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Nuestro Thanksgiving Peculiar

Este Noviembre como todos los noviembres desde 2014 es como si me faltara algo. Creo recordar que todo empezó en el 2004. Ben trabajaba ya en la revista con nosotros y gracias a él habíamos conocido a Jonny.  Ben, además de ser un  estupendo maquetador, era músico. Él y Jonny  eran amigos desde su infancia en Ohio y los dos habían venido a España a aprender flamenco: Ben la guitarra y Jonny el cajón. Ann, casada con un español, nacida en una familia blanca en Sudáfrica habló con su amiga Ruth, pareja de Jonny y se pusieron de acuerdo para darle una sorpresa y organizar una comida de Thanksgiving. Ann, ofreció su casa con jardín en una lujosa zona del extrarradio de Madrid, y entre las dos lo organizaron todo a la perfección. Así empezó una tradición que duró diez años y como soy una nostálgica, la conservaré en mis fotografías y en mis recuerdos. Era algo especial.

Thanksgiving 2014 photo by Marina Carresi

Ese variopinto grupo de gente que nos reuníamos, por distintas razones, en esa fecha, nos convertíamos por un día en una familia. Parecíamos las Naciones Unidas. La pareja de Ben, Lidia de México, Ruth la pareja de Jonny, inglesa igual que mi marido. Frank de Nueva York y su pareja Isac, canario. Angela, española de madre  alemana, su bebe y su marido por aquel entonces Donald  de Nueva York y también músico como Ben y Jonny. El marido de Ann trabajaba fuera de España y no pudo venir ningún año pero su hija, Alice que nació en Madrid y a la que conocimos cuando era una niña y Meg,  irlandesa, divorciada de un español, amiga y casi hermana de Ann completaban el grupo.  Veníamos de culturas muy distintas pero flotaba un aire fraternal, que nunca podré olvidar.

 

Los primeros años Nick y yo casi no dormíamos porque trabajábamos por la noche, había que estar pronto y nunca hemos tenido coche. Al vernos tan agotados, Ann nos ofreció llegar la noche anterior y dormir allí. Desde entonces Nick y yo nos levantábamos relajados y yo salía a pasear por el jardín mientras él y Ann se quedaban en la cocina. Nick tenía que preparar su comida vegetariana y Ann el pavo. Trabajábamos tanto, que estar allí era como estar en el paraíso. Al pasear entre los pinos de la parte agreste del jardín y al ver el cielo limpio, frio y brillante, con ese brillo exagerado de la Sierra madrileña, me sentía renacer. A veces me agachaba y cogía una piña solo para saborear su olor a piñones. Me encantaba coger mi cámara, hacer fotos de las hojas caídas, con su festival de tonos marrones, reflexionar sobre la vida y la belleza del otoño y después jugar con Goya, el Yorkshire, y su pelota en la parte donde el césped es verde y mullido como un colchón al que tus pies dan las gracias en cada pisada. Esos momentos eran como un ansiado regalo de Navidad.

Goya – Thanksgiving 2014 – photo by Marina Carresi

Más tarde empezaban a llegar nuestros amigos en un goteo de chispeante excitación. Yo, en parte por las conversaciones cruzadas en inglés, que me dejaban agotada, en parte por mi propio carácter, cogía mi cámara y con la excusa de que iba a utilizar las fotos en la revista,  que también era verdad, me situaba fuera de la vorágine y hacía fotos sin parar. Me hacía invisible para captar esos preciosos momentos donde la vida transcurre sin que nos demos cuenta.

Thanksgiving 2008 – photo by Marina Carresi

Cada pareja traía de su casa algo preparado para la comida. Ann se levantaba a las seis de la mañana para empezar la preparación del pavo. Ruth y Jonny traían el relleno y hacían la salsa de gravy. En realidad hacían dos salsas, ya que una era sólo para mí, sin pimienta.  Para un anglo, cocinar sin pimienta, es casi una herejía, pero lo hacían por mí. Frank e Isac, preparaban unas empanadillas de calabaza típicas de Canarias que se derretían en la boca, su dulce toque canario contrastaba con el resto. De hacer los panes, se encargaban Ben y Lidia y podías suspirar de placer por lo crujientes que eran por fuera y lo blandos que eran por dentro. Ben siempre me reñía porque yo empezaba a comerlos aunque estaban calientes,  no podía esperar. Nick preparaba unas patatas deliciosas en el horno, con mantequilla y hierbas. Donald y Angela una mermelada de arándanos y un acompañamiento hecho con maíz y crema de champiñón. Por último Alice, que ya apuntaba maneras de artista, preparaba la alargada mesa de madera con velas de colores, granadas y muérdago en una perfecta combinación de colores otoñales.

Tahnksgiving 2005 – photo by Marina Carresi

Antes de comer, con varias personas entrando y saliendo, la cocina vibraba con su propia música, todos parecían danzar entre los fogones y el fregadero, interrumpiendo su danza con pequeñas discusiones de cuanto debía estar el pavo en el horno o si las patatas se ponían aquí o allí. Mientras, yo deambulaba entre la cocina y la artística mesa de Kim, cámara en mano, disfrutando de esos olores. Observaba en silencio, cómo esa curiosa familia se iba cocinando lentamente, como el pavo, año tras año, ya que al principio algunos casi no nos conocíamos. Después del pequeño caos nos sentábamos a la mesa y uno por uno teníamos que dar las gracias por algo, compartir algo positivo que a veces se convertía en algo emotivo. No era nada religioso, aunque Frank, que parecía salido de una película de Woody Allen recitaba una preciosa e incomprensible oración en yiddish que parecía un conjuro mágico y a Ruth le entraba la tristeza porque se acordaba de su familia en Inglaterra y luego era difícil hacerla sonreír. Celebrábamos la exquisita comida charlando, elogiando los platos de los demás y bebiendo. Más tarde con el estómago lleno, y parsimoniosos como tortugas, nos arrastrábamos a los sofás frente a la chimenea y siempre algún alma caritativa preparaba café y té antes de que nos  transformáramos en osos y empezáramos a hibernar.

Thanksgiving 2005 – photo by Marina Carresi

Hablábamos en español y en inglés, o en ambos a la vez.  De vez en cuando, salía a fumar un cigarro al jardín. Me despejaba el aire fresco de la noche. Salía para descansar un poco. Pensar en inglés me dejaba extenuada, sobre todo porque mi mente viajera, a veces se iba de paseo y cuando volvía, ya no me enteraba de nada. Pero a pesar de mis dificultades idiomáticas, todos los Noviembres, Nick y yo, como dos niños que van a ver a papa Noel preparábamos, yo la maleta y el las patatas, para disfrutar de ese día y de esa singular familia que el destino nos regaló durante diez años. Distintas circunstancias personales hicieron que después de 2014 no lo volviéramos a celebrar, cambios de domicilio, trabajo y otros impedimentos hicieron que la llama de nuestro Thanksgiving se consumiera como una de esas velas que Alice encendía en la comida. Seguimos en contacto, pero la vida es como es, y lo entiendo. Aun así, todos los Noviembres desde el 2014 es como si me faltara algo.

 

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Margarita quiere vivir

El sábado 10 de Noviembre estuve viendo la obra de teatro “A Margarita”, un monólogo protagonizado por la actriz Sara Moros.

Conocí a Sara cuando éramos compañeras en la escuela de teatro de Cristina Rota. Más adelante estuvimos juntas en un proyecto basado en unos textos de Dorothy Parker. Yo lo iba a dirigir pero finalmente no salió adelante. La experiencia que tuve durante los ensayos al dirigir a Sara fue muy positiva. Era una persona trabajadora, disciplinada y abierta a la hora de experimentar. Hace años de esta historia. Manteniendo el contacto he visto a Sara progresar en su carrera a lo largo de varios años a través de los medios. Por razones que no vienen al caso, no la había visto desde hacía bastante tiempo y me ha encantado comprobar como Sara se ha convertido en una actriz extraordinaria.

Sara Moros protagonista en “A Margarita” (centro) Inma Isla (derch) Marina Carresi (izqu)

El texto, escrito con una enorme sensibilidad por Carlos Be narra, con un gran sentido del humor, el viaje emocional que hace la protagonista, Margarita, cuando descubre que le quedan 180 días de vida por culpa de un cáncer de vesícula biliar. Carlos Be ha sabido dar un enfoque honesto y sin romanticismos  sobre el cáncer y lo duro de su tratamiento. Sara con un trabajo impecable sabe perfectamente de lo que está hablando, pero además de transmitir una gran dosis de humanidad, consigue  sacar el máximo partido posible al humor en una situación verdaderamente dramática. Por otra parte la magnífica dirección de Sandra Dominique y el trabajo de todo el equipo, incluida mi amiga y estupenda actriz Inma Isla que colabora  como ayudante de dirección,  hacen que realmente merezca la pena ir al teatro.

Durante la obra transité por todo tipo de emociones: Me reí, me enfadé, lloré y sobre todo quise abrazar a Sara por hacerme sentir y pensar sobre la vida, la muerte, la soledad, el amor, la familia y todas las cosas que son importantes pero de las que no somos conscientes hasta que podemos perderlo todo, incluida la vida. Una obra fabulosa que todo el mundo debería ver.

 

 

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Hermano mío

Leonardo López Carresi y Marina Carresi – Photo by Pedro Amalio López 1973

Hermano, hermano mío

te voy a contar un cuento

como hacía cuando el sueño

en aquellas noches largas,

con un soplo aterrador

escapaba de tu cama

y poco a poco volvía

moviendo sus dulces alas.

Había un joven guerrero

que a defenderse aprendió

de los agresores fieros,

pero el destino cruel

como agujas en la piel

le clavo su fina daga,

el  desgarro de una muerte,

una muerte inesperada.

 

El amor llega de lejos,

su corazón le regala

no le importa su pasado

con el futuro le basta,

trabajando sin descanso

un castillo le construye

y lo convierte en  morada.

 

 

Pero hay oscuras tormentas

que su corazón amargan.

Su querido amigo fiel

a otras tierras se marcha,

dejando una triste pena

creciendo sobre su alma.

 

Nuevas nubes aparecen

no cesa la dura batalla

como guerrero que es

vuelve a empuñar su espada.

Su estirpe es de las fuertes

de roja sangre y espada

su escudo es la verdad

su honradez le salva.

Dedicado a mi hermano Leonardo

Enero 2018

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Cuando te Fuiste

 

Una jovencísima Nuria Carresi. Yo era pequeña cuando se hizo esta foto.

Cuando te fuiste

caí en un mar sin fondo,

donde el dolor y la culpa

como plantas agotadas,

luchaban impasibles

por un rayo de sol.

 

Cuando te fuiste

un trozo de mi ser

se perdió para siempre,

atrapado en el silencio

de un baúl vacio

y un armario hueco.

 

Nos hundimos,

cuando te fuiste;

pequeños barcos

sin luz y a la deriva

vagando en el lodo

de la melancolía.

 

Cuando te fuiste

aparté tu recuerdo,

lo enjaule en mi mente

como se enjaula a un lobo

que triste y frenético

aúlla a la luna.

 

Te perdí cuando te fuiste

pero a veces oigo

tu risa de niña

obligada a crecer

entre el dolor y el hambre

de una España negra.

 

Eras nuestra alma,

 la pieza central

de un puzle dislocado.

Arañando la alegría,

de ese cielo azul

que tanto amabas.

 

Ahora lo sé,

un poco de ti

vive en todos nosotros;

tu dulzura,

ese fue tu regalo

cuando te fuiste.

 

Dedicado a mi madre Nuria Carresi (1940-1999)

Noviembre 2017

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La Deportista Patética 5 – El Esquí No Es Para Mi

Foto hecha por mi tio Carlos Carresi en Navacerrada (un poco retocada porque estaba oscura)

Mi tío prosiguió en su empeño de llevarme por el buen camino de la vida sana  y aquí podéis ver la foto que me sacó él mismo con su polaroid, cuando nos llevó a mi amiga Ana y a mí a Navacerrada. Lo que son las apariencias ¿verdad? Parezco toda una figura del esquí, segura de mi misma llena de vitalidad y energía…eso fue antes de que intentara darme la vuelta con los esquís en una pendiente, creo que se llama o se llamaba “vuelta María”, a lo mejor porque la primera vez que lo haces tienes que pedir ayuda a la virgen. No conseguí hacerlo y se puede decir que mi tío estaba tan enfadado por mi actitud que podría haber creado un pequeño lago en el suelo, provocado por las chispas que le salían causadas por la impotencia de ver que tenía una sobrina, encantadora y a la que quería mucho, sí, pero torpe a más no poder.

Aun así, yo no podía rendirme tan fácilmente, así que cuando mis amigas organizaron una excursión a Navacerrada, me apunte sin dudarlo aunque fuera volviendo al “lugar del crimen”, tenía que conseguirlo, enfrentarme a mis miedos, demostrar que yo podía vencer a mi triste destino en el mundo del deporte. Ni corta ni perezosa me puse los esquís y seguí a mis amigas y al grupo que las acompañaba. Cogí el telesquí y pensé que había que sentarse sobre el saliente que lleva la barra que te sube hasta la cima…y me caí. Lo intenté de nuevo y volví a caer; mis amigas se esforzaban en darme instrucciones pero la gente iba adelantándome y al final estaba ahí, sola con mi desesperación. No podía consentirlo, no me iba a dejar doblegar por las circunstancias y decidí subir andando, aunque fuera con los esquís puestos. Según iba subiendo vi como dos personas esquiando bajaban en camilla a un joven, por lo que se podía deducir rápidamente que estaba herido; pero por si no había quedado claro, subiendo un poco más vi un enorme charco de sangre al lado de unas piedras. Tengo que reconocer que eso fue la puntilla, sin parar pero con mucho cuidado, decidí bajar lo antes posible y llorar un rato antes de que mis felices y exultantes amigas se encontraran conmigo intentando entender qué me había pasado. Quise explicárselo pero fue inútil, así que nos reímos un rato y volvimos a casa. Cómo se puede explicar lo inexplicable, esta incapacidad mía para alcanzar el saludable espíritu deportista que parece estar presente de forma inevitable en nuestra competitiva, perfecta y saludable sociedad.

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La Reina del Aljarafe

Photo Sara López Carresi

Sentada,
bajo este silencio
de estrellas brillantes
y esta paz de domingo
inmerecido;
te imagino, hermana
en tu terraza,
con la brisa
acariciándote el pelo
en tus pequeños momentos,
cuando el sol que abrasa
se ha dormido
extenuado de su ímpetu vespertino,
y has podido escapar
por unos instantes
de tu eterna lucha,
jugando y oteando
el horizonte, esperando
besos y abrazos
de tus amores fieles
para los que eres
la reina indiscutible.

Septiembre 2017

Dedicado a mi hermana.

 

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Ada en el Pub Ganimedes y el Bolero de Ravel

Ganimedes secuestrado por Zeus

Tne Rape of Ganymede 1636 – 1637  (Museo del Prado)

«Aquí el cazador frigio es llevado por el aire sobre alas leonadas, la cordillera de Gárgara se hunde a medida asciende, y Troya se desvanece bajo él; tristes quedan sus camaradas; en vano los perros cansan sus gargantas ladrando, persiguen su sombra o aúllan a las nubes.»

Tebaida por Estacio (i.549)

Ada estaba agradecida a la vida o mejor dicho a la amistad, algo en lo que ella nunca había confiado. Quizá esa desconfianza era algo que sus padres le habían transmitido o algo que ella había percibido porque en el competitivo mundo de los grandes negocios, no se tienen amigos. Se tienen superiores, colaboradores y trabajadores, pero no amigos. Un paso en falso y se acabó. Estás en la calle. Todo ese mundo de privilegios y respeto cae como una torre de naipes y ahí estás tú, flotando entre dos mundos sin pertenecer a ninguno. Ada había sido una niña privilegiada pero había visto como su mundo imperfecto pero sólido había ido desapareciendo poco a poco. La mayoría de las  personas que visitaban a sus padres, que antes poblaban su universo deshaciéndose en sonrisas y cumplidos, se habían desvanecido como fantasmas, dejando en la casa familiar un eco de risas, charlas, cenas y nostalgia. La melancolía se había adueñado de cada rincón de la casa y la incertidumbre sobre el futuro pesaba como una piedra en cada miembro de la familia.

Su padre estaba bastante amargado, los negocios que siempre habían sido su mayor orgullo, marchaban cada vez peor y esa criatura rebelde y juerguista, que se negaba a hacer algo de provecho con su vida, se permitía el lujo de hacer comentarios que le dejaban en ridículo delante del resto de la familia. Un día Ada rompió el trato que había hecho con su madre de quedarse a dormir en casa de una amiga, si era más tarde de las tres de la mañana. Eran las fiestas de carnaval y Ada se había disfrazado de serpiente copiando un disfraz y un maquillaje que había visto en una revista extranjera. Cuidadosamente dibujo en su cara las escamas con tonos verdes y marrones que le hacían parecer o una serpiente o un extraterrestre, según la opinión de sus hermanos pequeños. Estaba contenta cuando salió de casa, los disfraces le habían gustado desde niña y en Carnaval la ciudad, a pesar del frío, se llenaba de color y de risas como si el mundo se convirtiera en un gran teatro lleno de actores locos representando su papel en una gigantesca obra improvisada. La noche transcurrió sin grandes emociones, pero al final su amiga Lucía, con la que iba a dormir como en otras ocasiones pasadas las tres de la mañana, encontró pareja y Ada no se atrevió a decirle nada; el piso de Lucia era pequeño y no quería invadir su intimidad. Esperó hasta las seis para coger el autobús y muerta de frío llego a su barrio. La niebla serpenteando lo invadía todo, se estaba haciendo de día. Quitando el vaho del espejo de un coche, intento borrar la pintura de su cara obsesivamente, como si así pudiera arrancar de su alma un oscuro presentimiento que como la niebla parecía perseguirle y rodearle hasta casi no dejarle respirar, y ese disfraz de serpiente se fuera a convertir en una maldición. Llegó al portal de su casa, y temblando no sólo por el frío sino por ese presagio que palpitaba en su estómago, tocó el botón del ascensor y subió. La puerta estaba cerrada con una cadena. Su padre, que últimamente dormía poco, le abrió. Ada dijo hola agachando su cara embadurnada y corrió a su cuarto con la absoluta convicción de que algo terrible iba a suceder.  “Se acabó, se tiene que marchar de esta casa, o coge la maleta ella o la cojo yo”. Su madre, una de las modernas amazonas pero demasiado cobarde o demasiado humana, bajó la cabeza mientras él expulsaba a Ada del purgatorio al infierno. Ada se imaginó su futuro como una pendiente resbaladiza hacia el inframundo, se imaginó sin poder encontrar un trabajo que la permitiera sobrevivir. Expulsada del paraguas familiar que, aunque lleno de agujeros, le permitía ponerse a reguardo de las inclemencias de ese mundo, que en su ambiente familiar se percibía como hostil.   Pero algo mágico e inesperado sucedió. – Coge tus cosas y vente a mi casa ¡ya! dijo Isabel. Isabel era una amiga a la que había conocido recientemente, era menuda pero estaba llena de energía y tenía una voz preciosa, vivía en el extrarradio y tenía una hija de 7 años, Luna, a la que había tenido que criar sin marido. Arrastrando su dolor y ya sin lágrimas Ada llego con su maleta de marca, algo deteriorada por el paso del tiempo. La casa era relativamente grande, era febrero, no había calefacción  y Ada con su extrema delgadez sentía tanto frio que un temblor helado le recorrió los huesos “No te preocupes de nada ahora y ven con nosotras a ver MacGyver “y le ofreció un sitio en su cama y un plato de palomitas enfrente de la televisión. El personaje de MacGyver era fantástico, tenía soluciones para todo y si no las tenía las encontraba. Ada se sintió mejor, arropada por el edredón y el calor de Luna y esa extraordinaria mujer de la que nunca hubiera esperado un gesto tan formidable y cariñoso.

 THOSE WHO DANCE- Silver Sheet April 01 1924 retocado por Nicholas J Franklin

Picture THOSE WHO DANCE- Silver Sheet  1924 retocado por Nicholas J Franklin

Un mes más tarde un sobrino de Isabel le consiguió un trabajo en el disco-pub Ganimedes en donde él trabajaba como relaciones públicas. Todo iba relativamente bien, trabajaba los fines de semana que la llamaban y los sábados se quedaba a dormir en casa de unas amigas de la infancia que vivían, en una de las mejores zonas de la ciudad, donde Ada había crecido, cerca del disco-pub. Amablemente le habían ofrecido esa solución para que no tuviera que coger un taxi y gastar la mitad de lo que ganaba para volver a su nuevo hogar en un barrio tan alejado del centro de la ciudad, dadas las altas horas de la madrugada a las que terminaba de trabajar.

El disco-pub estaba bien, ella pronto consiguió que la llamaran para trabajar todos los fines de semana. Con sus tirantes y su pelo rojo y rizado, educada para sonreír en público, aunque su corazón en ese momento de su vida latiera más por costumbre que por deseo, no permitió que la depresión se adueñara de su alma y pronto se hizo la reina de la barra de abajo. El pub constaba de tres pisos con una barra cada uno y la de abajo era la más problemática dada la gran cantidad de gente que ahí se reunía y la más conflictiva dadas las peleas que se organizaban entre los jóvenes que frecuentaban el local, especialmente los días de futbol. Afortunadamente, los chicos que trabajaban ahí, la protegían de cualquier jovenzuelo insolente que empezara a desvariar dado su elevado nivel de alcohol. Los jefes eran amables y aunque no pagaban mucho, siempre le dieron lo acordado sin dilación. Aun así, se dio cuenta de que esa fachada escondía algo y aunque nunca supo si ellos lo sabían o no, lo que fue descubriendo poco a poco hizo que su visión del lugar cambiara para siempre. Muchos jóvenes trabajaban como ella los fines de semana, el trabajo era agotador y tenían que aguantar el ritmo,  así que todos los viernes y sábados antes de abrir el local, el encargado repartía generosamente la necesaria dosis de coca para que los dispuestos trabajadores no sintieran el cansancio propio de tan extenuante jornada.  Ada sabía que estaba bailando en la cuerda floja, pero no quería caer. Tomaba cafiaspirina con coca cola porque tenía que aguantar, pero sabía que para ella la coca, dado su estado de ánimo, hubiera sido un billete sin retorno y no quiso ni probarla. Un día le avisaron de que no había que servirle más copas gratis a uno de los chicos que trabajaba de relaciones públicas. Su natural curiosidad le hizo investigar y consiguió hablar con el joven en cuestión, tenía que averiguar qué había pasado. Pronto descubrió el oscuro secreto del Ganimedes. Un disc-jockey cincuentón regalaba coca a cambio de tocamientos sexuales a los adolescentes y jóvenes que entraban con él en la cabina, pero esté joven había decidido decir no y esa era razón suficiente para, indirectamente,  expulsarle del local. En el momento en que Ada se dio cuenta de lo que estaba pasando quiso salir corriendo, o llamar a la policía o hablar con los jóvenes para que se rebelaran, realmente no sabía qué hacer. Tuvo una discusión con el disc-jockey en cuestión, pero eso sí, sin perder las formas, intentando defender al chico pero sin hacer comentario alguno sobre nada de lo que había descubierto. Pronto se dio cuenta de que todo era inútil, si seguía insistiendo perdería su trabajo, el único que tenía, el que su amiga tan amablemente le había encontrado, el único que le permitía comer pollo con champiñones y poco más todos los días, ya que no sabía cocinar otra cosa y el dinero que ganaba no le daba para más, el único trabajo que había podido conseguir, el único…Se tragó su rabia y sus lágrimas y bajó a la planta donde Pedro y Luis los chicos que trabajaban con ella ya estaban bajando las cajas de bebidas para la noche, el Ganimedes abriría en veinte minutos. La luz era tenue y de repente como por arte de magia, en vez de la música discotequera que solía sonar atronadora sobre todo en la planta de abajo, empezó a sonar suavemente como una caricia para los oídos El Bolero de Ravel. Poco a poco su cuerpo la fue arrastrando a una danza liberadora y ante los ojos alucinados de sus dos compañeros, en ese espacio que pronto estaría ocupado por jóvenes que bebían como esponjas y que en algunos casos no pasaban de los catorce años, bailó como  si fuera una de las grandes del ballet nacional pero con los ojos llenos de lágrimas.

Enero 2017

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Amor sin Banderas

Boda Carlos y Veronica Mayo 2016 photo by Marina Carresi

Boda Carlos y Veronica Mayo 2016 photo by Marina Carresi

Besos, abrazos, caricias,

las servilletas giran,

crisol de culturas.

Un pequeño mundo

preñado de amor,

llenando el vacio

donde habitamos;

llenando el vacio

que la distancia abarca.

 

Besos, abrazos, caricias

los años pasan

más nuestros corazones,

niños aun, recuerdan y sonríen.

Los novios danzan,

ríen, tiemblan

con la pasión desbordada

de jóvenes pájaros,

llenos de música

y cielos azules.

 

Besos, abrazos, caricias,

sabores, olores y luces,

todos hermanos,

espacio y tiempo detenidos,

sin banderas, sin desconfianza,

sin miedo, sin odios;

sólo seres de luz

iluminando el círculo

y esa música

repicando en los corazones.

 

Dedicado a Carlos y Veronica

Mayo 2016

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Mensaje de Navidad 2015

Julbocken by John Albert Bauer 1912

Julbocken by John Albert Bauer 1912

Queridos amigos blogueros y no blogueros,
Como siempre siento mucho no poder dedicar más tiempo a escribir. Se me agolpan las historias pero el tiempo es implacable y suele vencer su batalla dejándome extenuada.
Mis gatos rescatados también me quitan mucho tiempo pero me compensan con su cariño y sus fascinantes comportamientos que darían para escribir varias historias. Algún día…
La vida es difícil y sacar un proyecto adelante como nuestra revista tan llena de trabajo, ilusión y cariño en un mundo lleno de corporaciones y grandes editoriales es una tarea casi heroica. Tengo que dar gracias por tener a mi gran amor a mí lado (un inglés, como él dice,también rescatado), una familia que me envía su cariño aunque la mayoría estén lejos y unos amigos que me apoyan, y eso realmente es algo grande.
A veces el desanimo se me aproxima sigilosamente pero no le permito quedarse mucho a mi lado. Hubo un tiempo en que se instaló en mi vida y la melancolía se apoderó de mi, oscura como una niebla que helaba el alma. Pero la he podido expulsar y luchar, tener optimismo y buscar las pequeñas cosas que dan luz a nuestra vida. Ese es mi nuevo camino.
Gracias a todos y que tengáis una FABULOSA NAVIDAD.

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Los Botones de G.

Los botones de tia G.
-Ven Martita hija, toma – me ofrece dos billetes – siento no poderdarte más, pero…-es igual, tía – y realmente me da lo mismo. Su sola presencia me reconforta. El saber que aquí todo sigue exactamente igual que cuando nací. La vieja radio…- Tía, me la tienes que dar.- Ni hablar, me la pidió tu primo Jaume – Cajas, cajitas, cajones. Los botones se desparraman por todas partes, eso si, en un perfecto orden.
– Tiita ¿me dejas los botones para jugar a las vendedoras? – Bueno, pero luego lo dejas todo bien ordenado ¿vale?- Vale. ¿Cuantos botones quiere señora? Ah, muy bien, doce de los verdes y cuatro de los blancos. ¿Cómo? Ah si, señora, estos son de muy buena calidad.- Todo sigue igual, bueno, todo no. Las cosas siguen igual y ella también, un poco más mayor, pero…- Anda Martita acércame las tijeras.- ¿Cómo es posible que yo siga siendo Martita? – Tía, no me llames Martita que ya tengo veintidós años.-

Gloria
La casa es oscura, siempre lo fue, pero ella despide tanta luz. Es como su nombre, Gloria. Siempre fue una rebelde, alguien que ha demostrado que se puede convivir con la soledad y llevar el alma limpia como un estandarte. Siempre he pensado que una oscura historia de amor se esconde entre las rendijas de su habitación de modista. Pero el misterio permanece oculto – Bueno tía, ya sabes que el domingo te esperamos en casa de la tía Laura para comer.- Si, hija si, no te preocupes.- Pero yo sé que no vendrá, siempre hace lo mismo. ¡Es tan difícil abandonar lo apacible para pelearse con las aceras!

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