por favor quiero bajar…que alguien me baje! Los alemanes, no me entendían y hasta les hacía algo de gracia y mi tío, que como he dicho antes quería expandir mis límites negaba con la cabeza y tuve que aguantar hasta el final. Por supuesto no he vuelto a subir a un caballo en mi vida, aunque tengo que reconocer que el trágico accidente de Christopher Reeves, el atractivo actor que hacía de Superman tampoco me ayudo mucho a superar mis miedos ecuestres. Eso sí me siguen gustando mucho los caballos y he les he fotografiado con mucho cariño, no he superado mi miedo a montar, pero veo las fotos y es un consuelo.

Caballos en el campo. Photo by Marina Carresi

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La Deportista Patética

Mi experiencia en el mundo de los deportes es tan patética que creo que roza la perfección en cuanto a patetismo se refiere. Aunque primero me gustaría aclarar algo antes de que algún deportista fanático intente arrancarme la cabeza si es realmente fanático o fanática o convencerme de las maravillas del deporte si es optimista: no tengo nada en contra del ejercicio físico, de hecho cuando estuve en la escuela de Cristina Rota practiqué yoga, baile de salón e incluso danza africana. El ejercicio físico es saludable, y aunque sea andar, ahora que mi edad no me permite dar saltos a lo Masai, me parece fundamental para no convertirme en una momia anquilosada. Esta pequeña historia no es un escrito contra el deporte, pero si un alegato para defender a las personas cuya capacidad para el mismo es nula o patética. Si no te gustan los deportes ni verlos, ni practicarlos no eres un extraterrestre ni un bicho raro, simplemente te gustan otras cosas y punto.

Un lago precioso en Baviera y yo con mis dichosos flotadores.

La Deportista Patética 1 – Casi Me Ahogo!

La primera experiencia que recuerdo fue que por poco me ahogo cuando tenía unos cinco años. Fue en la piscina de un hermano de mi abuela, durante una comida de celebración, en el jardín. Empeñada en pescar las punzantes acículas secas de los pinos, mientras imaginaba historias increíbles, hipnotizada por el ondulante movimiento de las aguas, resbalé y caí como un saco de patatas. Me salvé gracias a la providencia y digo gracias a la providencia porque un amable señor, para mí un gigante, me vio caer al agua, se lanzó rescatarme, me sacó con mi precioso vestido de celebración empapado y me llevó en brazos  donde estaba mi abuela diciendo: aquí le traigo un pato mojado. Tal y como yo lo recuerdo, cuando estaba en el agua y de forma totalmente paranormal, me vi a mi misma ahogada dentro de la piscina. Probablemente estos recuerdos los he construido con lo que me han contado y los he adornado como quien adorna un árbol de Navidad con mi intensa imaginación. No parecía un principio muy prometedor en lo que a habilidades deportistas ser refiere, quedé aterrorizada y no aprendí a nadar hasta los doce años, por lo que hasta esa edad, si quería nadar tenía que ponerme unos de esos flotadores en los brazos que eran un poco ridículos. Esos flotadores generalmente naranjas y antiestéticos me permitían no achicharrarme si estaba en la playa o en la piscina y disfrutar del frescor que el líquido elemento proporciona en los soleados y asfixiantes veranos españoles. También gracias a ellos podía subir a una barca como muestra esta foto en Alemania. Tenía once años.

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La Casa de Muñecas de Sandra y su Regalo Americano

 

photo by Marina Carresi

photo by Marina Carresi

Cuando tenía siete años nos fuimos a vivir a un piso en un barrio nuevo, considerado por aquel entonces, como uno mejores de Madrid. Dejé mi amada terraza del domicilio anterior con cierta pena, ya que era tan grande que incluso cabía una pequeña piscina, bueno yo la llamaba así aunque en realidad era un poco mayor que una bañera pero para mí y para mi delirante imaginación, lejos de mi querido Mediterráneo, era una fantástica solución para ponerme mi bikini y soñar que estaba retozando entre las olas. La nueva casa, con la perspectiva de mi tierna edad era enorme, casi un palacio. La terraza era más pequeña pero se compensaba con una estupenda chimenea que daba  calor en invierno y el olor de los troncos ardiendo te transportaba a  Suiza mientras leías la historia de Heidi mucho antes de que aparecieran los dibujos japoneses.

En esa casa nació el primero de mis hermanos y yo pasé definitivamente a segundo plano. Dado que mis padres estaban trabajando a todas horas, nunca estuve muy en primer plano, pero ahora era simplemente un incordio. Eso sí, mi abuela me cuidaba de maravilla con mucho amor y deliciosas comidas: albóndigas, croquetas, puré de pueblo con ajo y pimentón, paella, cocido, canelones, etc. De mi no se podrá decir “no tienes abuela” porque ella me enseño que “quien bien te quiere…” no te hará llorar sino que te preparará una comida llena de cariño y te protegerá de un mundo que en muchas ocasiones es hostil.No conocí a ningún vecino en la casa anterior, volvía tarde del colegio, mi abuela me preparaba un sandwich caliente con jamón de york y un queso que se llamaba Zip y que estaba en un paquete que parecía más un acordeón que una cremallera, como uno podía suponer. Muchas veces lo comía mientras veía “El Hombre y la Tierra” de Félix Rodríguez de la Fuente y luego me iba a la terraza a jugar o si hacía frío leía cuentos, pegaba cromos de mi colección de dinosaurios o de Vida y Color, dibujaba sirenas, o jugaba con mi juego favorito, el Exin Castillos. El Exin Castillos era genial podías construir auténticos castillos con sus torreones circulares, sus rojos tejados puntiagudos  y en mi caso, poblarlos con los muñecos de Asterix que te regalaban en los chicles Dunkin y crear historias increíbles con Obelix, Idefix y Cleopatra visitando un imponente castillo medieval.

Todo esto cambió en la nueva casa, no es que ya no jugara con mis cosas, pero mi madre estaba más en casa aunque preparándose para ser madre otra vez después de ocho años. Mi abuela, aunque seguía cuidándome estaba también ayudando a mi madre así que empecé a entrar en contacto con la vecindad. En el rellano había cuatro puertas y en la puerta de enfrente vivía una mujer mayor adorable, era italiana y de vez en cuando me traía deliciosas porciones de pizza. Cuando sonaba el timbre y oía su voz, con ese dulce acento tan característico de las italianas, empezaba a relamerme y no paraba hasta haber acabado con el suculento manjar. A la izquierda de la mujer italiana estaban mis vecinos Sandra y Marcos. Los conocí cuando tenía 8 o 9 años. Ella era tenía el pelo negro con una lustrosa melena y era más baja que yo. Sus padres eran americanos. El era militar y estaba destinado a la base de Torrejón. Su casa para mí era un lugar mágico y sobre todo un oasis de paz dado el nerviosismo familiar debido a los numerosos cambios acaecidos (esta palabra parece de otro siglo, pero me gusta). En casa de Sandra, cuando se olvidaban de que yo estaba ahí, hablaban en inglés y a mí me parecía estar en otro mundo. Su madre era muy amable conmigo y a veces me daba a probar pasteles exóticos y cosas americanas que yo no había visto en mi vida. A su padre no lo recuerdo apenas, casi siempre estaba trabajando. Sus juguetes eran alucinantes pero sobre todo yo estaba enamorada de una casa de muñecas de madera que era enorme. Tenía los muebles de madera también, las habitaciones de Hogarín que yo tenía no eran nada comparable, un dormitorio de los niños, eso sí con literas y un cuarto de baño. Aunque a decir verdad, incluso con sus muebles de plástico también fueron juguetes muy entretenidos pero ¡ay, la casa de muñecas de Sandra era inimitable, por lo menos en la España de principios de los setenta! A veces jugábamos con Marcos y como era más pequeño, le obligábamos a seguir nuestras instrucciones por muy absurdas que estas fueran, sobre todo las mías porque en esa época mi imaginación no tenía límites. Recuerdo una vez que estando en mi casa inventé un juego en el que estábamos en una ciudad en guerra, caían bombas y teníamos que escondernos. El juego para mí era tan real, que aun hoy, más de cuatro décadas después lo recuerdo como si fuera ayer. En su televisión, misteriosamente había programas y dibujos en inglés. En aquella época yo no entendía ni palabra, pero todo me parecía nuevo y fascinante. También tenían un tocadiscos y discos como los que se ven en la foto. Obviamente tampoco entendía las canciones pero me parecían alegres y llenas de color. Estaba acostumbrada a oír a mi abuela cantar “La Zarzamora” con una letra tan optimista como: que tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones, o los discos de mi madre encabezados por Edit Piaf con su alegre Rien de Rien, o las dulces canciones infantiles como: yo soy la viudita del Conde Laurel que quiere casarse y no encuentro con quién, eso sin hablar de las cursiladas románticas que empezaron a aparecer en televisión … en fin, una retahíla de dramones poco estimulantes para el proyecto de mujer que era yo. Esas canciones americanas, aunque no las entendía eran como campanillas para mi espíritu y al oírlas te daban ganas de vivir. Supongo que esta experiencia me marco para siempre. Me hizo ver que existían otros mundos diferentes al mío llenos de vida y de misterio. Me hizo ver que no hay que tener miedo a otras culturas, a la gente de otros países, a los otros. Sólo tenía que salir al rellano y ahí estaban los otros abriendo su casa y un nuevo mundo para mí. No recuerdo bien cuándo me regalaron los discos, probablemente volvieron a América o destinaron a su padre a otro país. Me imagino a Sandra despidiéndose de mí dándome un abrazo y regalándome esos discos para que no la olvidara. Aquí están los discos Sandra, como puedes ver tu idea funcionó. No te he olvidado.

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El Profesor de Música y La Caja de la Risa en el El Santa Regina.

Aquellos años 70

Aquellos años 70

El otro día en el autobús había un hombre que parecía sudamericano pero que curiosamente me recordó a un profesor que tuve que no era sudamericano, sino del País Vasco. De repente una catarata de recuerdos inundó mi mente y me vi llegando al colegio Santa Regina a mis 8 turbulentos años. Antes, cuando era más pequeña todavía, mis padres me inscribieron en uno de los mejores colegios de Madrid. Era un colegio sensacional, creativo e innovador. Teníamos clases de música, de baile además de todas las otras enseñanzas como aprender a leer, sumar etc. Me encantaban las clases de dibujo y todas las cosas artísticas que allí se enseñaban. Me gustaban los profesores, todos menos la de gimnasia que me obligó a hacer el pino y me di de cabeza contra el suelo así que me dejo incapacitada para apreciar las maravillas de esa asignatura para el resto de mi vida. Todo era fantástico, todo menos la comida y mi dificultad para relacionarme con los otros niños. Pero por si no tenía bastantes problemas dada mi timidez y mi falta de costumbre a compartir mis juegos con los miembros del sexo masculino, sufrí bulling por parte de un pequeño monstruo hijo de un famoso abogado y escritor (a ese colegio iba la flor y nata de la sociedad española del momento) que decidió convertir mi vida en una auténtica pesadilla. Duré dos años y poco más ya que dado mi lamentable estado psíquico, mi madre decidió que era mejor cambiarme de colegio, así que acabé en un modesto colegio que daba a la parte de atrás de mi casa y cuando salía al recreo mi abuela y mi madre podían verme desde la terraza.

Santa Regina era un pequeño colegio que tenía tres clases: los pequeños, los medianos y los mayores. Estaba regentado por dos sensacionales profesoras la Señorita Otilia y la Señorita Emma.  Creo recordar que en la clase de los pequeños había otra profesora, pero eran claramente las dos mencionadas anteriormente las que llevaban las riendas de la peculiar institución. La Señorita Otilia era gruesa y de buen carácter y se dedicaba a enseñar letras y la Señorita Emma era muy delgada y nerviosa y enseñaba ciencias. Cuando llegué ahí a mitad de curso no fue fácil, era una niña mimada y traumatizada al mismo tiempo así que la Señorita Otilia y la Señorita Emma hicieron todo lo posible por integrarme, lo que tengo que reconocer, fue una ardua tarea. Mi clase era la de los mayores y abarcaba todos los cursos desde los ocho años a los trece, después había que ir al instituto. Allí conocí a las que serían mis mejores amigas de la infancia Tina y Blanca y a las que lo fueron en la infancia y lo han seguido siendo después, Ana y Arantxa. Pero eso fue más tarde, al principio eran las profesoras las que en cierta medida animaban a mis pobres compañeras (también había chicos pero estaban claramente en minoría) a seguir mis fantasiosos juegos como uno que inventé en el que todas éramos monstruas con nombres tan sugerentes como horripila de las nieves  y nos escribíamos cartas que narraban  nuestras monstruosas aventuras llenas de fantasía. No teníamos jardín, ni patio, ni nada que se le pareciera cuando salíamos al recreo, sino que había un espacio semi protegido porque era una amplia zona que daba a la parte trasera de varios edificios y formaba como un cuadrado. Dado que el espacio era extenso muchos coches iban allí a aparcar .En la puerta de nuestro colegio había una señal de prohibido aparcar que nadie respetaba y eso sacaba de quicio a nuestras queridas profesoras, sobre todo a la señorita Emma que no dudaba en insinuarnos que si a algún niño se le ocurría deshinchar las ruedas de un coche, lamentablemente ellas no podían hacer nada para evitarlo. Un día apareció un hombre furibundo que quería pegar a uno de mis compañeros al que pilló in fraganti y la señorita Emma se enfrentó al hombre indicándole la señal de prohibido aparcar y avisándole de que como se atreviera a tocar a ese pobre angelito llamaría a la policía. La señorita Emma era todo un carácter. Ana y yo al principio no nos llevábamos muy bien y un día ella nos castigó a quedarnos cuando se acabó la clase. Recuerdo que Ana y yo la acompañamos al cuarto de baño porque ya nos íbamos a marchar y cuando la veíamos peinarse Ana le soltó de repente: ¡Qué coqueta! Y acabamos riendo las tres. También le hice alguna que otra perrería a la pobre señorita Emma. Había una tienda que tenía artículos de broma y uno de ellos era un líquido que si lo ponías en una silla primero se te enfriaba el culo como si lo metieras en un congelador y después te ardía como si te sentaras en una estufa, recuerdo hasta el nombre del endiablado producto: fluido glacial. No sé cómo me atreví, pero le puse el líquido en la silla y todos nos reímos mucho, menos ella, claro está. En otra ocasión, mi tío me trajo de Alemania una caja de la risa; era un artilugio de plástico metido en una colorida bolsa, el artilugio tenía un botón y cada vez que lo tocabas se oían carcajadas sin parar hasta que tocabas de nuevo el botón. Pobre señorita Emma, oía carcajadas mientras escribía en la pizarra, se daba la vuelta y las carcajadas desaparecían como por arte de magia, por supuesto acabé castigada  pero nos reímos un montón. Con todo esto parece que yo, realmente, era un pequeño monstruo como en mi juego de fantasía, pero en realidad aunque no era una alumna deslumbrante, más bien del montón, me esforzaba mucho y estudiaba. Nuestras clases eran muy curiosas porque por ejemplo la señorita Otilia llegaba a la clase y decía, esto es para los de segundo y los cuatro o seis alumnos de segundo escuchaban mientras los demás hacían ejercicios o un dibujo o lo que tocara.

La religión era importante en esa época y creo recordar que de vez en cuando venía un cura y nos daba clase de religión. A él casi no le recuerdo, pero lo que sí recuerdo son los libros en donde se contaban las historias de santos y santas. Creo que después de eso no he leído nada más gore en toda mi vida. Qué atrocidades, gente asada como cochinillos en parrillas, miembros amputados, gente devorada por leones como parte de un macabro espectáculo, santas con los pechos rebanados a cuchillo, en fin…luego llegabas a casa y en la tele ponían dos rombos para que los niños no estuvieran expuestos a las memeces que la censura consideraba oportunas. Afortunadamente en mi casa eso de los dos rombos se lo pasaban por el forro, dado que generalmente eran obras fabulosas de los mejores escritores, ya que en TVE había muchos profesionales como en mi familia, empeñados en que el buen teatro era algo importante para sacar a nuestro país de su atraso y su incultura.

Había varios acontecimientos religiosos y era divertido por el simple hecho de que era fiesta. En mayo poníamos una virgen en una esquina de la entrada del colegio y la adornábamos con innumerables flores, luego cantábamos una cancioncilla que empezaba: “venid y vamos todos con flores a María, con flores a porfía, que madre nuestra es”. Nunca entendí lo de porfía  ¿qué o quién diablos era esa tal porfía?; quizá la canción decía otra cosa y yo la aprendí mal. Éramos un sólo un grupillo de niños pero nos creíamos el coro de la filarmónica. Orgullosos de elevar nuestra voz a esa virgen rodeada hasta la asfixia por flores blancas de largos tallos que tenía poderes mágicos para conceder deseos y que nos amaba a todos como si fuéramos sus propios hijos. También se celebraba la Navidad y había mucha excitación. Recuerdo una Navidad, especialmente en la que organizamos una obra de teatro, la típica escena de la virgen y San José llegando al portal de Belén con los reyes magos, etc. Yo me empeñe en que tenía que ser la virgen aduciendo argumentos como que era rubia y tenía el pelo largo y que tenía que ser yo y se acabó. Mimada e insistente como era, lo conseguí, fue divertido, sobre todo el final porque elevamos a las alturas a un compañero de clase que irónicamente se llamaba Jesús y representaba al ángel que mira candorosamente y protege al niño Jesús desde las alturas, conseguimos subirle, a pesar de que no estaba muy convencido, a un montaje que hicimos colocando dos mesas de la clase a cada lado, unas encima de las otras y a modo de puente otra en el centro. El estaba subido a la del centro pero no se sabe como perdió el equilibrio y cual ángel divino salió volando junto con las mesas convirtiendo la escena en un caos total. No le paso nada, ya se sabe, los niños son de goma. Pudo haber sido una tragedia pero como no paso nada nos reímos mucho. En el recreo, en ese descampado del qué hablado antes y que nosotros cariñosamente llamábamos la plazoleta vivíamos en un mundo lleno de juegos y diversión. A veces se jugaba al churro y digo se porque yo lo odiaba, pero me gustaba jugar a los juegos de hacer cuadrados en el suelo y mover la piedra con el pie, nosotras, sobre todo jugábamos las niñas, le llamábamos jugar a la piedra, o al avión. También se podía patinar porque la plazoleta estaba en una cuesta y a cada lado de la plaza la superficie era la misma que la de las aceras, no era así en el resto de la plaza que era de tierra, una tierra que a veces se convertía en barro y en la que podías jugar al divertido juego del clavo, al que por alguna extraña lógica que desconozco se jugaba con un destornillador. Se hacía un cuadrado en el suelo se lanzaba el destornillador y cada uno iba acotando el espacio dejando para el siguiente menos y menos superficie. Simple, pero apasionante. Saltar a la cuerda, jugar a la goma, un sinfín de actividades que implicaban ejercicio físico, jugar en equipo, competición, todo un aprendizaje que para mí fue más importante que las clases en donde algunas de las cosas que nos enseñaban, a principios de los años 70 todavía  eran puro material fascista recomendado especialmente a los profesores, y sino pobres de ellos.

Volviendo al inicio de mi historia, yo debía tener unos diez años y un día la señorita Emma apareció entusiasmada diciendo que iba a venir un profesor de música para dar clases de guitarra como actividad extra escolar que además era guapísimo. Nos apuntamos varias alumnas con la esperanza de aprender el noble arte del rock and roll a la vez que nos deleitábamos con la belleza de ese profesor que prometía ser un Adonis. Cuando llegamos a la clase con nuestras flamantes guitarras casi se nos caen al suelo, nos sentamos en las sillas y pasamos la mayor parte de la primera clase conteniendo la risa. El profesor, no recuerdo su nombre era un hombre súper amable y encantador pero el pobre no podía ser más feo. Podría tener unos cuarenta años, extremadamente delgado, con una incipiente calvicie, una nariz aquilina muy prominente y unos ojos pequeños y oscuros. Llevaba unos zapatos con una punta exagerada y vestía camisa y pantalón oscuros. Total, la risa y la decepción se mezclaban a partes iguales en nuestros cerebros, cuando la cosa se puso todavía peor, nuestro supuesto adonis de la modernidad se empeñó en enseñarnos temas tan actuales como “Desde Santurce a Bilbao…” No salíamos de nuestro asombró, pero “Alea jacta es”, no había remedio. A pesar de todo era un buen profesor, no se puede decir  que estuviera a la última pero su dedicación era total y aunque sus canciones nos aburrían enormemente, por lo menos aprendimos los acordes básicos para poder tocar las canciones que nos gustaban por nuestra cuenta.

Y así, en el colegio Santa Regina fue como mi vida cambió radicalmente, comía en casa las deliciosas comidas que me preparaba mi abuela; ¡Ay esas croquetas de autentico pollo, las albóndigas deliciosas y de vez en cuando los canelones hechos a mano con las sobras del cocido…! Poco a poco mis amistades se fueron reforzando y pasaba horas y horas al teléfono con mis amigas, con la consiguiente irritación de mis padres que no entendían porque llamabas a tus amigas nada más llegar a casa, si acababas de verlas. Mi barrio estaba en el centro-norte de Madrid y estaba considerado como un buen barrio así que mi colegio no estaba mal pero no era un colegio de élite como del que tuve que marcharme. Eso me enseñó una lección para toda la vida. Lo primero, tener buenos amigos, aunque sea pocos es una de las cosas más importantes de la vida y segundo pero no menos importante, da igual donde estés, si no recibes cariño y respeto, vete. La vida está llena de sorpresas.

Agosto 2016.

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Munich un Oasis en mi Infancia II

by Carlos Carresi

A la mañana siguiente podéis imaginar cómo estaba. Tenía el jaquecón del siglo y el estómago tan revuelto que no pude ni desayunar. Salimos a primera hora y no recuerdo mucho de ese viaje. Recuerdo que cuando estuvimos en Suiza no pude ni probar el chocolate y que dormimos en un hotel que parecía salido de una postal. A pesar de mi hangover , cuando no dormía o hacía a mi tío parar el coche para aliviar mi vejiga desesperada, me encantó el viaje. Era toda una aventura, salir de España, otro país, un mundo nuevo, una experiencia que cambiaría mi visión del mundo y mi futuro para siempre.

La casa de Múnich era espectacular, tenía 4 plantas y jardín. Mi habitación estaba en el último piso enfrente de la de Ingrid y mi tío. Era una habitación abuhardillada con una ventana en el techo. Era enorme y tenía un sofá cama y una mesa de despacho con cajones donde luego pasaría horas interminables jugando a las tiendas con los impresos bancarios que cogía disimuladamente cada vez que acompañaba a mi tío a un banco. Yo misma hacía todos los personajes que tenían todo tipo de conversaciones. Cuando me cansaba escuchaba música en el tocadiscos que también tenía en mi habitación, o tocaba la guitarra ya que mi tío había sido cantante y la música siempre estaba presente en su vida. También tenía televisión, eso sí, en Alemán y tengo que reconocer que lamentablemente no conseguí aprender más que cuatro o cinco palabras. En mi habitación había una puerta mágica durante el día y terrorífica por las noches que daba a la buhardilla. Era realmente fabulosa esa buhardilla, allí descubrí la colección de monedas de mi tío, y montones de fotografías, a él siempre le ha gustado hacer fotografías y más cosas misteriosas que acrecentaban mis fantasías sobre la emocionante vida de mi tío.
Las noches eran otra cosa. Cuando tenía 8 años no podía dormir porque sentía como miles de insectos devoraban mis pies. Fui a una psicóloga o psiquiatra, me tuve que cambiar de colegio y me recetaron unas pastillas para dormir. Eran algo fuertes y a mis once años estaba tomándome una pastilla y media, aunque creo que mis padres pensaban que tomaba media. En Barcelona decidí, yo solita, que esa era mi oportunidad para acabar con esa situación, así que me las dejé allí. Mis primeras noches fueron horrorosas porque oía ruidos constantes en la buhardilla e imaginaba terroríficas criaturas que en cualquier momento, si me dormía, aparecerían y me cortarían en trozos como a un animal en un matadero o fantasmas que me estrangularían en cualquier momento. Menos mal que la luz tenía, oh maravilla de la ciencia, un botón con el que podías darle vuelta y regular la intensidad de la luz. Poco a poco, eso fue pasando pero al principio me dormía por las esquinas porque mi tío me dijo – Desayunamos a las 8 (creo recordar), sino tendrás que hacerte el desayuno, y yo no quería perderme ese delicioso desayuno con huevo, queso, tostadas, salchichas…era fabuloso. Y así deje las pastillas para dormir, nunca más he vuelto a tomarlas. Cuando me cansaba de mi pequeño paraíso particular bajaba a la planta baja donde estaba José Luis. José Luis era español, y tenía veintitantos años, vino con nosotros en el viaje para trabajar en Múnich como mecánico dentista y vivía en la planta baja de la casa. Le gustaba mucho provocarme para hacerme rabiar pero era un chico estupendo y yo le tenía mucho cariño. A veces me llevaba al parque que había cerca y me daba charlas sobre la vida y me decía que tenía que entender a mis padres y cosas por el estilo, otras veces iba con Ingrid o con mi tío o con los dos. El parque era precioso con una hierba de un verde intenso y con ciervos correteando por ahí a los que dábamos trozos de pan. A veces mi tío bajaba a trabajar al taller a arreglar piezas de dentaduras y charlábamos mientras yo miraba fascinada como derretía la cera con el soplete y hacía de la nada dientes perfectos, blancos y brillantes. Un artista.

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