La ardilla y la llave

Ardilla – photo by Marina Carresi

Una pesada calma bucea en mis neuronas;                                        

se conectan entre sí, rebeldes y cansadas

de este autoimpuesto y agónico encierro.

El mundo es una pantalla pero está fuera.

Me protege con un manto sutil,

mi cobardía vestida de miedo a la muerte,

cerca, pero lejos del dolor humano.

La noche y los gatos lamen mis heridas

antiguas como mi vida, atrapada en un pasado

de luz y oscuridad a partes iguales.

Como cansa enfrentarse a la propia historia,

deshojarla como una recién arrancada margarita

con sus síes y noes aplastando el aire.

La llave la escondí y no la encuentro,

como la ardilla que dejó la nuez  en un árbol

recóndito y se ha perdido en el bosque.

Abril 2020

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¡Devolvedme la música!

Música y movimiento. Photo by Marina Carresi

Dentro de mí se mueve

un caracol gigante

que se retuerce

pegado a su concha

de espiral infinita.

¡Música, música,

devolvedme la música!

Pondré alas a mis pies

que inquietos de hormigas

paralizantes, se adhieren

como lapas pegajosas

al suelo de mi piso.

¡Música, música,

devolvedme la música!

Inmóvil tras la ventana,

tras la pantalla,

tras la puerta,

de mi boca sale un grito

que retumba en las aceras.        

¡Música, música,

devolvedme la música! ¡Ya!

Diciembre 2020

Este poema está dedicado a Susie Jones, Robbie Jones, Hamish Binns y todos mis amigos y amigas músicos por alegrarnos la vida con sus generosas melodías. Lo escribí después de ir a un concierto en el que tocaban Hamish y Robbie y me di cuenta de cuanto les echo de menos a ellos y a su fantástica música.

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Su Amo

No entendía porque su amo le había dejado atado fuera de la casa. Por qué no le había llevado con los demás. Hacía frio y tenía hambre. ¿Estaría enfadado porque no había cogido la presa? Había cogido muchas presas. Cientos. Es verdad que ahora le costaba un poco más correr pero lo haría mejor, como antes.

Oía los ladridos de los otros perros llamándole, al fin y al cabo era el más viejo y le tenían un respeto. De repente sonó la voz del amo.

–¡Callaros ya, maldita sea! Vais a despertar a todo el pueblo. Jodidos animales.

La voz sonaba extraña, pastosa. A veces había oído al amo hablar así y temblaba. Eso quería decir que le podía caer algún golpe. Pero a él no le importaba, era su amo y le quería. Es lo que hacen los perros, querer a sus amos. Cuando era pequeño tenía miedo del ruido del palo de fuego pero pronto aprendió que a él no le haría daño. El palo de fuego sonaba y luego escuchaba: “Corre perro, corre, vamos coge la perdiz, vamos”. Y el corría como el mismísimo viento. Cuando traía al pájaro muerto cientos de caricias paseaban por su lomo y su cabeza. Era  feliz.

Le vio acercarse como una sombra negra. No parecía su amo. Le salía espuma por la boca como un perro rabioso. Los ojos inyectados en sangre. Le desato y empezó a llevarle casi a rastras con la correa. El perro empezó a aullar lastimeramente y le dio una patada. Le amenazó con la mano para que se callara. Ya en el bosque, oscuro como la misma muerte, sacó una cuerda de su abrigo y la ató a su cuello.

Dos días después unos jóvenes excursionistas paseaban por el bosque. La chica más joven fue la que lo vio primero y grito. Nunca podrá olvidar la mirada de aquel perro, una mirada incrédula y triste que quedó reflejada más allá de la muerte.

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Maletas para una vida

El baúl de teatro de mi madre. Ahora es la cama de mi gato Bambi. Photo by Marina Carresi

El escritor Bruce Chatwin, en su libro The Songlines afirma que los humanos tenemos una naturaleza nómada que tiene una raíz genética. Cuando leí su libro me impresionó el hecho de que los bebes se callan, cuando los acunas, al moverte dando un paso hacia adelante y otro hacia atrás, porque se relajan con el movimiento. Esta acción es una memoria de cuando nuestros ancestros eran nómadas.

 Mi madre trabajaba en el teatro cuando estaba embarazada. Me llevaba en su interior de ciudad en ciudad. Cuando nací, me dejaba en el camerino mientras actuaba, hasta que me puse enferma y me llevó a Barcelona con mi abuela. Creo que por esa razón siempre he sido muy inquieta, un culo de mal asiento, diría mi abuela. Me gusta pensar en movimiento y creo que viajar te cambia la visión del mundo. El tiempo transcurre de forma diferente y en pocos días puedes vivir experiencias que no has tenido en años, pero a la vez cuando el viaje termina, es como si hubiera durado cinco minutos.

Mi vida hasta los 40 era movimiento constante. En su momento álgido estaba dirigiendo teatro, dando clases particulares de inglés y trabajando en la revista Think in English. Mi marido también estaba muy ocupado, pero de alguna forma conseguíamos irnos unos días de vacaciones. Mi objetivo en el viaje era hacer fotos con mi Nikon de todo lo que veía para la revista. La cámara pesaba mucho así que usaba una maleta pequeña con ruedas para llevarla y todo lo necesario para no tener que volver al hotel hasta la noche. Mi pequeña maleta era como una parte de mi misma, imprescindible en cada viaje.

Pero mi historia de amor con las maletas con ruedas empezó antes. Cuando daba clase llevaba libros, apuntes, videos y revistas en una bolsa que terminó convirtiéndose en un calvario y mi espalda me dijo: Basta, busca una solución. Compré una pequeña maleta verde con ruedas y mi vida cambió. Empecé usándola para las clases, luego la llevaba al centro porque a la hora en que podía comprar, solo estaban abiertos unos grandes almacenes del centro  y como no tengo coche, tenía que volver en autobús. Mi pasión fue creciendo y encontré una maleta un poco más grande, de buena calidad en unas rebajas. Cabían cosas que jamás hubiera podido sospechar. Las cajeras del supermercado me decían ¿Quiere una bolsa? Cuando les decía que iba a usar la maleta, torcían el gesto pero luego se asombraban de que pudiera meter toda la compra en ese espacio. “Es increíble lo que cabe ¿verdad?” les decía yo, y me iba sonriendo con mi pequeño triunfo.

Cuando iba a Inglaterra me encantaba ir a las tiendas de Charities, como Oxfam o Save the Children, allí hay cientos.   Llevaba una de las maletas con ruedas casi vacía, para comprarme ropa o todo tipo de objetos curiosos, libros, DVDs, antigüedades o regalos. Siempre volvía de Inglaterra con una maleta llena de tesoros.

En mi barrio, a menudo alguna vecina me preguntaba: ¿Qué? ¿Te vas de viaje? Y yo notaba un gesto disimulado de incredulidad al saber que iba a dar una clase o a la compra. “Una maleta para la compra, que rara es esta chica” creo que pensaban. Las maletas son para viajar y lo demás es una excentricidad. Yo pienso lo contrario. Las mujeres, sobre todo, vamos siempre cargadas. Cientos de veces me he encontrado con vecinas llevando bolsas pesadas de la compra, resoplando al borde de la extenuación. Yo les animo a que se compren una maletita con ruedas y se acabó el tormento, pero las maletas son para viajar, ya sabes.

Tengo muchas maletas. Las tengo de diferentes tamaños y modelos. Las hay grandes, medianas, tipo bolso, todas con ruedas, claro. Sobre todo pequeñas, que son las que más usaba antes de la pandemia. Ahora permanecen aburridas, unas en el altillo, otras en la terraza y otras en una habitación donde se van acumulando las cosas. Hace tiempo que no viajamos y ahora, con el confinamiento ni siquiera salgo del barrio para comprar, así que cuando compro llevo el carro. Con el carro debo parecer todavía más loca que con la maleta, porque al intentar que no me cierren las tiendas, siempre voy a la carrera.

Echo mucho de menos viajar. Elegir la ropa para el viaje, llenar el neceser con las cientos de cosas que puedo necesitar desde el cepillo de dientes hasta pastillas para el estómago. La cámara, un par de libros y muchas cosas más. No se viajar ligera, mi marido siempre se queja. Hago las maletas el día antes porque no soportaría tenerlas preparadas y que se tuviera que anular el viaje por alguna razón. No me permito la enorme excitación del viaje hasta el día antes. Mientras tanto, mi marido ha ido preparándolo todo durante semanas. Aunque a pesar de los planes organizados, viajar con él siempre ha sido una aventura.

Espero  volver a hacerlo algún día. Salir de esta rutina que me aplasta. Ver a mis maletas sonreír de nuevo. Mi madre cuando se agobiaba de estar en casa, cambiaba los muebles de sitio. Yo no tengo tanto espacio. Pero cambié de sitio el baúl antiguo de metal, del tamaño de una maleta grande, oscurecido por el tiempo con el que ella viajaba haciendo teatro. Lo moví al salón, donde puedo verlo siempre. Está ahí, como un cofre del tesoro rescatado del pasado, recordándome que la vida no es más que un viaje. A veces los días parecen durar años, pero al mirar atrás parece que han pasado cinco minutos.     

10/12/2020

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La Sombra del Cuchillo

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Marga vivía con su madre Eloísa en Barcelona en una casa que solo tenía cinco pisos pero con muchas escaleras entre cada planta. Hoy sería una casa antigua pero para los años sesenta era una de tantas casas con barandillas de hierro y posa manos de madera y por supuesto, sin ascensor. Cada planta constaba de dos puertas una al lado de la otra con sus consiguientes viviendas y en frente un pasillo que te llevaba a las escaleras para subir a la siguiente planta. Marga viajaba mucho, era modelo y era bonita pero sabía vestirse y maquillarse tan bien que resultaba mucho más hermosa que la mayoría de sus compañeras. Marga tenía dos hermanos Julia y Ricardo que habían dejado la Ciudad Condal para buscarse la vida en otros mundos. Ricardo vivía en Francia y se había hecho músico siempre viajaba con su guitarra y silbaba como un ángel. Julia también era modelo pero sus pasos se dirigieron a la capital donde empezó a trabajar en el teatro se casó y tuvo una hija, Estrella. Así que Marga se quedó sola, echaba de menos a sus hermanos. Ser modelo no le entusiasmaba porque en el fondo de su alma era muy tímida, hubiera preferido estudiar una carrera pero tenía que ganarse la vida y ayudar a su madre. No siempre desfilaba en pasarelas, a veces eran eventos. La semana anterior había tenido que viajar a San Sebastián a un festival que organizaba una conocida marca. Estaba contenta porque venía de recoger varios regalos que habían sobrado de la promoción que hizo en San Sebastián para su sobrina Estrella, que tenía  5 años de edad y pronto volvería de las vacaciones.  Estrella era una niña alegre e imaginativa y ahora estaba pasando unos días en un pueblo de Lérida donde su tía abuela Mercedes tenía una panadería. Le encantaba el olor del pan recién hecho, ayudar a su tita a colocar los productos en las estanterías, jugar con los gatos que buscaban el calor del horno y machacar violetas para hacer colonia, en resumen, era una niña feliz. Ese día Estrella estaba jugando  al lado de la puerta de entrada intentando desenredar las dichosas cortinas que colgaban ruidosas y que servían perfectamente para asustar a las moscas que intentaban desesperadamente acercarse a las deliciosas cocas y ensaimadas que descansaban tentadoras en las estanterías, cuando sonó el teléfono. El teléfono se encontraba a la derecha pegado a la pared en la parte de detrás del mostrador y por la forma de sonar parecía que casi se estaba moviendo, loco de impaciencia. Mercedes cogió el teléfono.

  • Hola ¿qué tal Eloísa? – de pronto la voz alegre de Mercedes dejo paso a un tono de incrédulo terror–  ¿Qué…cómo…Marga? Pero Dios mío…no puede ser…pero qué dices…la atacó un hombre con un cuchillo… ¿dónde…en el portal? ¿Pero, está bien? Ay virgen santísima… menos mal. Menos mal que la vieron a tiempo ¿quién la llevó al hospital? Claro, si es que José Luis es un buen hombre…menos mal que él la vio. Claro, no te preocupes, si Estrellita está muy bien aquí jugando conmigo en la tienda. No, desde luego que no, tú no te preocupes. Un beso cariño mañana te llamaré para ver qué tal va todo. Adiós…adiós.
  • ¡Ay Dios mío – dice entre lágrimas – ay Dios mío!
  • ¿Qué pasa tía? ¿Qué le pasa a la tía Marga?
  • Nada cariño.
  • ¿Quién es ese hombre con un cuchillo? ¿Qué le ha pasado a tía Marga?
  • A tía Marga no le ha pasado nada, fue a una amiga suya.
  • ¿Y qué le pasó?
  • Un hombre malo le atacó en el portal de su casa, a la pobre.

 

Marga llevaba los regalos para su sobrina Estrella en una bolsa colgando de su brazo derecho y la cambió a su brazo izquierdo para sacar la llave del portal.  En ese momento, de las sombras apareció un hombre con un enorme cuchillo de cocina. Marga no vio el cuchillo, se apartó para dejarle pasar, podía ser un vecino. Sus buenos modales le salvaron  la vida. El cuchillo le hizo una raja de lado a lado en el escote, dejando una herida considerable, pero sin llegar a su corazón como pretendía el asesino. Marga subió las escaleras sangrando. Repetía: Un hombre…un hombre…un hombre… un hombre…Estaba confusa, mareada. ¿Era una pesadilla? Solo quería subir, subir, llegar a casa, subir.  Un hombre… un hombre… Todo estaba nublado y oscuro como la entrada de una cueva. Solo veía un escalón y otro y otro, no se acababan nunca. La sangre resbalaba por su vestido y por sus piernas hasta llegar al suelo como si fuera una serpiente sinuosa.  

José Luis, el vecino del piso de abajo la oyó, avisó a su mujer. La hicieron entrar en su piso antes de que llegara a su casa y que su madre la viera en esas condiciones. Intentaron parar la hemorragia y después avisaron a su madre. José Luis la llevó al hospital. Le dieron 17 puntos. Días más tarde se enteraron de que ese hombre había asesinado a una pareja anteriormente. Marga tuvo suerte, se salvó de milagro.

 Años más tarde Estrella se enteró de toda la historia. Ella, que por entonces era una niña, siempre supo que la mujer a la que habían herido, era su tía, no una amiga, como le intentaron hacer creer. Cuando creció, nunca pudo sacar la llave y abrir el portal por la noche, sin miedo. Una noche, cuando era una adolescente, volvía a casa y oyó unos pasos. La calle estaba en silencio, los pasos retumbaron en su cerebro como un eco amplificado de su terror. Empezó a apresurarse, los pasos se volvieron cada vez más insistentes, aterrada empezó a correr; corría y corría. Respiraba y el aire se clavaba como agujas en sus pulmones. No paró hasta llegar al portal. Sacó la llave. Temblaba y oía los pasos acercarse como si los zapatos que la seguían fueran de hierro. Consiguió abrir la puerta y entró. El portal era grande y tenía unas robustas barras de hierro a modo de reja.  Se había salvado. Las piernas se le doblaban. Iba a subir pero no pudo evitar la tentación de parar y mirar atrás. No había nadie.  -Que tonta, tanto correr y tanto miedo para… y entonces lo vio, ahí estaba el hombre, agarrado a las barras de la puerta del portal, intentando atisbar hacia donde había escapado su víctima.

 El miedo se convirtió en un fiel aliado de Estrella, se pegó a ella como una segunda piel que la protegía de los peligros del mundo. No se encerró en casa, ni evitaba el contacto con el mundo, no, no era eso, era simplemente que el miedo era parte de su ser, igual que una pierna o un brazo, estaba ahí y lo aceptó como algo inevitable.

A los diecisiete años Estrella era una joven despreocupada y rebelde siempre con problemas en casa y desafiando la autoridad de sus padres, como suele ocurrir en este tipo de edad. La hora de llegar a casa siempre era un problema pero ella luchaba permanentemente por añadir más y más tiempo a esos momentos de alegría donde no tenía que soportar las constantes recriminaciones y se sentía tan a gusto con sus amigos oyendo música, fumando porros y hablando de libros, política o simplemente sobre la vida y riendo sobre el futuro, siempre tan lejano. Esa noche volvía un poco tarde y estaba algo nerviosa pensando que su padre le iba a echar la bronca una vez más. Abrió el portal y sintió que detrás había alguien, miro de reojo y vio a un joven, un vecino, pensó. Se dirigió al ascensor y toco el botón, de repente sintió a su espalda un fuerte olor a alcohol y noto como el joven se estaba pegando a su espalda más y más. En un abrir y cerrar de ojos la mano del joven se coló entre sus piernas y se posó en su sexo. Estrella se dio la vuelta furibunda y empezó a perseguir al alcoholizado joven profiriendo tales insultos que él jamás hubiera pensado que aquella delicada criatura pudiera proferir y sorprendido por su ira, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Una vez que el joven había abandonado el edificio Estrella cogió el ascensor y subió a su casa. Le temblaban las piernas. En la casa había invitados así que nadie le comento nada sobre su hora de llegada. Fue a su habitación, su refugio y mirándose al espejo sonrió. Desde ese momento supo que aunque probablemente el miedo no desapareciera, aunque la acompañara siempre disfrazado como la sombra de un hombre con un cuchillo, ella lucharía, no sería una víctima. No era una pobre mujer indefensa, en realidad nunca lo había sido.

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La Última Cima

photo – Wiki Commons (Public Domain)

Sopla el viento afuera,

no puedo dormir.

Suena el teléfono

una y otra vez

en mi mente,

en mis entrañas.

Ella llora y se dobla

de dolor.

¿Dónde estás?

El tiempo se ha

detenido para siempre,

pero no el tiempo

de la alegría,

de la esperanza,

cuando subía a la cima

y me dedicaba su victoria;

el tiempo vacío,

el tiempo muerto,

donde todo pasa y

nada tiene sentido.

Ya no me devora ni la rabia,

solo el viento,

el viento que se la llevó

a donde ella quería,

donde era feliz.

Esa vez, esa última vez

me dedicó el infinito.

                                  A mi vecino Julián (2011)

                            Marina Carresi

Julian ya no vive, pero escribí este poema a raíz de una conversación que tuve con él en el 2011 en la que me contaba como perdió la vida su hija, una escaladora experimentada. Espero que los dos se hayan encontrado en el la cima de una hermosa montaña.

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El jazmín que quiso vivir

Mi jazmín – photo by Marina Carresi 23/03/2020

LLueve. La sensación de irrealidad se hace palpable y me rodea como una manta invisible. Suenan algunos vehículos en la calle a diferencia del domingo que parecía que una aspiradora gigante se hubiera llevado la vida, como en Chernobyl.

La soledad se ha adueñado de mi mente y una cascada de imágenes me visita a todas horas con el sufrimiento ajeno. Siento la venganza de la tierra, la esperaba desde hacía tiempo, con el corazón latiendo frenético como un aviso, un presentimiento. Se ha hartado de nosotros y nuestra destrucción. Miro por la ventana, el parque está verde y parece abrazar a la lluvia. La tristeza de los que quedan, de los que han perdido a los suyos en esta batalla, me acompaña. Un ser minúsculo ha conseguido doblegar nuestro orgullo de reyes del planeta. Irónico y absurdo.

Las terrazas mudas se asoman al vacío. En este lado de la casa puedo ver las del edificio que hace esquina con el mío y sólo dos tienen macetas; una de ellas tiene seis, todas de geranios rojos. Al otro lado de la casa, mi pequeño paraiso me regala verdes sonrisas. Hay un jazmín que estuvo a punto de morir invadido por pequeños insectos destructores, conseguí salvarle y ahora cada vez que abro la puerta y salgo a respirar, me regala su aroma dulzón y buenos recuerdos. Me gustaría pensar que esta historia absurda y cruel  terminará como mi jazmín; que conseguiremos acabar con el bicho destructor, que florecerá un mundo nuevo más compasivo y que al salir a la calle un embriagador olor a jazmín nos revelará que la tierra nos ha perdonado.

17 Marzo 2020

El actor Julio Alonso ha tenido la amabilidad de leer este texto. Es un actor fabuloso y le estoy muy agradecida.

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Nuestro Thanksgiving Peculiar

Este Noviembre como todos los noviembres desde 2014 es como si me faltara algo. Creo recordar que todo empezó en el 2004. Ben trabajaba ya en la revista con nosotros y gracias a él habíamos conocido a Jonny.  Ben, además de ser un  estupendo maquetador, era músico. Él y Jonny  eran amigos desde su infancia en Ohio y los dos habían venido a España a aprender flamenco: Ben la guitarra y Jonny el cajón. Ann, casada con un español, nacida en una familia blanca en Sudáfrica habló con su amiga Ruth, pareja de Jonny y se pusieron de acuerdo para darle una sorpresa y organizar una comida de Thanksgiving. Ann, ofreció su casa con jardín en una lujosa zona del extrarradio de Madrid, y entre las dos lo organizaron todo a la perfección. Así empezó una tradición que duró diez años y como soy una nostálgica, la conservaré en mis fotografías y en mis recuerdos. Era algo especial.

Thanksgiving 2014 photo by Marina Carresi

Ese variopinto grupo de gente que nos reuníamos, por distintas razones, en esa fecha, nos convertíamos por un día en una familia. Parecíamos las Naciones Unidas. La pareja de Ben, Lidia de México, Ruth la pareja de Jonny, inglesa igual que mi marido. Frank de Nueva York y su pareja Isac, canario. Angela, española de madre  alemana, su bebe y su marido por aquel entonces Donald  de Nueva York y también músico como Ben y Jonny. El marido de Ann trabajaba fuera de España y no pudo venir ningún año pero su hija, Alice que nació en Madrid y a la que conocimos cuando era una niña y Meg,  irlandesa, divorciada de un español, amiga y casi hermana de Ann completaban el grupo.  Veníamos de culturas muy distintas pero flotaba un aire fraternal, que nunca podré olvidar.

 

Los primeros años Nick y yo casi no dormíamos porque trabajábamos por la noche, había que estar pronto y nunca hemos tenido coche. Al vernos tan agotados, Ann nos ofreció llegar la noche anterior y dormir allí. Desde entonces Nick y yo nos levantábamos relajados y yo salía a pasear por el jardín mientras él y Ann se quedaban en la cocina. Nick tenía que preparar su comida vegetariana y Ann el pavo. Trabajábamos tanto, que estar allí era como estar en el paraíso. Al pasear entre los pinos de la parte agreste del jardín y al ver el cielo limpio, frio y brillante, con ese brillo exagerado de la Sierra madrileña, me sentía renacer. A veces me agachaba y cogía una piña solo para saborear su olor a piñones. Me encantaba coger mi cámara, hacer fotos de las hojas caídas, con su festival de tonos marrones, reflexionar sobre la vida y la belleza del otoño y después jugar con Goya, el Yorkshire, y su pelota en la parte donde el césped es verde y mullido como un colchón al que tus pies dan las gracias en cada pisada. Esos momentos eran como un ansiado regalo de Navidad.

Goya – Thanksgiving 2014 – photo by Marina Carresi

Más tarde empezaban a llegar nuestros amigos en un goteo de chispeante excitación. Yo, en parte por las conversaciones cruzadas en inglés, que me dejaban agotada, en parte por mi propio carácter, cogía mi cámara y con la excusa de que iba a utilizar las fotos en la revista,  que también era verdad, me situaba fuera de la vorágine y hacía fotos sin parar. Me hacía invisible para captar esos preciosos momentos donde la vida transcurre sin que nos demos cuenta.

Thanksgiving 2008 – photo by Marina Carresi

Cada pareja traía de su casa algo preparado para la comida. Ann se levantaba a las seis de la mañana para empezar la preparación del pavo. Ruth y Jonny traían el relleno y hacían la salsa de gravy. En realidad hacían dos salsas, ya que una era sólo para mí, sin pimienta.  Para un anglo, cocinar sin pimienta, es casi una herejía, pero lo hacían por mí. Frank e Isac, preparaban unas empanadillas de calabaza típicas de Canarias que se derretían en la boca, su dulce toque canario contrastaba con el resto. De hacer los panes, se encargaban Ben y Lidia y podías suspirar de placer por lo crujientes que eran por fuera y lo blandos que eran por dentro. Ben siempre me reñía porque yo empezaba a comerlos aunque estaban calientes,  no podía esperar. Nick preparaba unas patatas deliciosas en el horno, con mantequilla y hierbas. Donald y Angela una mermelada de arándanos y un acompañamiento hecho con maíz y crema de champiñón. Por último Alice, que ya apuntaba maneras de artista, preparaba la alargada mesa de madera con velas de colores, granadas y muérdago en una perfecta combinación de colores otoñales.

Tahnksgiving 2005 – photo by Marina Carresi

Antes de comer, con varias personas entrando y saliendo, la cocina vibraba con su propia música, todos parecían danzar entre los fogones y el fregadero, interrumpiendo su danza con pequeñas discusiones de cuanto debía estar el pavo en el horno o si las patatas se ponían aquí o allí. Mientras, yo deambulaba entre la cocina y la artística mesa de Kim, cámara en mano, disfrutando de esos olores. Observaba en silencio, cómo esa curiosa familia se iba cocinando lentamente, como el pavo, año tras año, ya que al principio algunos casi no nos conocíamos. Después del pequeño caos nos sentábamos a la mesa y uno por uno teníamos que dar las gracias por algo, compartir algo positivo que a veces se convertía en algo emotivo. No era nada religioso, aunque Frank, que parecía salido de una película de Woody Allen recitaba una preciosa e incomprensible oración en yiddish que parecía un conjuro mágico y a Ruth le entraba la tristeza porque se acordaba de su familia en Inglaterra y luego era difícil hacerla sonreír. Celebrábamos la exquisita comida charlando, elogiando los platos de los demás y bebiendo. Más tarde con el estómago lleno, y parsimoniosos como tortugas, nos arrastrábamos a los sofás frente a la chimenea y siempre algún alma caritativa preparaba café y té antes de que nos  transformáramos en osos y empezáramos a hibernar.

Thanksgiving 2005 – photo by Marina Carresi

Hablábamos en español y en inglés, o en ambos a la vez.  De vez en cuando, salía a fumar un cigarro al jardín. Me despejaba el aire fresco de la noche. Salía para descansar un poco. Pensar en inglés me dejaba extenuada, sobre todo porque mi mente viajera, a veces se iba de paseo y cuando volvía, ya no me enteraba de nada. Pero a pesar de mis dificultades idiomáticas, todos los Noviembres, Nick y yo, como dos niños que van a ver a papa Noel preparábamos, yo la maleta y el las patatas, para disfrutar de ese día y de esa singular familia que el destino nos regaló durante diez años. Distintas circunstancias personales hicieron que después de 2014 no lo volviéramos a celebrar, cambios de domicilio, trabajo y otros impedimentos hicieron que la llama de nuestro Thanksgiving se consumiera como una de esas velas que Alice encendía en la comida. Seguimos en contacto, pero la vida es como es, y lo entiendo. Aun así, todos los Noviembres desde el 2014 es como si me faltara algo.

 

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África en su jardín

Jardín africano 2019 – photo by Marina Carresi

 

Los árboles de su jardín

Susurran a las libélulas

Que se esconden en sus ramas

Y rozando el agua danzan frenéticas,

Sobrecogidas por la belleza.

 

Sobre sus copas, el cielo azul

Acaricia el pequeño lago

Rodeado de piedras dormidas

Y sientes que un trozo de África

Sube de tus piernas a la cintura.

 

Los pájaros celebran el jardín secreto

Salvaje, tranquilo y oculto

Como una isla en suave rebeldía

En medio de la organizada hipocresía

De los eternos céspedes.

 

Para Lois, Julio 2019.

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The Snuts save our Mad Cool

A little chronicle and some tips for those of you who are going to Mad Cool. We thought you might benefit from our experience…

We went to Mendez Alvaro because there is a direct Cercanias connection to Valdebebas… only to find that that line is closed (the Atocha to Chamartín section), so plan B, we took the metro to Nuevos Ministerios and then changed for Mar de Cristal. There is a direct bus to Valdebebas there… but as we arrived it was being towed away having broken down. After a 20-minute wait we realized that the next one would be 14 minutes more, so we decided to take a taxi. The distance was short but the road blocks and police controls mean that even taxis have to go round and round in circles and are not allowed to drop you near the entrance.

 

Anyway we got in and Marina felt the call of nature so off to the “Chicas”. 20 minutes later she came back “pale and shaking” from the traumatic experience of the WCs. At least half were unserviceable as they were overflowing with effluence. The only place she has encountered similar facilities was in a Moroccan village.

 

So we headed off to near where Noel Gallagher had just started up but after being stung for €10.50 for a small beer and a Coke, which included €1 for each plastic cup, we decided to cheer ourselves up with some food. This was acceptable and reasonably priced (given the context). However, like the loos and most everything else at Mad Cool, it involved extensive queuing. If you are planning on eating there, the lines did seem to go in waves, so keep one eye open for when there’s a lull.

 

The Snuts were MAGNIFICENT and Marina enjoyed them much more than she expected, so that was a high point.

The Snuts – Mad Cool – Madrid 2019 – photo by Marina Carresi

 

Getting home by public transport was nearly as “interesting” as getting there. You are expected to walk a couple of kilometres around the recinto to get to where the buses leave from. There is a free bus to Plaza Castilla, which leaves once it is full (to the brim). In Plaza Castilla this connects with a nocturno to Cibeles. Unfortunately, it arrived in Cibeles just as our nocturno was leaving, so we cut our losses and took a taxi home.

 

I hope we have been able to prepare you for some things and save you suffering others through this message. Have a great time!

 

Written by Nick Franklin

Photos by Marina Carresi (taken with a small mobile)

 

 

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