Soñé que Parí la Tierra

Soñé que estaba de parto,

soñé que parí la tierra,

a mi costado mi madre

ayudando de partera.

En mi útero terráqueo

flote por dentro de ella

y con un vuelo rasante

en libertad y sin fronteras,

me convertí en un águila

con alas y plumas negras.

Acaricié el mar volando,

sobrepasé cordilleras,

un Chamán de voz profunda

danzaba junto a una hoguera.

Y al despertar, una lagrima

Me dejó un surco violeta.

                                                                              22 Abril 2022     

Este dibujo lo hice a los 24 años. Está basado en un sueño.

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La Jaula de Europa

Interior with Ida in a white chair .*oil on canvas .*57 x 49 cm.*signed b.r.: VH .*1900

Revuelta el alma,

mis ojos vuelcan

el dolor contenido

de las águilas sin alas.

Perdida en la oscuridad

de la impotencia

ante la sangre derramada,

grito al vacío.

Atrapada en el abismo

de mi encierro,

de mi caos sin salida,

de mi jaula construida

con mis propias manos,

bebo la taza amarga

de un pesado silencio

en esta autoimpuesta

cuarentena de mil años.

Mientras, lucho contra el tiempo

que avanza sin piedad

arrancándome la vida.

Madrid 13 marzo 2022 en homenaje a las víctimas de Ucrania.


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Trapos

Foto de Trapos hecha por mi hermano Leonardo López Carresi .

Adiós, adiós

pequeño ángel.

Llegaste desde

no se sabe dónde.

¿El infinito,

una estrella fulgurante,

una flor del espacio?

Caído de una nube

me esperabas,

nos esperabas,

sin saber

nosotros el porque.

Te acogimos,

nos acogiste,

nos llenaste

de tu grandeza.

¿Qué vamos a hacer ahora

que se te ha acabado el tiempo?

¿Qué vamos a hacer

vacíos de ti?

¿Dónde fue tu cálido abrazo,

tu sonrisa luminosa

que  sólo nosotros

podíamos ver?

We miss you

We’ll miss you

forever!          

para Trapos  9 / 2008

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Uno de esos días de…Navidad

Shop until you drop – by Banksy

“Mírala, son las nueve y acaba de llegar. La de veces que le he dicho que cerramos a las diez”. “Esa mujer no tiene remedio”. Hortensia imaginaba esta conversación entre las empleadas que a menudo la seguían con la mirada al pasar delante del mostrador de Atención al Cliente.

Había Salido tarde de casa y para empeorar las cosas tuvo que volver a por la mascarilla. Tenía que comprar comida para sus gatos, y algo en la planta 3ª para evitar el lio de la semana de Navidad. No podía soportar la perpetua tortura del “pero mira como beben y vuelven a beber” y vuelven y vuelven y vuelve a beber sin parar. Esos peces borrachos la perforaban los oídos.  También le sacaba de quicio la aglomeración de gente desquiciada empujando sus carros con torpeza como si fueran coches de choque en una feria disparatada.

Vio el autobús pasar al otro lado de la calle.  Empezó a correr, no era probable que pasara otro hasta dentro de 20 minutos pero… Con las prisas tropezó con la rueda del carro y casi sale volando. Y con una expresión mezcla de asombro y espanto vio pasar otro y con él sus esperanzas de llegar con tiempo suficiente. “¡No, no, no! ¡Mierda de autobús!”, gritó “¿A ver, qué te he hecho yo, Dios mío?  ¡Siempre que salgo por la puerta y empiezo a andar, veo a ese autobús de mierda pasar delante de mis narices!” Después de esta muestra inapropiada de emociones intento respirar como había aprendido en sus clases de yoga, miró hacia un lado y después hacia el otro para comprobar que nadie la había oído. Efectivamente, no había ni un alma y lanzó un suspiro. Eran más de las ocho. Con paso desganado y arrastrando el carro,  llegó hasta el semáforo y apretó el botón para activar el paso de peatones. Los coches pararon en el acto y cruzó sin detenerse. Imaginaba sus miradas de odio, sus insultos tras el cristal y sus malos deseos flotando hacía ella como nubes radioactivas.

Al llegar, cruzó todo el edificio de los grandes almacenes para bajar a la sección de mascotas. Tenía que comprar comida para sus gatos pequeños. Sabía que en la tercera planta, donde se encontraba el supermercado, solo tenían para gatos adultos. “Tendré que subir a por el resto de la compra después”, pensó y volvió a mirar el reloj. Su amiga la dependienta, una mujer rubia con ojos azules y que parecía un hada hastiada de su paso por la tierra, la sonrió con calidez y amabilidad. Tenía una hija que cantaba como un ángel y que estaba en el conservatorio. Estuvo escuchándola contar, con un brillo en los ojos, que su hija iba a cantar en público, se olvidó de la hora. De pronto miró el reloj, ya eran las 9:30  y casi dejando a la pobre hada con la palabra en la boca, salió disparada, esta vez atravesando el garaje, para subir al supermercado.

Sólo le quedaba media hora. Subió a la tercera planta. Dejó su carro rápido y cogió uno de los de metal, cuando por fin, después de haberse puesto histérica consiguió encontrar una maldita moneda en su enorme  bolso que parecía el de una Mary Poppins malograda. Le daba miedo encontrarse con la mujer de pelo negro y largo, de Atención al Cliente que siempre le recordaba que se cerraba a las diez, pero respiró hondo cuando no la vio. Su mascarilla FP2 la protegía, pero además el supermercado estaba casi vacío. Sólo seis o siete personas, tan poco sociables como ella, deambulaban por los pasillos, un problema menos.

Tardó un poco de más en los quesos. Carrera arriba, carrera abajo veía a los empleados colocando los productos para el día siguiente y estaban tan concentrados que ella parecía un fantasma que revoloteaba de un lado a otro sin que nadie se diera cuenta de su existencia. Ya estaba acostumbrada a esa rutina, ya que siempre iba a comprar a última hora. Sabía que si se olvidaba de algo tendría que volver y odiaba tener que volver por esa razón. Lo sabía, le pasaba siempre, llegaría a casa y diría, por ejemplo: “¡Oh, no…no, no, no se me han olvidado los cubitos de verduras! ¿Qué vamos a hacer ahora?” Y su marido le sonreiría y le diría algo como: “Siempre podemos comernos a Flufi” y la haría reír, pero él no se daría cuenta de la sensación de fracaso que se ocultaba en su misión fallida: conseguir cubitos de verduras para el guiso.

Faltaban cinco minutos. Se le aceleraba el pulso. Se quedaba sin respiración. Corría de un lado a otro como un pollo sin cabeza. “Las patatas, los quesitos sin lactosa, los fideos chinos que ya solo los venden aquí, sé que me falta algo, lo sé”, pensaba. Estaba agotada y se acordaba de su amiga Mercedes que siempre le decía: “Tranquila, Hortensia, la que no tiene cabeza, tiene piernas”. Según se acercaba la hora del cierre, las miradas de desaprobación empezaban a caer sobre ella como una lluvia de flechas silenciosas. Comprendía que esa gente quería irse a casa y libraba una batalla encarnizada consigo misma que a veces le dejaba paralizada delante los tomates sin saber cuáles elegir entre las ocho variedades de distintos precios tamaños y colores.

Por fin llegó a la caja, habían pasado diez minutos del cierre. Hortensia iba sacando los productos del carro para el envío a toda velocidad, como si estuviera en una competición. “¿Tiene tarjeta de Almacenes Compratuvida?”, le preguntó la cajera. “No, solo tarjeta del banco”, respondió. Lanzando un soplido, la cajera le pidió su teléfono y no encontraba su dirección, a pesar de que llevaba comprando ahí desde hacía veinte años. Tuvo que dar todos sus datos otra vez mientras miraba el reloj y pensaba en la mujer de Atención al Cliente y su recurrente advertencia: “Sabe que cerramos a las diez ¿verdad?”    

Se apagaron las luces. Había dejado la mayoría de los productos frescos para el final, esos se los llevaba a casa en su carro. Iba tan lleno que la cajera levantado las cejas, le había preguntado: “¿Se va a llevar todo eso? Pero ¿el pedido lo quiere para mañana, verdad? Bajó con el ascensor a la salida. Estaba cerrado. Las persianas bajadas. “Hola hay alguien…hola… ¿no hay nadie?”, preguntó. Le entró pánico. Y si se había marchado todo el mundo. Y si tenía que quedarse ahí encerrada toda la noche con un vigilante psicópata que la descuartizaría y la metería en un armario que se iba a enviar al día siguiente para alguien en Murcia. Un sudor helado empezó a recorrerle la espalda.

Decidió subir de nuevo a pesar de la vergüenza y explicar la situación al grupo de empleados y empleadas que estaban reunidos charlando y riendo delante de Atención al cliente. Al verla se hizo un silencio y la mujer de pelo negro largo que había aparecido de la nada, la miró fijamente torciendo el gesto. Hortensia bajo la cabeza. Entró en el ascensor con varios trabajadores que hacían comentarios jocosos contentos de volver a casa como si ella no estuviera ahí. Miraba fijamente a la puerta para no ver sus caras porque les imaginaba moviendo la cabeza como si fuera un caso perdido de mujer molesta. Llegaron a la planta baja y le indicaron que tendría que salir por la salida de empleados. No había ascensor y el carro pesaba bastante. El vigilante, que resultó ser un hombre muy amable, se ofreció para ayudarle. Hubiera querido ser una Superwoman y haberle dicho: “Muchas gracias, no se preocupe pero puedo con ese carro y con diez más” pero tuvo que rendirse, decir: “Si, muchas gracias” y punto. Le dolía la espalda y no quería quedarse doblada y que encima la tuvieran que sacar en brazos. Mientras bajaban y subían, acompañados por una hilera de empleados que la miraban con extrañeza mientras se dirigían a la ansiada salida, oyó a la mujer de pelo negro largo decir: “Mírala, la última de la fila”. Salió a la calle, en frente estaba la parada de autobús, pero el autobús se estaba marchando y no le abrió la puerta. Se quitó la mascarilla, saltó sobre ella y la pisoteo varias veces. Luego respiro profundamente y se puso a buscar otra en el bolso, donde nunca encontraba lo que buscaba. Finalmente tuvo que aceptarlo, era uno de esos días de mierda y no había nada que hacer. Entonces, encontró la mascarilla, se la puso y como salido de la nada, apareció otro autobús, subió con su carro y se marchó a su casa.

Marina Carresi  Enero 2022

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Picotas

Picotas – photo by Marina Carresi

Las picotas crujen y suenan como si mordieras una patata frita muy fina pero te dan  una carnosa y dulce sorpresa una vez traspasada su piel. Siempre me han gustado más las picotas que las cerezas. Tienen carácter. Con las cerezas el esfuerzo es mayor porque tienes que quitar el rabo, aunque cuando era niña me gustaba ponérmelas de pendientes. Tenían su gracia, pero son más blandas y con su blandura, disimulan su acidez. Sin embargo, las picotas a pesar de su dureza, son dulces y carnosas. Generalmente son más grandes y cuanto más grandes mejor, porque las metes en la boca, aprietas los dientes, y crack, el verano con su rojo sol, aún fresco del amanecer entra en tu garganta.

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La ardilla y la llave

Ardilla – photo by Marina Carresi

Una pesada calma bucea en mis neuronas;                                        

se conectan entre sí, rebeldes y cansadas

de este autoimpuesto y agónico encierro.

El mundo es una pantalla pero está fuera.

Me protege con un manto sutil,

mi cobardía vestida de miedo a la muerte,

cerca, pero lejos del dolor humano.

La noche y los gatos lamen mis heridas

antiguas como mi vida, atrapada en un pasado

de luz y oscuridad a partes iguales.

Como cansa enfrentarse a la propia historia,

deshojarla como una recién arrancada margarita

con sus síes y noes aplastando el aire.

La llave la escondí y no la encuentro,

como la ardilla que dejó la nuez  en un árbol

recóndito y se ha perdido en el bosque.

Abril 2020

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¡Devolvedme la música!

Música y movimiento. Photo by Marina Carresi

Dentro de mí se mueve

un caracol gigante

que se retuerce

pegado a su concha

de espiral infinita.

¡Música, música,

devolvedme la música!

Pondré alas a mis pies

que inquietos de hormigas

paralizantes, se adhieren

como lapas pegajosas

al suelo de mi piso.

¡Música, música,

devolvedme la música!

Inmóvil tras la ventana,

tras la pantalla,

tras la puerta,

de mi boca sale un grito

que retumba en las aceras.        

¡Música, música,

devolvedme la música! ¡Ya!

Diciembre 2020

Este poema está dedicado a Susie Jones, Robbie Jones, Hamish Binns y todos mis amigos y amigas músicos por alegrarnos la vida con sus generosas melodías. Lo escribí después de ir a un concierto en el que tocaban Hamish y Robbie y me di cuenta de cuanto les echo de menos a ellos y a su fantástica música.

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Su Amo

No entendía porque su amo le había dejado atado fuera de la casa. Por qué no le había llevado con los demás. Hacía frio y tenía hambre. ¿Estaría enfadado porque no había cogido la presa? Había cogido muchas presas. Cientos. Es verdad que ahora le costaba un poco más correr pero lo haría mejor, como antes.

Oía los ladridos de los otros perros llamándole, al fin y al cabo era el más viejo y le tenían un respeto. De repente sonó la voz del amo.

–¡Callaros ya, maldita sea! Vais a despertar a todo el pueblo. Jodidos animales.

La voz sonaba extraña, pastosa. A veces había oído al amo hablar así y temblaba. Eso quería decir que le podía caer algún golpe. Pero a él no le importaba, era su amo y le quería. Es lo que hacen los perros, querer a sus amos. Cuando era pequeño tenía miedo del ruido del palo de fuego pero pronto aprendió que a él no le haría daño. El palo de fuego sonaba y luego escuchaba: “Corre perro, corre, vamos coge la perdiz, vamos”. Y el corría como el mismísimo viento. Cuando traía al pájaro muerto cientos de caricias paseaban por su lomo y su cabeza. Era  feliz.

Le vio acercarse como una sombra negra. No parecía su amo. Le salía espuma por la boca como un perro rabioso. Los ojos inyectados en sangre. Le desato y empezó a llevarle casi a rastras con la correa. El perro empezó a aullar lastimeramente y le dio una patada. Le amenazó con la mano para que se callara. Ya en el bosque, oscuro como la misma muerte, sacó una cuerda de su abrigo y la ató a su cuello.

Dos días después unos jóvenes excursionistas paseaban por el bosque. La chica más joven fue la que lo vio primero y grito. Nunca podrá olvidar la mirada de aquel perro, una mirada incrédula y triste que quedó reflejada más allá de la muerte.

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Maletas para una vida

El baúl de teatro de mi madre. Ahora es la cama de mi gato Bambi. Photo by Marina Carresi

El escritor Bruce Chatwin, en su libro The Songlines afirma que los humanos tenemos una naturaleza nómada que tiene una raíz genética. Cuando leí su libro me impresionó el hecho de que los bebes se callan, cuando los acunas, al moverte dando un paso hacia adelante y otro hacia atrás, porque se relajan con el movimiento. Esta acción es una memoria de cuando nuestros ancestros eran nómadas.

 Mi madre trabajaba en el teatro cuando estaba embarazada. Me llevaba en su interior de ciudad en ciudad. Cuando nací, me dejaba en el camerino mientras actuaba, hasta que me puse enferma y me llevó a Barcelona con mi abuela. Creo que por esa razón siempre he sido muy inquieta, un culo de mal asiento, diría mi abuela. Me gusta pensar en movimiento y creo que viajar te cambia la visión del mundo. El tiempo transcurre de forma diferente y en pocos días puedes vivir experiencias que no has tenido en años, pero a la vez cuando el viaje termina, es como si hubiera durado cinco minutos.

Mi vida hasta los 40 era movimiento constante. En su momento álgido estaba dirigiendo teatro, dando clases particulares de inglés y trabajando en la revista Think in English. Mi marido también estaba muy ocupado, pero de alguna forma conseguíamos irnos unos días de vacaciones. Mi objetivo en el viaje era hacer fotos con mi Nikon de todo lo que veía para la revista. La cámara pesaba mucho así que usaba una maleta pequeña con ruedas para llevarla y todo lo necesario para no tener que volver al hotel hasta la noche. Mi pequeña maleta era como una parte de mi misma, imprescindible en cada viaje.

Pero mi historia de amor con las maletas con ruedas empezó antes. Cuando daba clase llevaba libros, apuntes, videos y revistas en una bolsa que terminó convirtiéndose en un calvario y mi espalda me dijo: Basta, busca una solución. Compré una pequeña maleta verde con ruedas y mi vida cambió. Empecé usándola para las clases, luego la llevaba al centro porque a la hora en que podía comprar, solo estaban abiertos unos grandes almacenes del centro  y como no tengo coche, tenía que volver en autobús. Mi pasión fue creciendo y encontré una maleta un poco más grande, de buena calidad en unas rebajas. Cabían cosas que jamás hubiera podido sospechar. Las cajeras del supermercado me decían ¿Quiere una bolsa? Cuando les decía que iba a usar la maleta, torcían el gesto pero luego se asombraban de que pudiera meter toda la compra en ese espacio. “Es increíble lo que cabe ¿verdad?” les decía yo, y me iba sonriendo con mi pequeño triunfo.

Cuando iba a Inglaterra me encantaba ir a las tiendas de Charities, como Oxfam o Save the Children, allí hay cientos.   Llevaba una de las maletas con ruedas casi vacía, para comprarme ropa o todo tipo de objetos curiosos, libros, DVDs, antigüedades o regalos. Siempre volvía de Inglaterra con una maleta llena de tesoros.

En mi barrio, a menudo alguna vecina me preguntaba: ¿Qué? ¿Te vas de viaje? Y yo notaba un gesto disimulado de incredulidad al saber que iba a dar una clase o a la compra. “Una maleta para la compra, que rara es esta chica” creo que pensaban. Las maletas son para viajar y lo demás es una excentricidad. Yo pienso lo contrario. Las mujeres, sobre todo, vamos siempre cargadas. Cientos de veces me he encontrado con vecinas llevando bolsas pesadas de la compra, resoplando al borde de la extenuación. Yo les animo a que se compren una maletita con ruedas y se acabó el tormento, pero las maletas son para viajar, ya sabes.

Tengo muchas maletas. Las tengo de diferentes tamaños y modelos. Las hay grandes, medianas, tipo bolso, todas con ruedas, claro. Sobre todo pequeñas, que son las que más usaba antes de la pandemia. Ahora permanecen aburridas, unas en el altillo, otras en la terraza y otras en una habitación donde se van acumulando las cosas. Hace tiempo que no viajamos y ahora, con el confinamiento ni siquiera salgo del barrio para comprar, así que cuando compro llevo el carro. Con el carro debo parecer todavía más loca que con la maleta, porque al intentar que no me cierren las tiendas, siempre voy a la carrera.

Echo mucho de menos viajar. Elegir la ropa para el viaje, llenar el neceser con las cientos de cosas que puedo necesitar desde el cepillo de dientes hasta pastillas para el estómago. La cámara, un par de libros y muchas cosas más. No se viajar ligera, mi marido siempre se queja. Hago las maletas el día antes porque no soportaría tenerlas preparadas y que se tuviera que anular el viaje por alguna razón. No me permito la enorme excitación del viaje hasta el día antes. Mientras tanto, mi marido ha ido preparándolo todo durante semanas. Aunque a pesar de los planes organizados, viajar con él siempre ha sido una aventura.

Espero  volver a hacerlo algún día. Salir de esta rutina que me aplasta. Ver a mis maletas sonreír de nuevo. Mi madre cuando se agobiaba de estar en casa, cambiaba los muebles de sitio. Yo no tengo tanto espacio. Pero cambié de sitio el baúl antiguo de metal, del tamaño de una maleta grande, oscurecido por el tiempo con el que ella viajaba haciendo teatro. Lo moví al salón, donde puedo verlo siempre. Está ahí, como un cofre del tesoro rescatado del pasado, recordándome que la vida no es más que un viaje. A veces los días parecen durar años, pero al mirar atrás parece que han pasado cinco minutos.     

10/12/2020

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La Sombra del Cuchillo

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Un hombre escondido, amenaza en la noche.

Marga vivía con su madre Eloísa en Barcelona en una casa que solo tenía cinco pisos pero con muchas escaleras entre cada planta. Hoy sería una casa antigua pero para los años sesenta era una de tantas casas con barandillas de hierro y posa manos de madera y por supuesto, sin ascensor. Cada planta constaba de dos puertas una al lado de la otra con sus consiguientes viviendas y en frente un pasillo que te llevaba a las escaleras para subir a la siguiente planta. Marga viajaba mucho, era modelo y era bonita pero sabía vestirse y maquillarse tan bien que resultaba mucho más hermosa que la mayoría de sus compañeras. Marga tenía dos hermanos Julia y Ricardo que habían dejado la Ciudad Condal para buscarse la vida en otros mundos. Ricardo vivía en Francia y se había hecho músico siempre viajaba con su guitarra y silbaba como un ángel. Julia también era modelo pero sus pasos se dirigieron a la capital donde empezó a trabajar en el teatro se casó y tuvo una hija, Estrella. Así que Marga se quedó sola, echaba de menos a sus hermanos. Ser modelo no le entusiasmaba porque en el fondo de su alma era muy tímida, hubiera preferido estudiar una carrera pero tenía que ganarse la vida y ayudar a su madre. No siempre desfilaba en pasarelas, a veces eran eventos. La semana anterior había tenido que viajar a San Sebastián a un festival que organizaba una conocida marca. Estaba contenta porque venía de recoger varios regalos que habían sobrado de la promoción que hizo en San Sebastián para su sobrina Estrella, que tenía  5 años de edad y pronto volvería de las vacaciones.  Estrella era una niña alegre e imaginativa y ahora estaba pasando unos días en un pueblo de Lérida donde su tía abuela Mercedes tenía una panadería. Le encantaba el olor del pan recién hecho, ayudar a su tita a colocar los productos en las estanterías, jugar con los gatos que buscaban el calor del horno y machacar violetas para hacer colonia, en resumen, era una niña feliz. Ese día Estrella estaba jugando  al lado de la puerta de entrada intentando desenredar las dichosas cortinas que colgaban ruidosas y que servían perfectamente para asustar a las moscas que intentaban desesperadamente acercarse a las deliciosas cocas y ensaimadas que descansaban tentadoras en las estanterías, cuando sonó el teléfono. El teléfono se encontraba a la derecha pegado a la pared en la parte de detrás del mostrador y por la forma de sonar parecía que casi se estaba moviendo, loco de impaciencia. Mercedes cogió el teléfono.

  • Hola ¿qué tal Eloísa? – de pronto la voz alegre de Mercedes dejo paso a un tono de incrédulo terror–  ¿Qué…cómo…Marga? Pero Dios mío…no puede ser…pero qué dices…la atacó un hombre con un cuchillo… ¿dónde…en el portal? ¿Pero, está bien? Ay virgen santísima… menos mal. Menos mal que la vieron a tiempo ¿quién la llevó al hospital? Claro, si es que José Luis es un buen hombre…menos mal que él la vio. Claro, no te preocupes, si Estrellita está muy bien aquí jugando conmigo en la tienda. No, desde luego que no, tú no te preocupes. Un beso cariño mañana te llamaré para ver qué tal va todo. Adiós…adiós.
  • ¡Ay Dios mío – dice entre lágrimas – ay Dios mío!
  • ¿Qué pasa tía? ¿Qué le pasa a la tía Marga?
  • Nada cariño.
  • ¿Quién es ese hombre con un cuchillo? ¿Qué le ha pasado a tía Marga?
  • A tía Marga no le ha pasado nada, fue a una amiga suya.
  • ¿Y qué le pasó?
  • Un hombre malo le atacó en el portal de su casa, a la pobre.

 

Marga llevaba los regalos para su sobrina Estrella en una bolsa colgando de su brazo derecho y la cambió a su brazo izquierdo para sacar la llave del portal.  En ese momento, de las sombras apareció un hombre con un enorme cuchillo de cocina. Marga no vio el cuchillo, se apartó para dejarle pasar, podía ser un vecino. Sus buenos modales le salvaron  la vida. El cuchillo le hizo una raja de lado a lado en el escote, dejando una herida considerable, pero sin llegar a su corazón como pretendía el asesino. Marga subió las escaleras sangrando. Repetía: Un hombre…un hombre…un hombre… un hombre…Estaba confusa, mareada. ¿Era una pesadilla? Solo quería subir, subir, llegar a casa, subir.  Un hombre… un hombre… Todo estaba nublado y oscuro como la entrada de una cueva. Solo veía un escalón y otro y otro, no se acababan nunca. La sangre resbalaba por su vestido y por sus piernas hasta llegar al suelo como si fuera una serpiente sinuosa.  

José Luis, el vecino del piso de abajo la oyó, avisó a su mujer. La hicieron entrar en su piso antes de que llegara a su casa y que su madre la viera en esas condiciones. Intentaron parar la hemorragia y después avisaron a su madre. José Luis la llevó al hospital. Le dieron 17 puntos. Días más tarde se enteraron de que ese hombre había asesinado a una pareja anteriormente. Marga tuvo suerte, se salvó de milagro.

 Años más tarde Estrella se enteró de toda la historia. Ella, que por entonces era una niña, siempre supo que la mujer a la que habían herido, era su tía, no una amiga, como le intentaron hacer creer. Cuando creció, nunca pudo sacar la llave y abrir el portal por la noche, sin miedo. Una noche, cuando era una adolescente, volvía a casa y oyó unos pasos. La calle estaba en silencio, los pasos retumbaron en su cerebro como un eco amplificado de su terror. Empezó a apresurarse, los pasos se volvieron cada vez más insistentes, aterrada empezó a correr; corría y corría. Respiraba y el aire se clavaba como agujas en sus pulmones. No paró hasta llegar al portal. Sacó la llave. Temblaba y oía los pasos acercarse como si los zapatos que la seguían fueran de hierro. Consiguió abrir la puerta y entró. El portal era grande y tenía unas robustas barras de hierro a modo de reja.  Se había salvado. Las piernas se le doblaban. Iba a subir pero no pudo evitar la tentación de parar y mirar atrás. No había nadie.  -Que tonta, tanto correr y tanto miedo para… y entonces lo vio, ahí estaba el hombre, agarrado a las barras de la puerta del portal, intentando atisbar hacia donde había escapado su víctima.

 El miedo se convirtió en un fiel aliado de Estrella, se pegó a ella como una segunda piel que la protegía de los peligros del mundo. No se encerró en casa, ni evitaba el contacto con el mundo, no, no era eso, era simplemente que el miedo era parte de su ser, igual que una pierna o un brazo, estaba ahí y lo aceptó como algo inevitable.

A los diecisiete años Estrella era una joven despreocupada y rebelde siempre con problemas en casa y desafiando la autoridad de sus padres, como suele ocurrir en este tipo de edad. La hora de llegar a casa siempre era un problema pero ella luchaba permanentemente por añadir más y más tiempo a esos momentos de alegría donde no tenía que soportar las constantes recriminaciones y se sentía tan a gusto con sus amigos oyendo música, fumando porros y hablando de libros, política o simplemente sobre la vida y riendo sobre el futuro, siempre tan lejano. Esa noche volvía un poco tarde y estaba algo nerviosa pensando que su padre le iba a echar la bronca una vez más. Abrió el portal y sintió que detrás había alguien, miro de reojo y vio a un joven, un vecino, pensó. Se dirigió al ascensor y toco el botón, de repente sintió a su espalda un fuerte olor a alcohol y noto como el joven se estaba pegando a su espalda más y más. En un abrir y cerrar de ojos la mano del joven se coló entre sus piernas y se posó en su sexo. Estrella se dio la vuelta furibunda y empezó a perseguir al alcoholizado joven profiriendo tales insultos que él jamás hubiera pensado que aquella delicada criatura pudiera proferir y sorprendido por su ira, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Una vez que el joven había abandonado el edificio Estrella cogió el ascensor y subió a su casa. Le temblaban las piernas. En la casa había invitados así que nadie le comento nada sobre su hora de llegada. Fue a su habitación, su refugio y mirándose al espejo sonrió. Desde ese momento supo que aunque probablemente el miedo no desapareciera, aunque la acompañara siempre disfrazado como la sombra de un hombre con un cuchillo, ella lucharía, no sería una víctima. No era una pobre mujer indefensa, en realidad nunca lo había sido.

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