Archivo mensual: noviembre 2013

Desencuentro

Domestic Bliss by Matthew Vazquez

Domestic Bliss by Matthew Vazquez

La educación que recibimos hombres y mujeres en cuanto a las tareas domésticas es absolutamente frustrante. En general hablo de la gente de mi generación pero creo intuir que en las nuevas generaciones las cosas siguen un poco igual y en algunos casos, peor. Y no sólo con el tema doméstico. Si las jóvenes y no tan jóvenes de ahora hubieran visto como tenía mi madre y las mujeres de su generación la espalda y los pies por llevar tacones quizá se pensarían un poco más lo de los tacones de aguja. Pero volviendo al tema doméstico, se educa a las mujeres, sobre todo en este glorioso país para que no puedan encontrar descanso hasta que la casa donde viven esté limpia. No importa si trabajas fuera o no, no importa si estás agotada, si has dormido solo cuatro horas o si el periodo hace que tu mal humor y tu dolor te conviertan en una auténtica bruja, el salón está sin recoger y tú no puedes quedarte en paz si la caja de quesitos vacía no está en el contenedor de papel que le corresponde. Por supuesto esta actitud busca un reconocimiento por parte de la persona o personas con quién compartes la casa. Si compartes la casa con tu marido o pareja masculina ahí tenemos el conflicto porque a él le han educado para tolerar bastante más la suciedad y sobre todo el desorden salvo casos excepcionales y sobre todo le han educado para no ver ni registrar cuando está limpio o sucio. Su neurosis no está enfocada en la casa y su estado, como la de su mujer, su neurosis esta enfocada hacia el trabajo. No importan las horas que haya que estar trabajando, no importa lo agotado que esté, no importa si solo ha dormido cuatro horas o si le duele la cabeza o si el mal humor por la situación le hace convertirse en un bastardo exigente. El trabajo es lo primero. Para ella él es un workalcoholic sin remedio que no muestra ningún aprecio por su intento de hacer de la casa un sitio agradable donde descansar y para él ella es una neurótica irritable que le da demasiada importancia a algo tan insignificante como que el salón esté recogido. Para él ella es una obsesiva del orden y la limpieza y nadie va a morir porque queden tres platos y una caja de Kellogg’s vacía en el salón. Este sistema es un mal sistema y solo se puede cambiar desde la educación de los niños. Pero yo me pregunto ¿Cómo se va a cambiar la educación de los niños si ellos tienen en casa estos patrones que se repiten una y otra y otra vez? Es la mirada del mundo la que tiene que cambiar. Educar en que es importante que el trabajo este hecho sin matarse porque si no tienes una casa donde puedas relajarte no merece la pena tanto trabajo y viceversa, para qué es necesario que la casa este impecable si luego tienes un humor de perros porque no has podido descansar y todavía te queda trabajo por hacer. Para mi generación la única solución posible son los compromisos e intentar comprender porque actuamos como lo hacemos, pero para las nuevas generaciones sería muy bueno intentar algo diferente. No sé, supongo que vamos evolucionando, quizá me falta paciencia pero veo que todo cambia superficialmente y sobre todo con la crisis y la vuelta al “hogar” de muchas mujeres volvemos a las viejas costumbres. ¡Una pena!

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El amuleto y la bruja de la escoba

La bruja y la escoba (la revés)

La bruja y la escoba (la revés)


Lucía estaba cansada, trabajando sin parar dando clases particulares de inglés y ayudando a su marido muchas noches a desentrañar enrevesadas traducciones de los temas más diversos desde cursos de gestión para ejecutivos hasta la minuciosa descripción de una silla. El mundo de Lucía era sin embargo mucho más fantástico y amplio que el de las cuatro paredes de su casa de cincuenta metros cuadrados, aunque eso hacía que su existencia estuviera siempre envuelta en una especie de esquizofrenia entre el mundo real y el “paranormal”. El barrio de Lucía era un barrio de gente de lo más diversa, un típico barrio madrileño con sus bares, su mercado, sus pequeñas tiendas. Empezaban a verse emigrantes que venían a buscarse un futuro en una ciudad donde la construcción se había hecho la reina del hormiguero dando trabajo a diestro y siniestro. Poco a poco iban apareciendo nuevas tiendas en el barrio y entre ellas un herbolario donde Lucía podía encontrar algo de comida para su marido, vegetariano convencido desde los dieciséis años y con pocas oportunidades en ese Madrid de los 90 de encontrar algo que llevarse a la boca que no fuera lechuga o tortilla de patata. Siempre interesada por los temas ocultos y algo supersticiosa, Lucía por esa época había encontrado un amuleto que le parecía curioso, atrayente y como siempre tenía por costumbre con los numerosos amuletos que había llevado a lo largo de su vida, no salía a la calle sin él. El amuleto en cuestión era un broche en relieve de la máscara funeraria de Tutankamon y ese día como cualquier otro se puso su broche y salió a la calle a hacer la compra. El herbolario fue la última tienda donde entró, sabía que ahí tenían unas latas de salchichas vegetarianas que a su marido le encantaban. La propietaria de la tienda era una mujer de aspecto agradable de unos cincuenta y tantos, rubia, de constitución fuerte y ojos azules. No era la primera vez que iba a la tienda a buscar las famosas salchichas pero tampoco se puede decir que tuviera una relación muy estrecha con la dueña del local. Había otra mujer comprando algo y Lucía estaba distraída mirando los productos que ofrecía la típica nevera de puerta transparente que suele haber en este tipo de comercio. De repente hubo una conmoción, un mosquito de tamaño de un pulgar había aparecido en la tienda, la dueña se transformo en una especie de loca como si veinte fantasmas hubieran entrado por la puerta y entre gritos y aspavientos se fue a buscar una escoba para intentar aplastar a ese terrorífico mosquito que se había colado en su santuario. Lucía estaba anonadada, cómo era posible que esa apacible mujer se hubiera transformado de esa forma y lo que era más alucinante ¿por qué estaba intentando matar al mosquito con el palo de la escoba? No le dio tiempo a pensar más porque el palo de la escoba aterrizó en su cabeza con tanta fuerza que le hizo tambalearse. Luego todo volvió a la normalidad, todo menos su cabeza. La mujer volvió a transformarse en una persona amable que le preguntaba cómo estaba y si le había hecho daño. Lucía medio mareada dijo que estaba bien y se fue a su casa. Cuando llegó se tocó la cabeza, notó una hondonada en el cráneo y se tumbó a descansar. Durante un tiempo no se podía explicar lo que había pasado en el herbolario pero un día investigando sobre Tutankamon descubrió que aunque murió por una infección cuando se le rompió la pierna, él ya tenía malaria. La malaria seguramente causada por una picadura de mosquito había debilitado su sistema inmunológico y fue de alguna manera la razón de su muerte. Lucía empezó a hacerse preguntas ¿qué vio esa mujer cuando apareció el mosquito que la llevó a ese estado de locura? ¿Por qué intentaba matar al mosquito con el palo de la escoba y no con el otro lado que hubiera sido lo razonable? Y es más ¿por que le sacudió ese golpazo en la cabeza que podría haberla dejado seca si no fuera porque su cabeza era más dura que la madera? Lucía decidió que lo mejor era deshacerse del amuleto, en cualquier caso no le había traído mucha suerte y si un amuleto no trae suerte no tiene mucho sentido llevarlo.

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